Celestino V: el ermitaño que escapó del trono, pero no del poder

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El poder y sus fantasmas

Celestino V: el ermitaño que escapó del trono, pero no del poder

Cinco meses de pontificado, una renuncia voluntaria y el cautiverio posterior: hechos y leyendas de Pietro da Morrone.

Celestino V como ermitaño en las montañas
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

Durante casi toda su vida buscó una cueva donde nadie pudiera encontrarlo. Cuando finalmente lo encontraron, lo convirtieron en papa.

Celestino V gobernó la Iglesia durante apenas cinco meses de 1294. Llegó al trono pontificio precedido por su fama de santidad, renunció voluntariamente cuando comprendió que no podía controlar la maquinaria política que lo rodeaba y terminó sus días prisionero de su sucesor.

Su historia suele presentarse como la de un hombre humilde que rechazó el poder. Sin embargo, detrás de esa imagen se esconde una pregunta más perturbadora: ¿puede una persona escapar realmente del poder después de haberlo poseído?

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Papa Celestino V

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El ermitaño y el peso del poder

Nacimientoc. 1209–1210Molise
Muerte1296Fumone
Un documento que sobrevivió a la historia

La renuncia en un grabado del siglo XVI

La Lillian Goldman Law Library de Yale presenta un grabado de una edición veneciana del Liber Sextus de 1514. Su iconografía relaciona a Celestino V y Bonifacio VIII con las acusaciones posteriores sobre la renuncia. Documenta cómo se representó aquella historia siglos después, no demuestra que el supuesto engaño ocurriera. La ilustración con IA que acompaña esta tarjeta es simbólica y no reproduce el grabado.

Liber Sextus · 1514Lillian Goldman Law Library · Yale UniversityVenecia · Luca Antonio Giunta · Grabado en madera

El hombre que eligió la montaña

Pietro da Morrone junto al fuego en un refugio de montaña
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

El futuro Celestino V nació con el nombre de Pietro Angelerio —también conocido como Pietro da Morrone— hacia 1209–1210, en la región italiana de Molise. Las discrepancias sobre el año y el lugar exactos de su nacimiento son comunes en las biografías medievales.

Procedía de una familia campesina numerosa. Siendo joven ingresó en la vida religiosa, pero pronto descubrió que incluso el monasterio le parecía demasiado ruidoso. Buscaba una disciplina más severa y una relación con Dios apartada de las distracciones humanas.

Se retiró primero al monte Morrone, en los Abruzos, y después a zonas todavía más remotas de la montaña de Maiella. Vivía en cuevas y pequeñas ermitas, sometido a ayunos, vigilias y prolongados periodos de oración. La dureza de aquella existencia hizo crecer su reputación. Quienes acudían a visitarlo no veían simplemente a un monje, sino a un hombre que parecía haber vencido las necesidades del mundo.

Su retiro, paradójicamente, atrajo seguidores. Alrededor de Pietro se formó una comunidad monástica que fue incorporada a la tradición benedictina y que más tarde sería conocida como la Orden de los Celestinos. El ermitaño que deseaba permanecer solo terminó convirtiéndose en fundador y guía de otros religiosos (Herde, 2000).

Una elección nacida del fracaso

Recreación del anciano ermitaño rodeado de eclesiásticos
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

Cuando el papa Nicolás IV murió en abril de 1292, los cardenales se reunieron para elegir a su sucesor. Las rivalidades entre familias poderosas, las divisiones políticas y los intereses franceses e italianos impidieron alcanzar un acuerdo.

La sede papal permaneció vacante durante más de dos años.

Pietro, ya anciano y preocupado por la situación de la Iglesia, envió una carta a los cardenales. Según las fuentes medievales, les advirtió que un castigo divino podía caer sobre ellos si continuaban retrasando la elección. La carta no proponía su propia candidatura. Sin embargo, el cardenal Latino Malabranca mencionó su nombre como posible solución.

El 5 de julio de 1294, los cardenales eligieron por unanimidad al ermitaño.

La decisión tenía una dimensión espiritual, pero también resultaba políticamente conveniente. Pietro no pertenecía a las grandes familias romanas, carecía de experiencia diplomática y parecía estar por encima de las facciones. Algunos esperaban que un hombre considerado santo pudiera restaurar la autoridad moral del papado. Otros probablemente imaginaron que sería fácil influir sobre él (Herde, 2000).

Al conocer la noticia en la ermita de Sant’Onofrio, Pietro se resistió. Algunos relatos posteriores afirman que intentó huir, aunque los detalles fueron embellecidos por la tradición. Finalmente aceptó, convencido de que rechazar la elección podía significar oponerse a la voluntad de Dios.

Tomó el nombre de Celestino V.

Un papa sobre un asno

Celestino V sentado en un trono pontificio
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

En lugar de dirigirse inmediatamente a Roma, Celestino fue coronado el 29 de agosto de 1294 en la basílica de Santa Maria di Collemaggio, en L’Aquila. Su entrada quedó rodeada de imágenes que parecían extraídas del Evangelio: el antiguo ermitaño avanzó montado sobre un asno, mientras el rey Carlos II de Nápoles y su hijo lo acompañaban.

La escena proyectaba humildad, pero también revelaba quién se encontraba cerca del nuevo pontífice.

Carlos II comprendió rápidamente que podía ejercer una enorme influencia sobre un papa sin conocimientos administrativos. Convenció a Celestino para instalar la corte pontificia en Nápoles, dentro de su territorio, en lugar de establecerse en Roma. El anciano quedó rodeado por funcionarios, abogados y cortesanos cuya experiencia superaba ampliamente la suya.

Celestino conocía la penitencia, el silencio y la vida monástica. No conocía las finanzas pontificias, el derecho canónico, la diplomacia internacional ni las disputas entre las familias romanas. Concedía favores contradictorios, firmaba documentos que sus colaboradores le presentaban y tenía dificultades para distinguir entre peticiones religiosas e intereses políticos.

Durante su breve pontificado nombró a doce cardenales, muchos de ellos franceses o vinculados al reino de Nápoles. Aquella decisión fortaleció la influencia de Carlos II dentro del Colegio Cardenalicio (Herde, 2000).

La santidad personal no había preparado a Celestino para gobernar. Ser moralmente admirado no significaba saber ejercer el poder.

El pequeño recinto dentro del palacio

Uno de los episodios más reveladores de su pontificado ocurrió en Castel Nuovo, la fortaleza napolitana donde se había instalado la corte. Incapaz de soportar el movimiento constante del palacio, Celestino ordenó construir una pequeña celda de madera dentro de sus habitaciones.

Quería continuar viviendo como ermitaño en medio de la corte papal.

La imagen resume toda su tragedia: un hombre encerrado voluntariamente en una celda mientras, fuera de ella, otros administraban el poder que llevaba su nombre. Celestino deseaba conservar la pureza del retiro sin abandonar todavía las responsabilidades del pontificado. Pero el gobierno no podía ejercerse desde una imitación de cueva.

Durante el Adviento trató incluso de delegar temporalmente el gobierno en tres cardenales para dedicarse al ayuno y la oración. La propuesta era jurídicamente problemática y demostró hasta qué punto no comprendía la naturaleza de su cargo.

Comenzó entonces a preguntarse si un papa podía renunciar.

El perdón que sobrevivió al pontificado

Antes de abandonar el cargo, Celestino tomó una decisión poco conocida que todavía permanece viva.

Mediante la bula Inter sanctorum solemnia, concedió una indulgencia plenaria a los fieles arrepentidos y confesados que visitaran la basílica de Santa Maria di Collemaggio entre la tarde del 28 y la del 29 de agosto. El privilegio no estaba reservado a reyes, nobles o personas capaces de financiar una peregrinación lejana. También podían recibirlo los pobres y marginados.

La celebración se convirtió en la Perdonanza Celestiniana, una tradición anual de reconciliación que continúa celebrándose en L’Aquila. En 2019 fue inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO (UNESCO, 2019).

Este es uno de los hechos menos conocidos de su vida: el papa recordado principalmente por renunciar dejó también una celebración del perdón que ha sobrevivido durante más de siete siglos.

La renuncia que debía hacer posible

Recreación simbólica de la renuncia de Celestino V
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

En el siglo XIII no existía un procedimiento cotidiano y claramente aceptado para la renuncia de un papa. Habían existido pontífices que abandonaron o fueron obligados a abandonar el cargo, pero el caso de Celestino planteaba una dificultad especial: si el papa era la máxima autoridad jurídica de la Iglesia, ¿quién podía aceptar su dimisión?

El cardenal Benedetto Caetani, uno de los canonistas más capacitados de la corte, participó en el análisis de la cuestión. Más tarde circularía la historia de que Caetani engañó al anciano, instaló una abertura en su habitación y fingió ser la voz de Dios ordenándole renunciar. No existe evidencia histórica sólida que confirme esa leyenda.

Lo documentado es que Celestino promulgó una constitución que reconocía expresamente el derecho de un papa a renunciar. El 13 de diciembre de 1294 compareció ante los cardenales en Nápoles, leyó una declaración y expuso sus razones: humildad, debilidad física, falta de conocimientos, dificultades de gobierno y deseo de recuperar la tranquilidad de su antigua vida.

Después se quitó las insignias pontificias y volvió a ser Pietro da Morrone.

Su pontificado había durado poco más de cinco meses. La renuncia parece haber sido una decisión auténticamente suya, aunque se produjo en un ambiente lleno de presiones e intereses. Caetani pudo ayudar a resolver sus fundamentos legales, pero afirmar que obligó al papa mediante un engaño sobrenatural pertenece al terreno de la leyenda (Herde, 2000; Widener, 2013).

El sucesor que no podía dejarlo libre

Celestino V en cautiverio
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

Once días después, los cardenales eligieron precisamente a Benedetto Caetani, quien tomó el nombre de Bonifacio VIII.

Celestino creyó que podría regresar a su montaña y desaparecer. Bonifacio veía el problema de otra manera. Mientras el antiguo papa siguiera vivo y libre, los enemigos del nuevo pontífice podían declarar inválida la renuncia, reconocer a Celestino como verdadero papa o utilizarlo para provocar un cisma.

No era necesario que Pietro deseara recuperar el poder. Bastaba con que otros quisieran gobernar en su nombre.

Bonifacio ordenó que permaneciera bajo vigilancia. Pietro escapó y se escondió durante un tiempo en los bosques. Después intentó cruzar el Adriático para refugiarse en Dalmacia, pero una tormenta obligó a la embarcación a regresar a la costa italiana. Allí fue capturado.

El hombre que había renunciado para volver a la libertad terminó convertido en prisionero de la institución que había dirigido.

Fue recluido en el castillo de Fumone, al sureste de Roma. Se le permitió conservar algunos compañeros religiosos y continuar sus prácticas de oración, pero no podía abandonar la fortaleza. Bonifacio justificó la medida como una precaución contra el cisma. Para los seguidores de Pietro, era la persecución de un santo por un papa ambicioso.

El agujero en el cráneo

Recreación del anciano Celestino en sus últimos días
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

Pietro murió en Fumone el 19 de mayo de 1296, después de aproximadamente diez meses de cautiverio. Probablemente tenía más de ochenta años. Las fuentes cercanas a su causa de canonización describieron su debilitamiento físico y una enfermedad, pero pronto aparecieron acusaciones de asesinato.

Siglos después, durante un examen de sus restos en 1630, se observó una abertura cuadrada en el cráneo. La presencia de un clavo que supuestamente encajaba en ella alimentó una historia macabra: Bonifacio VIII habría ordenado matar a su predecesor introduciéndole un clavo en la cabeza.

La leyenda resultaba poderosa porque parecía dar una forma física a la crueldad del poder. Sin embargo, los estudios forenses modernos no respaldan esa conclusión. Una investigación publicada en 2021 determinó que la abertura fue producida después de la muerte, y no constituía una lesión sufrida en vida por Celestino (Ventura, 2021).

No existe prueba firme de que Bonifacio ordenara asesinarlo. Sí existe certeza de que lo mantuvo prisionero. La realidad documentada es menos espectacular que el clavo, pero no menos inquietante: el nuevo papa consideró que la libertad de un anciano indefenso representaba un riesgo político.

El hombre al que Dante quizá no perdonó

En el tercer canto del Infierno, Dante describe a una sombra asociada con quien hizo, por cobardía, “el gran rechazo”. El poeta no menciona su nombre. Desde los primeros comentaristas, muchos han identificado esa figura con Celestino V.

La identificación es probable, pero no completamente segura. También se han propuesto otros candidatos, entre ellos Poncio Pilato. Para Dante, la renuncia de Celestino habría permitido la elección de Bonifacio VIII, a quien el poeta detestaba por motivos religiosos y políticos. Desde esa perspectiva, abandonar el cargo no fue humildad, sino una negativa a cumplir la responsabilidad que la historia exigía (Alighieri, ca. 1321/2006; Hollander, 2000–2007).

Otros vieron exactamente lo contrario. Francesco Petrarca defendió la renuncia como un acto de libertad espiritual y grandeza. Allí donde Dante pudo observar cobardía, Petrarca vio a un hombre capaz de reconocer sus límites.

Celestino fue canonizado en 1313 por el papa Clemente V. La Iglesia reconoció su santidad personal, no necesariamente la eficacia de su gobierno.

El fantasma que regresó en 2013

Escena simbólica del poder pontificio y un ermitaño alejándose
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

Durante siglos, la renuncia de Celestino pareció una rareza medieval. En abril de 2009, Benedicto XVI visitó L’Aquila después del devastador terremoto que afectó la región. Ante la urna de Celestino V dejó el palio que había recibido al iniciar su pontificado, un gesto que entonces recibió poca atención.

En 2010 regresó a la región y destacó el silencio interior, la búsqueda de Dios y el legado espiritual de Celestino (Benedicto XVI, 2010).

Tres años después, Benedicto XVI anunció su propia renuncia.

No puede afirmarse que el gesto de 2009 constituyera un anuncio secreto de una decisión ya tomada. Pero, observado retrospectivamente, muestra que Benedicto había reflexionado sobre el precedente del ermitaño medieval. Celestino dejó de ser una anomalía remota y se convirtió nuevamente en una figura central para comprender que el papado podía abandonarse voluntariamente.

El poder que persigue incluso a quien lo rechaza

Insignias pontificias simbólicas en una celda vacía
Recreación artística generada con IA; no es una imagen histórica ni una reconstrucción exacta del vestuario medieval.

Celestino V creyó que renunciar bastaría para volver a ser el hombre que había vivido en las montañas. No comprendió que el poder transforma también a quien intenta abandonarlo.

Como papa, fue vulnerable a quienes deseaban utilizar su autoridad. Como antiguo papa, resultaba peligroso para quienes temían que esa autoridad pudiera revivir. Primero fue prisionero de la corona pontificia; después, del miedo que su existencia provocaba.

Su fracaso político no debe ocultarse bajo la admiración religiosa. Su inexperiencia permitió interferencias, decisiones desordenadas y una peligrosa dependencia de Carlos II de Nápoles. Pero tampoco debe confundirse la renuncia con una simple huida cobarde. Celestino reconoció que no poseía las capacidades necesarias para gobernar y creó una vía jurídica para apartarse.

El ermitaño consiguió abandonar el trono, pero nunca logró escapar de su sombra.

Referencias

  1. Herde, P. (2000). Celestino V, santo. En Enciclopedia dei Papi. Istituto della Enciclopedia Italiana. Ver fuente
  2. Ventura, L. (2021). The mysterious hole in the skull of Pope Celestin V. Forensic Science, Medicine and Pathology, 17, 529–533. Ver fuente
  3. Widener, M. (2013, February 18). Papal resignations: The case of Celestine V. Lillian Goldman Law Library, Yale University. Ver fuente
  4. UNESCO. (2019). Celestinian forgiveness celebration. Representative List of the Intangible Cultural Heritage of Humanity. Ver fuente
  5. Benedicto XVI. (2010, 4 de julio). Celebración eucarística en la plaza Garibaldi de Sulmona. Santa Sede. Ver fuente
  6. Alighieri, D. (2006). Inferno (R. Hollander & J. Hollander, Trans.). Anchor Books. (Original work composed ca. 1321).
  7. Hollander, R. (2000–2007). Commentary on Dante’s Inferno, III, 58–60. Princeton Dante Project.
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