Helen Peters Nosworthy: la mujer que dio nombre a la ouija y terminó llamándola mentirosa

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Personajes que cruzaron la línea entre mito, poder y horror

Helen Peters Nosworthy: la mujer que dio nombre a la ouija y terminó llamándola mentirosa

La mujer detrás del nombre de la ouija: patentes, recuerdos familiares y la psicología de un juego convertido en mito cultural.

Retrato artístico de Helen Peters junto a un tablero parlante
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

Una noche de 1890, una mujer colocó los dedos sobre un indicador de madera y preguntó cómo debía llamarse aquel objeto. El tablero respondió con cinco letras: O-U-I-J-A.

Al menos, eso fue lo que contaron después los hombres que comercializaron el invento.

La mujer era Helen Peters, una médium aficionada de Baltimore cuya participación resultó decisiva para convertir un tablero sin nombre en una de las marcas más reconocibles de la cultura popular. Según relatos posteriores, también ayudó a demostrar el aparato durante el proceso de patente y fue una de las primeras accionistas de la empresa que lo fabricó.

Sin embargo, su nombre desapareció de la historia mientras otros construían fortunas y leyendas alrededor del objeto que ella había bautizado. Más extraño aún: según la tradición conservada por sus descendientes, Helen terminó rechazando la ouija después de que una de sus respuestas provocara una ruptura dentro de su propia familia.

La mujer que ayudó a dar voz al tablero acabó advirtiendo que no debía creerse todo lo que decía.

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Helen Peters Nosworthy

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Entre la historia y la creencia

Nacimiento1851Baltimore
Muerte1940Denver
Documentos detrás de la leyenda

La ouija en los archivos del juego

The Strong National Museum of Play conserva anuncios y registros comerciales que permiten estudiar cómo se vendían los tableros parlantes. La investigación de archivo de Dorian Cole compara un anuncio de 1908 con catálogos de Parker Brothers de 1971 y 1972, mostrando la distancia entre la publicidad y la reputación sobrenatural del producto. Estos documentos sitúan la historia de Helen dentro del comercio y la cultura del juego. La imagen con IA muestra una exposición imaginaria, no el museo ni su colección real.

The Strong National Museum of PlayBrian Sutton-Smith Library and Archives of PlayAnuncios y catálogos · 1908, 1971–1972

Una vida escondida detrás de una palabra

Helen Augusta Peters nació en Baltimore, Maryland, el 19 de septiembre de 1851. Pertenecía a una familia acomodada con raíces sureñas. Aunque posteriormente sería descrita como médium, no dirigía un templo espiritista ni vivía profesionalmente de sesiones sobrenaturales.

La expresión utilizada por su cuñado Elijah Bond fue más concreta: Helen era una “médium fuerte”. En el lenguaje de finales del siglo XIX, eso significaba que dentro de las reuniones privadas se consideraba que tenía una sensibilidad especial para producir mensajes mediante mesas, escritura automática u otros mecanismos asociados con el espiritismo.

Durante décadas se supo muy poco sobre ella. No aparecía como inventora en la patente y los relatos comerciales de la ouija terminaron concentrándose en hombres como Charles Kennard, Elijah Bond y William Fuld. Su participación fue reconstruida mucho después mediante artículos periodísticos, cartas públicas de los fundadores, registros genealógicos y testimonios familiares localizados por el investigador Robert Murch (Talking Board Historical Society, 2018).

La dificultad para reconstruir su biografía es importante: algunas partes están documentadas en patentes y periódicos; otras proceden de recuerdos transmitidos dentro de la familia. Presentarlas todas como certezas convertiría una historia fascinante en otra leyenda más.

Recreación artística de Helen Peters en un salón del siglo XIX
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

Cuando hablar con los muertos se convirtió en entretenimiento

La ouija no apareció de la nada. Durante el siglo XIX, el espiritismo se extendió por Estados Unidos y Europa. Las guerras, las epidemias y la elevada mortalidad habían dejado millones de personas en duelo. Los médiums ofrecían la posibilidad de recibir mensajes de familiares muertos mediante golpes en las paredes, mesas giratorias, escritura automática y sesiones en habitaciones oscuras.

Los tableros parlantes surgieron dentro de ese ambiente, pero también respondían a un problema práctico: esperar que un espíritu transmitiera un mensaje mediante una larga secuencia de golpes podía ser agotador. Un tablero con letras y un indicador móvil permitía obtener supuestas respuestas con mayor rapidez.

En 1886, la prensa estadounidense ya informaba sobre tableros similares utilizados en Ohio. Por tanto, Charles Kennard y sus socios no inventaron la idea universal de comunicarse mediante un alfabeto. Lo que hicieron fue desarrollar, patentar, fabricar y promocionar una versión comercial concreta (Rodriguez McRobbie, 2024).

En 1890, Kennard reunió en Baltimore a varios inversionistas para crear la Kennard Novelty Company. Entre ellos estaban el abogado e inventor Elijah Jefferson Bond y el agrimensor Washington Bowie. Helen Peters, cuñada de Bond, también se convirtió en accionista temprana, algo poco habitual para una mujer estadounidense de su época.

El objeto estaba listo. Le faltaba una identidad.

Reunión imaginada alrededor de un tablero parlante
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

La noche en que el tablero se nombró a sí mismo

Según el relato atribuido a Charles Kennard y respaldado en parte por comunicaciones posteriores de Elijah Bond, el episodio ocurrió el 25 de abril de 1890 en una pensión del número 529 de North Charles Street, en Baltimore.

Kennard, Bond y Helen Peters se sentaron ante el tablero. Alguien preguntó qué nombre deseaba recibir el aparato. Bajo sus manos, el indicador recorrió las letras y formó la palabra OUIJA.

Cuando preguntaron qué significaba, el tablero supuestamente respondió: “Buena suerte”.

Esta historia suele repetirse como si existiera una transcripción notarial de la sesión, pero no es así. El relato apareció años después en testimonios y disputas periodísticas entre los hombres relacionados con la empresa. La presencia de Helen y su intervención cuentan con apoyo documental razonable; que una fuerza sobrenatural moviera el indicador no puede demostrarse históricamente.

Hay, además, un detalle que vuelve la escena todavía más intrigante.

Helen llevaba un relicario que mostraba el retrato de una mujer y una palabra que parecía ser “Ouija”. Una posible explicación es que la imagen representara a la novelista británica Maria Louise Ramé, conocida por el seudónimo Ouida, escritora admirada por muchas mujeres de la época. El nombre pudo ser leído o recordado incorrectamente mientras los participantes movían inconscientemente el indicador (Rodriguez McRobbie, 2024).

Por eso existen al menos tres explicaciones:

– El tablero proporcionó misteriosamente su propio nombre. – “Ouija” surgió de la información que Helen tenía presente al mirar su relicario. – Los participantes construyeron o embellecieron la historia para dar al producto un origen memorable.

La conocida explicación de que “Ouija” combina oui, “sí” en francés, y ja, “sí” en alemán, fue difundida después por William Fuld. No parece haber sido el origen original del nombre.

Relicario ilustrativo con retrato; no es el objeto original
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

El desafío de la Oficina de Patentes

Elijah Bond presentó la solicitud de patente el 28 de mayo de 1890. El documento describía el aparato como un “juguete o juego” y lo denominaba “Ouija o tablero egipcio de la suerte”. Estaba formado por un tablero con letras, números y las palabras “Sí” y “No”, acompañado por una pequeña mesa indicadora operada con la mano (Bond, 1891).

La patente demuestra que el nombre Ouija ya estaba establecido en 1890. También demuestra que el objeto se presentó legalmente como un juego, no como un instrumento religioso capaz de demostrar la existencia de los muertos.

La historia familiar sostiene que los examinadores de patentes exigieron una demostración antes de aprobar la solicitud. Bond habría viajado a Washington acompañado por Helen. Tras pasar por varios funcionarios, un alto empleado les habría propuesto una prueba: otorgaría la patente si el tablero conseguía deletrear su apellido, supuestamente desconocido para los visitantes.

Helen y Bond colocaron las manos sobre el indicador. El tablero formó correctamente el nombre. El funcionario, impresionado o asustado, habría cumplido su promesa.

La patente fue concedida a Elijah Bond el 10 de febrero de 1891 con el número 446,054. Ese hecho es comprobable. La prueba del apellido pertenece a testimonios posteriores y no aparece descrita en el texto de la patente. Por ello debe tratarse como un relato posterior relacionado con el proceso, no como una escena demostrada en cada detalle.

También existe una explicación menos sobrenatural: Bond era abogado de patentes y pudo conocer la identidad del funcionario, consciente o inconscientemente. El movimiento del indicador podía producirse sin que Helen sintiera que lo controlaba.

Discusión imaginada sobre un tablero y documentos
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

Las manos que mueven sin saberlo

La ciencia ofrece una explicación para el funcionamiento aparente de estos tableros: el efecto ideomotor.

Cuando una persona espera, imagina o anticipa un movimiento, sus músculos pueden ejecutar desplazamientos mínimos sin que perciba una decisión consciente. Si dos personas colocan las manos sobre el mismo indicador, cada una puede atribuir el movimiento a la otra o a una fuerza externa.

El fenómeno no implica necesariamente fraude. Los participantes pueden estar sinceramente convencidos de que no están empujando. La combinación de expectativa, sugestión y movimientos compartidos produce la poderosa sensación de que el objeto actúa por voluntad propia.

Investigaciones experimentales han mostrado que los movimientos ideomotores pueden reflejar asociaciones, expectativas e incluso conocimientos que la persona no logra expresar de forma consciente. Eso no demuestra comunicación con espíritus; demuestra que la mente puede influir sobre el cuerpo sin producir una sensación clara de autoría (Gauchou et al., 2012).

En la sesión de 1890, el relicario de Helen pudo haber proporcionado una pista visual. Sus manos y las de los demás pudieron transformar esa información en movimiento sin que ninguno sintiera que estaba eligiendo deliberadamente las letras.

El misterio no desaparece por completo. Simplemente cambia de lugar: deja de estar dentro del tablero y pasa a estar dentro de la mente humana.

Helen Peters con las manos sobre un tablero, recreación artística
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

Una mujer convertida en accionista

Helen no se limitó a participar en una sesión. Los registros reconstruidos por los historiadores de la ouija indican que fue una de las primeras accionistas de la Kennard Novelty Company.

Aquello resulta significativo. En 1890, las mujeres estadounidenses todavía no tenían derecho constitucional al voto y muchas encontraban obstáculos legales y sociales para controlar propiedades, inversiones o empresas. Helen intervino en el nacimiento comercial del producto, ayudó a ponerle nombre y participó en el episodio relacionado con su patente.

No obstante, su nombre no quedó impreso en el tablero.

La patente fue concedida a Bond y asignada a Kennard y William H. A. Maupin. Las disputas empresariales posteriores involucraron a Kennard, Bond, William Fuld y otros fabricantes. William Fuld terminaría asociado públicamente con la ouija, aunque no había creado el concepto ni participado en la sesión original que le dio nombre.

La mujer que proporcionó la palabra más valiosa del negocio quedó reducida a una nota familiar.

Sesión imaginada que forma la palabra OUIJA
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

El tablero acusó a alguien de la familia

Según la historia oral conservada por sus descendientes, Helen poseía junto a sus hermanos una colección de botones militares recogidos después de una batalla de la Guerra Civil ocurrida cerca de una propiedad familiar. Los botones pertenecían a uniformes de soldados y tenían para la familia un valor histórico y emocional.

Un día desaparecieron.

Los familiares consultaron la ouija para averiguar qué había sucedido. El tablero señaló a uno de ellos como responsable del robo. Parte de la familia creyó la acusación; otra parte la rechazó. Helen se situó entre quienes consideraban falsa la respuesta.

La discusión provocó una ruptura familiar. Helen habría declarado entonces que el tablero mentía y advirtió a sus parientes que no confiaran en él.

Las fuentes aquí citadas no aportan documentación contemporánea que permita comprobar todos los detalles del episodio. La historia procede de la memoria de la familia Nosworthy y debe presentarse como tal. Pero resulta coherente con una realidad psicológica: un mensaje producido sin una fuente identificable puede adquirir una autoridad peligrosa cuando confirma sospechas existentes.

El horror no necesitaba un demonio. Bastaba con que una familia creyera que el tablero conocía la verdad.

Desacuerdo familiar simbólico alrededor de Helen Peters
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

La salida de Baltimore

En 1891, Helen se casó con Ernest Nosworthy, actor shakespeariano y artista que posteriormente trabajó como vendedor viajero. Un dibujo realizado por Ernest alrededor de la época del nacimiento de la ouija es una de las pocas representaciones conocidas de Helen cuando era joven.

El matrimonio abandonó Baltimore y terminó estableciéndose en Denver, Colorado. La tradición familiar relacionó su partida con la disputa causada por los botones, aunque otros factores personales y laborales también pudieron influir.

Helen no participó en el crecimiento posterior de la marca. Mientras ella construía una vida lejos de Baltimore, William Fuld convirtió la ouija en un producto de enorme éxito. El tablero fue promocionado simultáneamente como juego familiar, instrumento misterioso y vía de acceso a lo desconocido.

Después de la Primera Guerra Mundial, el duelo masivo impulsó nuevamente el espiritismo. Miles de personas querían creer que podían comunicarse con los muertos. La ouija encajaba perfectamente en esa necesidad: era barata, reutilizable y permitía celebrar una sesión sin contratar a un médium.

La máquina comercial terminó ocupando el lugar de mujeres como Helen. Ya no era necesaria una “médium fuerte”. El comprador podía abrir una caja y producir el misterio en su propia casa.

De juego doméstico a puerta del horror

La ouija no fue considerada siempre un objeto demoníaco. Durante gran parte de su historia se vendió como entretenimiento doméstico. Los anuncios mostraban parejas, familias y grupos de amigos reunidos alrededor del tablero.

La familia Fuld fabricó el producto durante décadas. En 1966 vendió los derechos a Parker Brothers, empresa conocida por juegos como Monopoly. Las ventas aumentaron con rapidez y la ouija se convirtió en un fenómeno comercial masivo (Cole, 2024).

La transformación cultural definitiva llegó con la novela El exorcista, publicada por William Peter Blatty en 1971, y especialmente con su adaptación cinematográfica de 1973. En la historia, una niña inicia el contacto con la entidad que terminará poseyéndola mediante una ouija.

El tablero pasó así de ser una diversión ambigua a convertirse, para millones de personas, en una posible puerta hacia el mal. La película no documentaba una propiedad comprobada del objeto, pero su poder visual redefinió la manera en que la cultura popular lo interpretaba.

Helen Peters había muerto más de treinta años antes de que esa imagen se consolidara.

Una tumba sin nombre

Ernest Nosworthy murió en 1937. Helen falleció en Denver el 8 de noviembre de 1940, a los ochenta y nueve años. Fue enterrada en el cementerio Fairmount, pero su sepultura permaneció sin una identificación adecuada durante más de siete décadas.

Mientras la palabra que ayudó a crear aparecía en millones de tableros, películas y libros, su propia tumba no mostraba su nombre.

Su identidad comenzó a recuperarse gracias a la investigación de Robert Murch y la Talking Board Historical Society. En 2015 se colocó en Baltimore una placa cerca del lugar donde, según las investigaciones, se produjo la sesión de 1890. En 2018, con autorización de sus descendientes, se inauguró un monumento en su tumba de Denver que reconocía su participación en la historia de la ouija (Talking Board Historical Society, 2018).

La recuperación de Helen no demuestra que hablara con espíritus ni que el tablero se nombrara realmente a sí mismo. Demuestra algo más tangible: una mujer estuvo presente en un momento decisivo, aportó el nombre que convirtió un artefacto en una marca y fue eliminada durante décadas del relato comercial.

El verdadero fantasma de la ouija

Helen Peters Nosworthy vivió en el punto exacto donde se cruzaron el espiritismo, la psicología y el negocio.

Fue descrita como médium, pero su intervención más duradera no fue un mensaje del más allá. Fue una palabra. Esa palabra adquirió un poder que superó a todas las personas que participaron en su creación.

La ouija prometía respuestas sin revelar quién movía el indicador. Esa ausencia de responsabilidad era su mayor atractivo y también su mayor peligro. Cuando decía algo agradable, podía parecer un consuelo. Cuando acusaba a un miembro de una familia, podía destruir la confianza entre personas vivas.

Helen habría aprendido esa diferencia demasiado tarde.

El tablero no necesitó demostrar que los muertos podían hablar. Le bastó con conseguir que los vivos creyeran que las respuestas no procedían de ellos.

Y quizá el verdadero fantasma de la ouija no era el espíritu oculto detrás de las letras, sino la mujer cuya mano ayudó a nombrarla y cuyo nombre permaneció enterrado durante casi un siglo.

Retrato simbólico de Helen Peters junto a una vitrina
Recreación artística generada con IA; no es una fotografía histórica ni evidencia documental.

Referencias

  1. Bond, E. J. (1891). Toy or game (U.S. Patent No. 446,054). United States Patent Office. Ver fuente
  2. Cole, D. (2024, June 14). S-T-R-O-N-G: Investigating the history of the Ouija board at The Strong Museum. The Strong National Museum of Play. Ver fuente
  3. Gauchou, H. L., Rensink, R. A., & Fels, S. (2012). Expression of nonconscious knowledge via ideomotor actions. Consciousness and Cognition, 21(2), 976–982. Ver fuente
  4. Murch, R. (n.d.). Helen Peters Nosworthy’s gravestone. Ver fuente
  5. Rodriguez McRobbie, L. (2024, October 30). The Ouija board can’t connect us to paranormal forces—but it can tell us a lot about psychology, grief and uncertainty (E. Wexler, update; originally published October 27, 2013). Smithsonian Magazine. Ver fuente
  6. Talking Board Historical Society. (2018). Helen Peters Nosworthy gravestone dedication. Ver fuente
  7. Museum of Denver. (n.d.). Denver’s connection to the Ouija board. Ver fuente
Una carta para mentes curiosas

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