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Winston Churchill: el hombre que desafió a Hitler sin escapar de las sombras del Imperio
El líder que convirtió el idioma en resistencia frente a Hitler, pero nunca logró escapar de las contradicciones y víctimas del Imperio que defendió.

Hecho histórico destacado: Después del desastre de Gallípoli, Churchill perdió su posición en el gobierno. En lugar de permanecer protegido en Londres, solicitó servir en el frente occidental y terminó comandando un batallón de los Royal Scots Fusiliers en las trincheras de Bélgica. Años después regresaría al poder, pero la memoria de aquella campaña lo acompañó durante el resto de su vida.
Winston Churchill llegó al momento más importante de su vida cuando muchos consideraban que su carrera ya pertenecía al pasado.
Tenía sesenta y cinco años, había cambiado dos veces de partido, acumulaba decisiones desastrosas y llevaba años advirtiendo sobre una Alemania nazi que gran parte de la clase política británica prefería apaciguar.
En 1940, cuando Francia se derrumbaba y Gran Bretaña podía quedarse sola frente a Hitler, Churchill convirtió el idioma en un arma de resistencia. Pero el hombre que defendió la libertad británica también defendió un imperio construido sobre la desigualdad, expresó ideas racistas y dirigió un gobierno cuyas decisiones durante la hambruna de Bengala continúan siendo objeto de una profunda condena histórica.
Fue el líder que su país necesitó en una hora extrema.
También fue un hombre perseguido por los costos de su ambición, las víctimas de sus decisiones y las contradicciones del poder que representaba.
Winston Churchill: el hombre que desafió a Hitler sin escapar de las sombras del Imperio
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El niño que buscaba ser visto
Winston Leonard Spencer Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 en el palacio de Blenheim. Pertenecía a una de las familias aristocráticas más conocidas de Gran Bretaña.
Su padre, Lord Randolph Churchill, fue un político conservador de carrera brillante y breve. Su madre, Jennie Jerome, había nacido en Estados Unidos y pertenecía a una rica familia neoyorquina.
Aunque creció rodeado de privilegios, Churchill no describió una infancia afectivamente segura. Sus padres estaban frecuentemente ausentes y la persona más cercana a él fue su niñera, Elizabeth Everest.
No destacó en la educación tradicional. Tuvo dificultades con algunas asignaturas y necesitó varios intentos para ingresar en la Real Academia Militar de Sandhurst. Allí encontró un ambiente más adecuado para sus capacidades y se graduó en 1894.
Churchill deseaba acción, reconocimiento y una historia que pudiera narrar. La carrera militar le ofrecía las tres cosas.

Convertir la guerra en una oportunidad
Como joven oficial y corresponsal, viajó a Cuba, India, Sudán y Sudáfrica. Participó en campañas coloniales y escribió artículos para periódicos británicos.
En la frontera noroeste de la India combatió durante la campaña de Malakand. En 1898 tomó parte en la batalla de Omdurmán, en Sudán, donde realizó una carga de caballería y posteriormente escribió una extensa historia de la campaña.
Sus libros y crónicas demostraron que comprendía tempranamente el valor de controlar el relato. No se limitaba a participar en los acontecimientos: los convertía en literatura y en capital político.
Durante la guerra anglo-bóer fue capturado después de que el tren blindado en el que viajaba fuera atacado. Escapó del campo de prisioneros en Pretoria y recorrió una larga distancia hasta territorio controlado por los británicos.
La fuga lo convirtió en una celebridad nacional. Churchill había encontrado el personaje que representaría durante décadas: el hombre que parecía avanzar precisamente cuando otros habrían retrocedido.
Sin embargo, sus relatos sobre las guerras imperiales mostraban también una convicción duradera. Creía en la superioridad y la misión histórica del Imperio británico, una visión que marcaría tanto su ascenso como sus errores.
El político que cambiaba de lado
Churchill fue elegido diputado conservador en 1900. Cuatro años después abandonó el partido y se unió a los liberales, principalmente por su oposición a las políticas proteccionistas.
Dentro de los gobiernos liberales ocupó diferentes cargos y participó, junto con David Lloyd George y otros reformadores, en la creación de bolsas de trabajo, seguros sociales y determinadas protecciones laborales.
No fue simplemente un conservador imperialista. En algunos asuntos domésticos apoyó reformas que ampliaron la intervención del Estado frente al desempleo, la enfermedad y la pobreza.
Como ministro del Interior, sin embargo, quedó vinculado a conflictos laborales y episodios polémicos. Su conducta durante las protestas mineras de Tonypandy y su presencia durante el sitio de Sidney Street alimentaron la imagen de un político impulsivo, atraído por el centro de cualquier crisis.
En 1911 fue nombrado primer lord del Almirantazgo. Modernizó aspectos de la Marina Real, impulsó la transición del carbón al petróleo y apoyó el desarrollo de nuevas tecnologías militares.
La posición lo colocó en el centro de la guerra que estallaría en 1914.

Gallípoli: la puerta que no se abrió
Durante la Primera Guerra Mundial, Churchill promovió una operación contra el Imperio otomano en los Dardanelos. La idea consistía en forzar los estrechos, amenazar Constantinopla y abrir una ruta marítima hacia Rusia.
No fue el único responsable del plan. El gobierno, mandos navales y autoridades militares participaron en las decisiones. Pero Churchill fue uno de sus defensores más enérgicos y quedó públicamente asociado con la campaña.
El ataque naval fracasó ante las minas y las defensas costeras. Posteriormente se realizaron desembarcos en la península de Gallípoli. Las fuerzas británicas, francesas, australianas, neozelandesas, indias y de otros territorios quedaron atrapadas en posiciones difíciles frente a una resistencia otomana eficaz.
Después de meses de combates, enfermedades y enormes pérdidas en ambos bandos, los Aliados se retiraron.
La campaña convirtió a Mustafa Kemal, futuro Atatürk, en un héroe otomano y dejó una herida duradera en Australia y Nueva Zelanda. Para Churchill, significó una catástrofe política.
Fue apartado del Almirantazgo y posteriormente abandonó el gobierno. Durante un periodo se dedicó a pintar, buscando una actividad capaz de calmar la agitación que sentía.
Pero no permaneció lejos de la guerra.
El antiguo ministro en las trincheras
Churchill conservaba su rango militar y decidió incorporarse al Ejército en Francia. Después de un periodo de incertidumbre sobre el puesto que recibiría, fue nombrado teniente coronel y asumió el mando del 6.º Batallón de los Royal Scots Fusiliers.
Entre enero y mayo de 1916 vivió cerca del frente en Bélgica.
El contraste era extraordinario. Meses antes había participado en decisiones que enviaban ejércitos hacia los Dardanelos. Ahora compartía trincheras, bombardeos, barro y peligro con soldados expuestos a las consecuencias directas de la guerra.
Sus partidarios presentaron el servicio como prueba de valor personal. Sus críticos consideraron que también era un paso calculado para reconstruir su reputación. Ambas interpretaciones pueden contener parte de la verdad.
Churchill no dejó de ser ambicioso cuando se puso el uniforme. Pero tampoco era necesario que se acercara tanto al frente. Aceptó un riesgo real en un momento en que su carrera parecía destruida.
Gallípoli nunca desapareció completamente de su memoria. Le enseñó que una idea estratégica brillante sobre un mapa podía transformarse en una maquinaria de sufrimiento cuando encontraba una geografía, un enemigo y una realidad que se negaban a obedecerla.

El regreso al poder
Churchill volvió al gobierno en 1917 como ministro de Municiones. Posteriormente ocupó otros cargos, entre ellos secretario de Guerra y secretario de Estado para las Colonias.
En 1924 regresó al Partido Conservador y fue nombrado canciller del Exchequer. Durante su administración, Gran Bretaña volvió al patrón oro con una tasa que perjudicó la competitividad industrial y contribuyó a presiones económicas graves. La decisión fue ampliamente criticada y Churchill reconocería después que había sido un error.
Su actuación durante la huelga general de 1926 reforzó su reputación de hostilidad hacia el movimiento obrero. Participó activamente en la propaganda gubernamental y mostró escasa simpatía hacia los huelguistas.
En los años siguientes quedó fuera de los principales cargos. Este periodo es conocido como sus “años en el desierto”, aunque no estuvo completamente aislado. Continuó siendo diputado, escribiendo libros, pronunciando discursos y participando en debates públicos.
Sus posiciones eran una mezcla difícil. Advirtió con creciente precisión sobre el rearme alemán y el peligro de Hitler. Al mismo tiempo, se opuso firmemente a la independencia de la India y atacó a Mahatma Gandhi con un lenguaje despectivo.
Podía identificar con claridad una tiranía europea mientras continuaba considerando legítima la dominación británica sobre otros pueblos.
El hombre que advirtió sobre Hitler
Durante la década de 1930, Churchill utilizó contactos, estadísticas y fuentes dentro del gobierno para denunciar la expansión militar alemana. Exigió que Gran Bretaña se rearmara, especialmente en el aire.
No fue la única persona que advirtió del peligro nazi, ni todas sus predicciones fueron exactas. Sin embargo, su oposición al apaciguamiento adquirió credibilidad a medida que Hitler destruía las limitaciones impuestas después de la Primera Guerra Mundial.
Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, Churchill regresó al Almirantazgo.
La campaña británica en Noruega terminó en fracaso durante la primavera de 1940. El gobierno de Neville Chamberlain perdió el apoyo suficiente para continuar y, el 10 de mayo, Churchill se convirtió en primer ministro.
Ese mismo día, Alemania invadió Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo.
No heredó una hora de triunfo. Heredó una catástrofe que avanzaba.

La discusión que pudo cambiar la guerra
A finales de mayo de 1940, las fuerzas aliadas estaban cercadas y Francia se acercaba al colapso. Dentro del gabinete de guerra británico se discutió si debía explorarse una posible mediación italiana para conocer las condiciones de Hitler.
El secretario de Relaciones Exteriores, Lord Halifax, consideraba prudente investigar esa opción. Churchill temía que iniciar negociaciones desde una posición de debilidad condujera al desmantelamiento de la capacidad británica para resistir.
La situación fue más compleja que la leyenda de un solo hombre enfrentado a todos. Las decisiones fueron discutidas por un gobierno de coalición y dependían también de la evacuación de Dunkerque, la posición francesa y la posibilidad de recibir apoyo estadounidense.
Pero Churchill desempeñó un papel decisivo. Argumentó que una paz negociada bajo amenaza nazi no garantizaría la supervivencia independiente de Gran Bretaña.
El gabinete decidió continuar la guerra.
En ese momento, el país aún no sabía si la decisión conduciría a la victoria o a la invasión.
Las palabras como línea defensiva
Los discursos de Churchill durante 1940 no prometían una victoria rápida. Hablaban de sangre, trabajo, lágrimas, sudor, combates y resistencia.
Su fuerza procedía precisamente de no negar el peligro. Presentaba la guerra como una prueba colectiva y transformaba la vulnerabilidad en deber.
Churchill trabajaba intensamente sus discursos. Dictaba, corregía, organizaba el ritmo de las frases y señalaba las pausas. Aunque parecía hablar espontáneamente, muchas de las expresiones que lo hicieron famoso eran resultado de una elaboración cuidadosa.
No toda la población escuchó directamente por radio algunas de las intervenciones parlamentarias más célebres; fragmentos eran transmitidos por locutores y reproducidos en la prensa. Las grabaciones conocidas de ciertos discursos se realizaron posteriormente.
Aun así, las palabras cumplieron una función real. Ofrecieron una estructura moral en medio de la incertidumbre y ayudaron a presentar la resistencia como una decisión nacional, no solamente gubernamental.
Durante la batalla de Inglaterra y el Blitz, esa capacidad convirtió a Churchill en el rostro de una nación que se negaba a rendirse.

Una guerra que no podía ganar solo
La imagen de Churchill como salvador solitario oculta la dimensión colectiva de la guerra. Gran Bretaña resistió gracias a pilotos, marineros, soldados, trabajadores industriales, científicos, personal médico y civiles.
También dependió profundamente de su imperio y de sus aliados. Millones de personas de India, África, el Caribe, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y otras regiones sirvieron, produjeron alimentos o sostuvieron la economía de guerra.
Después de la invasión alemana de la Unión Soviética en 1941, el Ejército Rojo soportó la mayor parte de la guerra terrestre contra la Alemania nazi. Tras la entrada de Estados Unidos, su capacidad industrial y militar resultó decisiva.
Churchill comprendió que la supervivencia británica requería mantener unidas esas alianzas. Su relación con Franklin D. Roosevelt fue fundamental, aunque Gran Bretaña ocupaba una posición cada vez más dependiente. Con Iósif Stalin mantuvo una cooperación necesaria y llena de desconfianza.
El imperio por el que Churchill luchaba estaba saliendo de la guerra económicamente debilitado. La victoria aceleraría también su desaparición.
La guerra desde el cielo
El liderazgo de Churchill incluyó decisiones que continúan generando debate moral.
Gran Bretaña desarrolló una campaña de bombardeos estratégicos contra ciudades alemanas. Su propósito incluía destruir industrias, transportes, viviendas y la capacidad de la población para sostener la guerra.
Ataques como el bombardeo de Dresde, en febrero de 1945, causaron una destrucción enorme y la muerte de decenas de miles de personas. Churchill había respaldado la ofensiva aérea, aunque después expresó inquietud sobre la destrucción de ciudades y trató de marcar distancia respecto de algunos de sus resultados.
Los historiadores discuten la eficacia militar, la necesidad y la moralidad de esa campaña. Alemania había iniciado una guerra de agresión y bombardeado ciudades en numerosos países, pero esa realidad no elimina las preguntas sobre los métodos utilizados para derrotarla.
El poder en tiempos de guerra no ofrecía decisiones limpias. Churchill tomó algunas indispensables y otras cuya necesidad continúa siendo cuestionada.

Bengala: la sombra imposible de ignorar
En 1943, Bengala sufrió una hambruna catastrófica. Millones de personas murieron por hambre y enfermedades relacionadas.
La crisis tuvo múltiples causas: la pérdida de importaciones de arroz desde Birmania, la inflación, los daños provocados por un ciclón, enfermedades en los cultivos, el acaparamiento, fallas de distribución, decisiones del gobierno colonial y medidas destinadas a impedir que una posible invasión japonesa encontrara alimentos y medios de transporte.
Churchill no creó por sí solo la hambruna y los historiadores continúan discutiendo el peso exacto de cada factor. Pero su gobierno priorizó las necesidades militares y otras reservas del imperio mientras las solicitudes de importación para India eran reducidas, demoradas o rechazadas durante etapas críticas.
También están documentadas sus actitudes profundamente despectivas hacia los indios y su hostilidad hacia el movimiento independentista. Esas opiniones influyeron en el clima dentro del cual se tomaron las decisiones.
En 1944 comenzaron a llegar mayores cantidades de ayuda y mejoró la coordinación, pero la mortalidad ya era enorme.
La imagen de Churchill como defensor universal de la libertad se quiebra en Bengala. La libertad que defendía con elocuencia para Gran Bretaña no era una libertad que estuviera preparado para reconocer en igualdad de condiciones a los pueblos colonizados.
Victoria y derrota electoral
En mayo de 1945, Alemania se rindió. Churchill había alcanzado la victoria con la que quedaría asociado para siempre.
Dos meses después, los votantes británicos expulsaron del poder a su gobierno.
El Partido Laborista ganó las elecciones con un programa de vivienda, empleo, seguridad social y reconstrucción. Muchos ciudadanos admiraban a Churchill como dirigente de guerra, pero consideraban que Clement Attlee y los laboristas estaban mejor preparados para construir la paz.
Churchill recibió la derrota con amargura. Tuvo que abandonar temporalmente la conferencia de Potsdam y ser reemplazado por Attlee mientras los vencedores negociaban el futuro de Europa.
El episodio reveló una verdad democrática que su leyenda a veces oculta: haber dirigido una nación durante su mayor peligro no le concedía el derecho permanente a gobernarla.

El regreso y el cuerpo oculto
En 1946, Churchill pronunció en Fulton, Misuri, el discurso que popularizó la expresión “telón de acero” para describir la división de Europa bajo la influencia soviética.
Regresó al cargo de primer ministro en 1951. Su segundo gobierno fue menos dramático y estuvo marcado por problemas de salud, la Guerra Fría y el esfuerzo por conservar una influencia mundial que Gran Bretaña ya no poseía en la misma medida.
En 1953 sufrió un grave derrame cerebral mientras ejercía el cargo. La noticia fue ocultada cuidadosamente al público, y Churchill se recuperó en parte antes de volver a sus actividades.
Ese mismo año recibió el Premio Nobel de Literatura por sus obras históricas y biográficas y por su oratoria. El premio no fue de la Paz, como algunas veces se afirma.
Se retiró como primer ministro en 1955, aunque continuó siendo diputado hasta 1964.
El “perro negro” y la construcción de un mito
Churchill ha sido asociado frecuentemente con la expresión “perro negro” para describir periodos de depresión. La imagen se popularizó especialmente a través de las memorias de su médico, Lord Moran.
Sin embargo, los historiadores discuten la frecuencia y gravedad de esos episodios y la confiabilidad de algunas afirmaciones publicadas por Moran. No resulta posible realizar un diagnóstico moderno preciso a partir de frases dispersas y testimonios retrospectivos.
Lo indiscutible es que Churchill experimentó etapas de abatimiento, ansiedad y agotamiento. Utilizó la escritura, la pintura y el trabajo como formas de organizar su energía y escapar temporalmente de las presiones políticas.
Pintó cientos de cuadros a lo largo de su vida. La actividad que comenzó a practicar seriamente después de Gallípoli se convirtió en algo más que un pasatiempo: era un espacio donde podía controlar el tamaño del lienzo, los colores y el resultado.
En la política y la guerra, ninguna de esas cosas obedecía completamente.
El funeral de un imperio
Winston Churchill murió el 24 de enero de 1965, a los noventa años, después de sufrir otro derrame cerebral.
Recibió un funeral de Estado, un honor excepcional para alguien que no pertenecía a la familia real. Representantes de numerosos países participaron en las ceremonias y multitudes acompañaron el recorrido.
Mientras su féretro avanzaba por el Támesis, las grúas del puerto bajaron sus brazos en señal de respeto. La escena parecía despedir no solo a un hombre, sino también a la Gran Bretaña imperial que había definido su visión del mundo.
Churchill sobrevivió políticamente a Gallípoli, a errores económicos, a cambios de partido y a años de aislamiento. En 1940 encontró el momento para el que parecía haberse preparado toda su vida.
Su negativa a aceptar una paz bajo el dominio de Hitler fue esencial. Su capacidad para expresar el peligro sin rendirse ayudó a sostener a Gran Bretaña cuando la derrota parecía posible.
Pero su grandeza no elimina a Bengala, su racismo, su defensa del colonialismo ni las vidas consumidas por decisiones tomadas desde despachos protegidos.
Churchill comprendió mejor que muchos de sus contemporáneos el mal que representaba el nazismo. Nunca comprendió con la misma claridad el daño causado por el imperio que amaba.
El poder le permitió convertirse en la voz de una nación.
Sus fantasmas procedían de todas las personas a quienes esa voz no estaba dispuesta a reconocer como iguales.
Fuentes y lecturas
Referencias bibliográficas
Churchill Archives Centre. (s. f.). The Churchill papers. University of Cambridge. https://archives.chu.cam.ac.uk/collections/churchill-papers/
Gilbert, M. (1991). Churchill: A life. Henry Holt and Company.
Jenkins, R. (2001). Churchill: A biography. Macmillan.
Mukerjee, M. (2010). Churchill’s secret war: The British Empire and the ravaging of India during World War II. Basic Books.
Ó Gráda, C. (2015). Eating people is wrong, and other essays on famine, its past, and its future. Princeton University Press.
Roberts, A. (2018). Churchill: Walking with destiny. Viking.
Toye, R. (2010). Churchill’s empire: The world that made him and the world he made. Henry Holt and Company.
United Kingdom Parliament. (s. f.). Winston Churchill. https://www.parliament.uk/about/living-heritage/transformingsociety/private-lives/yourcountry/overview/churchill/
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
