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George Washington: el hombre que renunció al poder, pero no pudo escapar de sus contradicciones
El fundador que enseñó a una república a limitar el poder mientras conservaba dentro de su propia casa una autoridad que otros nunca consintieron.

Hecho histórico destacado: Durante su presidencia, George Washington trasladó periódicamente fuera de Pensilvania a algunas de las personas esclavizadas que trabajaban en su residencia. Así evitaba que permanecieran seis meses continuos en el estado y pudieran reclamar la libertad contemplada por su legislación. Washington pidió que esta práctica se realizara discretamente para que no pareciera un intento deliberado de evadir la ley (Dunbar, 2017; Wiencek, 2003).
Entregó voluntariamente el mando de un ejército victorioso y, años después, abandonó la presidencia cuando posiblemente habría podido conservarla.
Ese gesto lo convirtió en símbolo del poder limitado.
Pero el hombre que ayudó a fundar una república basada en la libertad gobernaba al mismo tiempo una plantación sostenida por personas esclavizadas. Algunas escaparon. Otras fueron perseguidas. La mayoría nunca tuvo la posibilidad de decidir qué significaba la independencia.
George Washington comprendió que una nación no podía vivir sometida a un rey.
Nunca llegó a aceptar plenamente que ningún ser humano debía vivir sometido a otro.
George Washington: el hombre que renunció al poder, pero no pudo escapar de sus contradicciones
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Una vida contada a través de lugares y momentos decisivos
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Una obra auténtica conservada por una institución pública nos acerca al momento en que Washington devolvió al Congreso el poder militar que había recibido.
- Colección
- Architect of the Capitol · Rotonda del Capitolio de Estados Unidos
- Derechos
- Dominio público
Obra encargada por el Congreso de Estados Unidos. Fuente institucional: Architect of the Capitol.
Un joven que aprendió a medir la tierra
George Washington nació el 22 de febrero de 1732 en el condado de Westmoreland, Virginia, dentro de una familia de plantadores. Su padre, Augustine Washington, murió cuando George tenía once años, dejando propiedades y personas esclavizadas repartidas entre sus herederos.
Washington no recibió la extensa educación clásica que tuvieron otros líderes revolucionarios, pero estudió matemáticas prácticas, agrimensura y administración de tierras. Durante su adolescencia trabajó como topógrafo en el valle de Shenandoah, una ocupación que le permitió conocer la frontera y comenzar a adquirir propiedades (Chernow, 2010).
Medir la tierra no era una actividad neutral. Los territorios reclamados por Virginia estaban vinculados con intereses británicos, especulación colonial y el desplazamiento de comunidades indígenas. Desde muy joven, Washington aprendió que la tierra significaba riqueza, influencia y poder.
También aprendió a construir cuidadosamente su reputación.
La conocida historia del niño que cortó un cerezo y confesó porque no podía mentir no procede de su infancia. Fue creada después de su muerte por el biógrafo Mason Locke Weems para ofrecer a la nueva nación un héroe moral perfecto (Cunliffe, 1958).
El Washington histórico fue más interesante y más contradictorio que aquella leyenda.

El enfrentamiento que ayudó a encender una guerra mundial
En 1753, el gobernador de Virginia envió al joven Washington al territorio de Ohio para exigir que las fuerzas francesas abandonaran una región reclamada por Gran Bretaña.
Al año siguiente regresó como oficial. En mayo de 1754, sus hombres y aliados indígenas atacaron un pequeño destacamento francés en Jumonville Glen. El comandante francés Joseph Coulon de Jumonville murió en circunstancias que siguen siendo discutidas.
Washington se retiró después a una fortificación improvisada llamada Fort Necessity. Allí fue derrotado y firmó una capitulación redactada en francés que incluía una referencia al “asesinato” de Jumonville. Washington sostuvo posteriormente que no había comprendido correctamente aquella palabra (Lengel, 2005).
El episodio contribuyó a intensificar el conflicto entre Francia y Gran Bretaña en Norteamérica. Esa lucha terminó formando parte de la Guerra de los Siete Años, un enfrentamiento desarrollado en Europa, América, África y Asia.
Antes de dirigir una revolución, Washington había participado en uno de los incidentes que ayudaron a desencadenar la primera gran guerra verdaderamente global.
Derrotas antes de la leyenda
Washington no fue un comandante invencible. Durante la guerra contra Francia cometió errores, experimentó derrotas y conoció el caos de los combates.
En 1755 acompañó la expedición del general británico Edward Braddock contra Fort Duquesne. La columna fue emboscada y sufrió una derrota devastadora. Washington ayudó a organizar la retirada mientras varios caballos eran alcanzados bajo él y las balas perforaban su ropa. El episodio fortaleció su reputación de valentía, aunque posteriormente fue adornado con interpretaciones casi providenciales (Chernow, 2010).
Después de abandonar temporalmente la vida militar, se casó en 1759 con Martha Dandridge Custis, una viuda extraordinariamente rica. El matrimonio aumentó su posición económica y social. Washington pasó a administrar Mount Vernon y una extensa comunidad de trabajadores esclavizados pertenecientes a diferentes categorías legales.
También acumuló deudas con comerciantes británicos y se frustró con las restricciones imperiales. Sus intereses económicos personales no explican por sí solos su adhesión a la Revolución, pero formaron parte del mundo material dentro del cual se desarrollaron sus ideas políticas (Ellis, 2004).

El general de una revolución incierta
En junio de 1775, el Segundo Congreso Continental nombró a Washington comandante en jefe del Ejército Continental. Su origen virginiano ayudaba a presentar la rebelión como una causa de varias colonias y no únicamente de Nueva Inglaterra.
El ejército que recibió estaba mal abastecido, dividido por lealtades regionales y formado en gran medida por hombres con periodos de servicio limitados. Washington tuvo que construir una institución militar mientras combatía a una de las potencias más poderosas del mundo (Lengel, 2005).
Sufrió derrotas graves en Nueva York durante 1776, pero logró conservar el núcleo del ejército. Los ataques de Trenton y Princeton restauraron parte de la moral revolucionaria. Durante el invierno de Valley Forge, sus soldados padecieron hambre, enfermedades y carencias de ropa, aunque la imagen tradicional de un ejército completamente abandonado por un Congreso indiferente simplifica una crisis logística mucho más compleja.
Washington no ganó la guerra mediante una sucesión constante de victorias. Su logro principal fue impedir que el ejército desapareciera.
Comprendió que mientras existiera una fuerza continental organizada, la Revolución podía continuar.
Espías, información y engaños
Washington prestó una atención extraordinaria al espionaje. Utilizó agentes, informantes, mensajes cifrados y operaciones de engaño para conocer los movimientos británicos y ocultar los propios.
La red Culper, organizada durante la ocupación británica de Nueva York, proporcionó información desde una de las zonas más difíciles para los revolucionarios. Algunos de sus integrantes utilizaron nombres en clave, tinta invisible y sistemas numéricos para proteger sus identidades (Rose, 2006).
Antes de la campaña de Yorktown, Washington ayudó a mantener la impresión de que el ejército franco-estadounidense atacaría Nueva York. Mientras los británicos observaban aquella posibilidad, las fuerzas aliadas marcharon hacia Virginia.
En 1781, el ejército de Lord Cornwallis quedó atrapado en Yorktown entre las tropas terrestres y la flota francesa. Su rendición no terminó inmediatamente la guerra, pero destruyó la voluntad política británica de continuarla en las mismas condiciones.
El hombre representado posteriormente de pie y silencioso ganó parte de su guerra mediante información falsa, cartas interceptadas y movimientos que el enemigo no debía comprender.

Los anteojos que detuvieron una posible rebelión
Al concluir la guerra, muchos oficiales estaban enfurecidos porque el Congreso no había pagado salarios y pensiones prometidos. En marzo de 1783, una reunión en Newburgh podía convertirse en una presión militar directa contra el gobierno civil.
Washington apareció inesperadamente ante los oficiales. Defendió la autoridad del Congreso y pidió paciencia. Al final sacó unos anteojos, un gesto que muchos de sus subordinados nunca le habían visto realizar, y explicó que había envejecido y perdido parte de la vista al servicio del país.
La emoción del momento ayudó a desactivar la crisis (Ellis, 2004).
La escena fue importante porque Washington no ofreció encabezar el descontento militar. Utilizó su prestigio para impedir que el ejército victorioso sometiera al gobierno que debía proteger.
Pocos meses después realizó un gesto todavía más extraordinario.
El general que devolvió su espada
El 23 de diciembre de 1783, Washington compareció ante el Congreso reunido en Annapolis y renunció formalmente a su comisión como comandante en jefe.
En una época en que los generales victoriosos podían convertirse en dictadores, reyes o gobernantes vitalicios, Washington regresó a Mount Vernon. La renuncia impresionó incluso a observadores europeos porque demostraba que la autoridad militar podía someterse voluntariamente al poder civil (Ellis, 2004).
No se retiró por falta de ambición. Había trabajado durante años para proteger su reputación y comprendía el valor histórico del gesto. Precisamente por eso fue tan eficaz.
Washington sabía que renunciar al poder podía producir una autoridad moral mayor que conservarlo.
Sin embargo, su retiro no duró mucho. Las debilidades de los Artículos de la Confederación, las dificultades financieras y los conflictos entre los estados impulsaron un movimiento para crear un gobierno federal más fuerte.
En 1787 presidió la Convención Constitucional de Filadelfia.
Un presidente sin manual
En 1789, Washington fue elegido por unanimidad como primer presidente de Estados Unidos. Ningún antecesor podía indicarle cómo comportarse porque el cargo acababa de ser creado.
Cada decisión podía convertirse en precedente.
Formó un gabinete, estableció formas de comunicación con el Congreso y trató de equilibrar la dignidad presidencial con el rechazo republicano a las ceremonias monárquicas. Bajo su gobierno se organizaron los departamentos ejecutivos, se desarrolló el programa financiero de Alexander Hamilton y se consolidó la autoridad del nuevo gobierno federal (Chernow, 2010).
Washington intentó mantener a Estados Unidos fuera de las guerras originadas por la Revolución francesa. Su Proclamación de Neutralidad de 1793 generó críticas entre quienes consideraban que la república debía apoyar a Francia.
El Tratado de Jay con Gran Bretaña provocó una oposición todavía mayor. Washington, acostumbrado a ser tratado como símbolo de unidad, descubrió que la presidencia también significaba convertirse en objetivo de periódicos, panfletos y acusaciones políticas.
El poder que había aceptado para unir al país ayudó a crear divisiones que ya no podía controlar.

La rebelión del whisky
En 1791, el gobierno federal estableció un impuesto sobre las bebidas destiladas. Para numerosos agricultores del oeste, el whisky no era solamente una bebida: permitía convertir el grano en un producto más fácil de transportar y vender.
La resistencia al impuesto se volvió violenta en Pensilvania. En 1794, Washington movilizó una fuerza de milicia de aproximadamente trece mil hombres para demostrar que el gobierno federal podía hacer cumplir sus leyes. El presidente acompañó personalmente a las tropas durante una parte del recorrido, convirtiéndose en el único presidente estadounidense en ejercicio que participó de esa manera en una movilización armada de este tipo (Chernow, 2010).
La rebelión se disolvió sin una gran batalla.
Para Washington, la operación confirmó que la nueva Constitución no produciría un gobierno tan débil como el de la Confederación.
Para sus críticos, mostró que el héroe de una revolución contra la autoridad podía utilizar ahora una fuerza abrumadora contra ciudadanos que rechazaban un impuesto.
El poder siempre parecía diferente después de poseerlo.
La libertad dentro de una casa esclavista
La contradicción más profunda de Washington no se encontraba en una batalla ni en un tratado. Estaba presente diariamente en Mount Vernon.
Al morir, más de trescientas personas esclavizadas vivían en la propiedad. Washington no era dueño legal de todas: muchas pertenecían al patrimonio Custis controlado a través de Martha. Esa distinción jurídica condicionaba sus decisiones, pero no cambiaba la realidad de quienes eran obligados a trabajar allí (Morgan, 2000).
Washington expresó en privado un creciente malestar con la esclavitud y habló de una posible emancipación gradual. Sin embargo, nunca realizó durante su vida una acción pública destinada a terminar con la institución. Continuó dependiendo de su trabajo y firmó en 1793 la Ley de Esclavos Fugitivos, que reforzó los mecanismos para recuperar a personas que escapaban (Wiencek, 2003).
Durante la presidencia residió en Filadelfia, donde una ley estatal podía facilitar la libertad de determinadas personas esclavizadas después de seis meses de residencia continua. Washington y sus administradores organizaron rotaciones para interrumpir ese periodo sin revelar abiertamente el propósito (Dunbar, 2017).
La república defendía la libertad mientras el presidente buscaba una manera de impedir que la ley liberara a quienes servían en su casa.
Ona Judge decide no regresar
Ona Judge era una joven esclavizada que trabajaba como asistente personal de Martha Washington. En mayo de 1796, mientras la familia presidencial se preparaba para entregarla como obsequio a una nieta de Martha, Judge escapó de la residencia de Filadelfia.
Llegó a Portsmouth, Nuevo Hampshire, donde comenzó una nueva vida.
Washington utilizó contactos para localizarla e intentó conseguir su regreso sin provocar un proceso público que pudiera dañar su reputación. Ona Judge se negó a volver a menos que se garantizara su libertad, condición que Washington no aceptó. En 1799 se realizó otro intento de capturarla, pero fue advertida y logró escapar nuevamente (Dunbar, 2017).
Judge vivió como mujer libre hasta 1848, aunque sufrió pobreza y perdió a sus tres hijos antes de morir.
Su historia modifica la imagen tradicional de Washington. Para él, la fuga representaba una propiedad perdida y un desafío a su autoridad. Para ella, la libertad no era una declaración política escrita por grandes hombres.
Era la decisión concreta de no regresar.

Una emancipación aplazada
En su testamento, Washington dispuso que las personas esclavizadas de las que era propietario fueran liberadas después de la muerte de Martha. William Lee, quien lo había acompañado durante la guerra, recibiría la libertad inmediata y una asignación económica (Morgan, 2000).
Washington fue el único de los principales presidentes fundadores propietarios de esclavos que ordenó mediante su testamento una emancipación general de las personas que legalmente le pertenecían.
La decisión tuvo límites importantes. No podía liberar unilateralmente a los llamados esclavizados de dote pertenecientes al patrimonio Custis. Además, pospuso la libertad de los suyos hasta después de la muerte de su esposa, prolongando la separación de familias cuyos integrantes pertenecían a categorías legales diferentes.
Martha Washington decidió liberarlos el 1 de enero de 1801, antes de su propia muerte.
La disposición testamentaria demuestra que Washington comprendía la injusticia moral del sistema. También demuestra que esperó hasta no tener que vivir con las consecuencias económicas y políticas de desmantelarlo.
Una muerte tratada con sangre
El 12 de diciembre de 1799, Washington recorrió Mount Vernon bajo lluvia, nieve y bajas temperaturas. Al día siguiente desarrolló un dolor intenso de garganta y dificultades para respirar.
Sus médicos aplicaron los tratamientos habituales de la época, incluyendo repetidas sangrías. En pocas horas le extrajeron una cantidad considerable de sangre, lo que probablemente debilitó aún más su organismo. El diagnóstico exacto continúa siendo discutido, aunque algunas interpretaciones modernas apuntan hacia una infección grave de la garganta o una epiglotitis aguda (Chernow, 2010).
Washington murió la noche del 14 de diciembre de 1799. Tenía sesenta y siete años.
La noticia produjo ceremonias de duelo en todo el país. Henry Lee lo describió célebremente como primero en la guerra, primero en la paz y primero en el corazón de sus compatriotas.
La nación necesitaba un fundador sin grietas.
La historia heredó a un hombre mucho más difícil.
El poder de renunciar y el poder de retener
George Washington estableció precedentes esenciales. Subordinó el ejército al gobierno civil, aceptó elecciones, soportó críticas y abandonó la presidencia después de dos mandatos cuando la Constitución todavía no le exigía hacerlo.
Su ejemplo ayudó a demostrar que el poder republicano podía transferirse sin una muerte, un golpe de Estado o una sucesión hereditaria.
Pero su grandeza política convivió con una autoridad privada casi absoluta sobre seres humanos esclavizados. Mientras renunciaba públicamente al mando, conservaba dentro de su propiedad un poder que otros no habían consentido.
Ese es el fantasma que acompaña su monumento.
Washington comprendió antes que muchos gobernantes que una república necesitaba líderes capaces de marcharse.
No comprendió con la misma claridad que la libertad que reclamaba para una nación también pertenecía a quienes podían escapar de su casa.

Fuentes y lecturas
Referencias bibliográficas
Chernow, R. (2010). Washington: A life. Penguin Press.
Cunliffe, M. (1958). George Washington: Man and monument. Little, Brown and Company.
Dunbar, E. A. (2017). Never caught: The Washingtons’ relentless pursuit of their runaway slave, Ona Judge. Atria Books.
Ellis, J. J. (2004). His Excellency: George Washington. Alfred A. Knopf.
Lengel, E. G. (2005). General George Washington: A military life. Random House.
Morgan, K. (2000). George Washington and the problem of slavery. Journal of American Studies, 34(2), 279–301.
Rose, A. (2006). Washington’s spies: The story of America’s first spy ring. Bantam Books.
Wiencek, H. (2003). An imperfect God: George Washington, his slaves, and the creation of America. Farrar, Straus and Giroux.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.

