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⚡ Jugar ahoraNicolás II de Rusia: el hombre que confundió el deber con no cambiar
Autocracia, familia, revolución y las pruebas que cerraron los mitos de supervivencia de los Románov.

Nicolás II no fue el monstruo sanguinario que dibujó la propaganda revolucionaria ni el santo inocente que construyó después la nostalgia monárquica. Fue algo más incómodo: un hombre afectuoso en la intimidad, profundamente religioso y convencido de que conservar intacta la autocracia era un deber sagrado. Esa convicción, precisamente, lo hizo incapaz de comprender el país que gobernaba.
Su corona no solo pesó más que su vida. Terminó arrastrando a su esposa, a sus hijos y a una dinastía de más de tres siglos hacia un sótano de Ekaterimburgo.
Nicolás II de Rusia
El último zar: poder y familia
Nicolás II el día de su boda
Royal Collection Trust cataloga un retrato de Sergey Levitsky fechado el 26 de noviembre de 1894, día de la boda de Nicolás II. La copia en gelatina de plata lleva las anotaciones «Nicky» y «Nov 14/26 1894 St Petersburg»: las dos fechas reflejan los calendarios juliano y gregoriano. El enlace documenta la fotografía original; la imagen que acompaña esta tarjeta es una recreación con IA, no una reproducción de esa pieza.
Un heredero educado para obedecer

Nikolái Aleksándrovich Románov nació el 18 de mayo de 1868 en Tsárskoye Seló. Era el primogénito del futuro Alejandro III y de María Fiódorovna, nacida princesa Dagmar de Dinamarca. Recibió una educación extensa en idiomas, historia, derecho y asuntos militares, pero apenas adquirió experiencia práctica de gobierno.
Alejandro III creía que su hijo todavía era demasiado joven e ingenuo para conocer los mecanismos del poder. Por ello, Nicolás quedó al margen de muchas decisiones importantes. Cuando su padre murió repentinamente en noviembre de 1894, el heredero tenía veintiséis años y se encontró al frente de uno de los imperios más extensos y complejos del mundo.
La conocida afirmación de que Nicolás lloró preguntando qué iba a ser de Rusia procede de testimonios posteriores y no puede comprobarse literalmente. Sin embargo, expresa una realidad: no se sentía preparado. Aun así, nunca dudó de que la autoridad absoluta le pertenecía por voluntad divina (Lieven, 1993).
Pocas semanas después de ascender al trono contrajo matrimonio con la princesa Alix de Hesse, convertida al cristianismo ortodoxo como Alejandra Fiódorovna. Entre ambos existió un afecto auténtico y duradero. Sus cartas muestran una relación mucho más íntima que los matrimonios dinásticos habituales. Pero esa unión también encerró progresivamente al zar dentro de un círculo familiar que desconfiaba del mundo exterior.
La fiesta que terminó en una fosa
Nicolás y Alejandra fueron coronados en Moscú en mayo de 1896. Como parte de las celebraciones se anunció la entrega de alimentos, cerveza y recuerdos en el campo de Jodynka. Centenares de miles de personas acudieron al lugar. Los rumores de que no habría suficientes obsequios provocaron una avalancha sobre un terreno lleno de zanjas.
Murieron más de mil personas y muchas otras quedaron heridas. El zar visitó a algunas víctimas y se destinaron fondos para las familias, pero aquella misma noche asistió a un baile ofrecido por el embajador de Francia. Sus ministros temían que cancelar la recepción pudiera interpretarse como una ofensa diplomática. La decisión resultó desastrosa: transmitió una imagen de indiferencia que lo acompañaría durante todo su reinado (Wortman, 2013).
Jodynka no demostró que Nicolás careciera de sentimientos. Demostró algo políticamente más grave: ante una tragedia, permitía que el protocolo decidiera por él.
Un hogar unido por un secreto

La pareja imperial tuvo cinco hijos: Olga, Tatiana, María, Anastasia y, finalmente, en 1904, el zarevich Alexéi. El nacimiento del varón aseguró aparentemente la sucesión, pero pronto se descubrió que padecía hemofilia, una enfermedad hereditaria que impide la coagulación normal de la sangre.
La dolencia se mantuvo en secreto porque revelar la fragilidad del heredero podía afectar la estabilidad de la monarquía. Alejandra vivió aterrorizada ante cualquier caída o hemorragia del niño. En ese contexto apareció Grigori Rasputín, un campesino siberiano y místico religioso que parecía capaz de calmar al pequeño durante sus crisis.
No se sabe con certeza por qué algunas intervenciones de Rasputín coincidieron con mejorías. Se han propuesto explicaciones relacionadas con la tranquilidad de la madre y del niño, pero no puede establecerse con certeza el mecanismo de aquellas mejorías. Para Alejandra, sin embargo, aquello era una prueba de que Dios actuaba por medio de él (Massie, 1967).
La influencia política de Rasputín ha sido exagerada por rumores, enemigos de la corte y relatos sensacionalistas. No gobernó Rusia en secreto ni mantuvo una relación sexual demostrada con la emperatriz. Pero tuvo acceso a la familia imperial y participó en recomendaciones sobre nombramientos. El ocultamiento de la enfermedad de Alexéi impidió explicar públicamente por qué se toleraba su presencia, dejando que el escándalo ocupara el lugar de la verdad.
El “padrecito” y los disparos

La guerra ruso-japonesa de 1904–1905 expuso las debilidades militares y administrativas del imperio. Rusia sufrió derrotas humillantes, entre ellas la destrucción de gran parte de su flota en Tsushima. Mientras tanto, las condiciones laborales, la pobreza rural y la falta de representación política alimentaban el descontento.
El 22 de enero de 1905, una multitud de trabajadores encabezada por el sacerdote Gueorgui Gapón marchó hacia el Palacio de Invierno para entregar una petición al zar. Muchos llevaban iconos y retratos de Nicolás porque todavía confiaban en él como el “padrecito” protector del pueblo. Las tropas abrieron fuego y causaron centenares de muertos y heridos.
Nicolás no se encontraba en el palacio y no existe evidencia concluyente de que ordenara personalmente disparar. Pero, como soberano absoluto, era responsable del sistema que respondió de aquel modo. El Domingo Sangriento destruyó la creencia de que el zar podía proteger a sus súbditos de los abusos de sus funcionarios (Ferro, 1991).
La revolución de 1905 obligó a Nicolás a firmar el Manifiesto de Octubre, que prometía libertades civiles y una asamblea legislativa, la Duma. No obstante, aceptó esas concesiones como una humillación temporal. Las Leyes Fundamentales de 1906 reafirmaron su autoridad, y el zar disolvió las dos primeras Dumas cuando sus demandas le parecieron excesivas.
Rusia dejó de ser una autocracia completamente intacta, pero tampoco se convirtió en una monarquía constitucional estable. Nicolás permitió el cambio suficiente para decepcionar a los absolutistas y lo restringió lo bastante para frustrar a los reformistas.
La guerra que convirtió al zar en responsable directo
Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial en 1914, Rusia entró en el conflicto en medio del sistema europeo de alianzas, movilizaciones y rivalidades imperiales. Nicolás no fue el único causante de la guerra, pero tampoco consiguió evitar que la crisis escapara al control de los gobiernos.
En septiembre de 1915 tomó una de sus decisiones más arriesgadas: asumió personalmente el mando supremo del ejército. Nicolás no era un estratega competente y su presencia en el cuartel general no mejoró sustancialmente la dirección militar. En cambio, logró que cada derrota, cada escasez de municiones y cada lista de muertos quedaran vinculadas directamente a su figura (Imperial War Museums, 1964).
Su ausencia de la capital dejó a Alejandra más expuesta a la influencia de Rasputín y a las intrigas ministeriales. Por haber nacido en Alemania, la emperatriz fue acusada sin pruebas de colaborar con el enemigo. Rasputín fue asesinado por un grupo de aristócratas en diciembre de 1916, pero su muerte no pudo reparar el descrédito de la monarquía.
Para comienzos de 1917, Rusia sufría enormes pérdidas humanas, inflación y graves fallos en el transporte y el abastecimiento. Había alimentos en algunas regiones, pero el sistema no conseguía llevarlos con regularidad a las ciudades. En Petrogrado, las colas para conseguir pan, las huelgas y las protestas desembocaron en un levantamiento. Cuando los soldados comenzaron a unirse a los manifestantes, el régimen perdió su último instrumento de autoridad.
La abdicación y una decisión de padre

El 15 de marzo de 1917 —2 de marzo según el calendario juliano utilizado entonces en Rusia— Nicolás abdicó en Pskov. Al principio pensó ceder el trono a Alexéi bajo la regencia de su hermano, el gran duque Miguel. Los médicos le advirtieron que el niño probablemente tendría que vivir separado de sus padres y que su salud seguiría siendo extremadamente frágil.
Nicolás cambió entonces el documento: abdicó tanto por él mismo como por su hijo y nombró sucesor a Miguel. Fue una decisión constitucionalmente discutible, pero humanamente reveladora. En el momento decisivo eligió permanecer junto a Alexéi antes que preservar la sucesión directa.
Miguel no aceptó ejercer el poder sin la aprobación de una futura asamblea constituyente. Con ello terminó, en la práctica, la monarquía de los Románov (Steinberg & Khrustalev, 1995).
Este es uno de los hechos menos recordados de su caída: Nicolás no entregó simplemente la corona a su hermano. Primero trató de transmitirla a su hijo y después alteró la abdicación para evitar separarse de él. El hombre que durante años había antepuesto la autocracia a las necesidades de Rusia terminó anteponiendo su familia a la supervivencia de la dinastía.
La casa de propósito especial

El Gobierno Provisional mantuvo a la familia bajo arresto en el palacio de Alejandro. Más tarde fue trasladada a Tobolsk, en Siberia. Después de la toma del poder por los bolcheviques, Nicolás, Alejandra y sus hijos terminaron recluidos en la casa Ipátiev de Ekaterimburgo, denominada por sus guardianes “la casa de propósito especial”.
Durante la noche del 16 al 17 de julio de 1918, la familia fue conducida a un sótano con el pretexto de protegerla ante posibles disturbios. Allí fueron asesinados Nicolás, Alejandra, Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexéi, junto con el médico Yevgueni Botkin y tres sirvientes.
La ejecución fue dirigida por Yákov Yurovski y autorizada por las autoridades bolcheviques de los Urales mientras fuerzas antibolcheviques se acercaban a la ciudad. La posible participación directa de Lenin y Yákov Sverdlov continúa siendo debatida, pues no se conserva una orden escrita concluyente procedente de Moscú. Presentar esa cadena de mando como una certeza absoluta va más allá de las pruebas disponibles (Rappaport, 2008).
Los cuerpos fueron ocultados y el nuevo régimen difundió información incompleta sobre el destino de la familia.

La hija que no escapó

El secreto permitió que surgiera uno de los mitos más persistentes del siglo XX: la posible supervivencia de Anastasia. Decenas de mujeres afirmaron ser la gran duquesa. La más famosa, Anna Anderson, sostuvo esa identidad durante décadas y convenció a algunos conocidos de los Románov.
En 1991 se exhumaron nueve cuerpos de una fosa cerca de Ekaterimburgo. Los análisis identificaron a Nicolás, Alejandra, tres de sus hijas y cuatro acompañantes. Como faltaban Alexéi y una de sus hermanas, la leyenda pareció conservar una última posibilidad.
Sin embargo, en 2007 se encontraron restos adicionales. Los estudios genéticos determinaron que pertenecían a un varón y a una joven relacionados con el primer grupo. El análisis conjunto estableció, más allá de una duda razonable, que los cinco hijos de Nicolás y Alejandra habían muerto con sus padres. Ninguno escapó del sótano (Coble et al., 2009; Rogaev et al., 2009).
El hombre, el soberano y la corona

En el año 2000, la Iglesia ortodoxa rusa canonizó a Nicolás y a su familia como portadores de la pasión: personas que afrontaron el sufrimiento y la muerte con humildad cristiana. Esta designación no significó declarar acertado su gobierno ni convertirlo en mártir asesinado específicamente por defender una doctrina religiosa.
Nicolás podía ser cortés, disciplinado y profundamente cariñoso con su familia. También podía aceptar la represión, ignorar advertencias políticas y aferrarse a una concepción del poder que ya no respondía a la realidad de Rusia. Ambas imágenes pertenecen al mismo hombre.
Su tragedia no consistió solamente en haber perdido el trono. Consistió en creer que ceder autoridad equivalía a traicionar a Dios y a sus antepasados. Cuando finalmente comprendió que la corona no podía salvarse, el imperio ya se había derrumbado.
Nicolás II no murió porque fuera demasiado débil para querer el poder. Murió después de haber sido demasiado rígido para transformarlo.
Referencias
- Coble, M. D., Loreille, O. M., Wadhams, M. J., Edson, S. M., Maynard, K., Meyer, C. E., Niederstätter, H., Berger, C., Berger, B., Falsetti, A. B., Gill, P., Parson, W., & Finelli, L. N. (2009). Mystery solved: The identification of the two missing Romanov children using DNA analysis. PLoS ONE, 4(3), e4838. Ver fuente
- Ferro, M. (1991). Nicholas II: Last of the Tsars. Oxford University Press.
- Imperial War Museums. (1964). The Great War 18: Fat Rodzianko has sent me some nonsense (Tsar Nicholas II) [Ficha de película]. Ver fuente
- Lieven, D. (1993). Nicholas II: Emperor of All the Russias. John Murray.
- Massie, R. K. (1967). Nicholas and Alexandra. Atheneum.
- Rappaport, H. (2008). The last days of the Romanovs: Tragedy at Ekaterinburg. St. Martin’s Press.
- Rogaev, E. I., Grigorenko, A. P., Moliaka, Y. K., Faskhutdinova, G., Goltsov, A., Lahti, A., Hildebrandt, C., Kittler, E. L. W., & Morozova, I. (2009). Genomic identification in the historical case of the Nicholas II royal family. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106(13), 5258–5263. Ver fuente
- Steinberg, M. D., & Khrustalev, V. M. (1995). The fall of the Romanovs: Political dreams and personal struggles in a time of revolution. Yale University Press.
- Wortman, R. S. (2013). Scenarios of power: Myth and ceremony in Russian monarchy. Princeton University Press. Ver fuente
- Royal Collection Trust. (n.d.). Nicholas II, Emperor of Russia (1868–1918) (RCIN 2926955). Ver fuente
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
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