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Catalina la Grande: la emperatriz extranjera que conquistó Rusia y fue condenada por una mentira obscena
La soberana que convirtió una corona disputada en un imperio, pero no pudo controlar la mentira que sobrevivió a su muerte.

Llegó a Rusia como una princesa alemana casi desconocida, aprendió el
idioma de su nueva corte, adoptó su religión y terminó arrebatándole el
trono a su propio esposo. Gobernó durante treinta y cuatro años, amplió
las fronteras del imperio, reunió una de las mayores colecciones de arte
de Europa y mantuvo correspondencia con los principales pensadores de la
Ilustración.
Sin embargo, generaciones enteras conocieron a Catalina la Grande por
una historia falsa sobre un caballo.
La mentira no fue un detalle aislado. Formó parte de una tradición
que convertía la ambición política de una mujer en desorden sexual. La
misma emperatriz que discutía leyes con filósofos, dirigía guerras y
administraba territorios inmensos terminó reducida a una caricatura
obscena.
La corona de Catalina pesó incluso después de su muerte, cuando ya no
podía defender su nombre.
La emperatriz y la mentira que sobrevivió a su poder
El ascenso, las contradicciones y el legado de Catalina la Grande.
Una vida contada a través de lugares y momentos decisivos
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El Hermitage considera 1764 su año de fundación: Catalina II adquirió entonces una gran colección de pinturas al comerciante berlinés Johann Ernst Gotzkowsky.
- Colección
- Pintura europea occidental
- Institución
- State Hermitage Museum
Registro institucional sobre la fundación del Hermitage.
La princesa que debía transformarse en rusa

Sofía Augusta Federica de Anhalt-Zerbst nació el 2 de mayo de 1729 en
Stettin, entonces perteneciente a Prusia y actualmente la ciudad polaca
de Szczecin. Era hija del príncipe Christian August de Anhalt-Zerbst y
de Johanna Elisabeth de Holstein-Gottorp. Su familia poseía un título
respetable, pero pocos recursos y escasa influencia política (Dixon,
2009).
En 1744, la emperatriz Isabel de Rusia la eligió como posible esposa
de su sobrino y heredero, el futuro Pedro III. Sofía llegó a una corte
extranjera en la que su supervivencia dependía de algo más que un
matrimonio. Estudió ruso, conoció las costumbres de la nobleza y
abandonó el luteranismo para convertirse a la Iglesia ortodoxa. Al
bautizarse recibió el nombre de Ekaterina Alekséyevna: Catalina.
Se casó con Pedro en 1745. La unión fue infeliz y estuvo dominada por
la incompatibilidad, el distanciamiento y las intrigas cortesanas. Pedro
admiraba profundamente a Federico II de Prusia y no ocultaba su
desprecio por muchas costumbres rusas. Catalina, en cambio, comprendió
que debía presentarse como defensora del país que esperaba gobernar
(Alexander, 1989).
No nació rusa. Aprendió a parecer más rusa que el hombre destinado a
heredar el imperio.
Un matrimonio convertido en campo de batalla

Durante los largos años anteriores a la llegada de Pedro al trono,
Catalina vivió bajo vigilancia y con una posición incierta. La
emperatriz Isabel controló la educación de su hijo Pablo, nacido en
1754, y mantuvo al niño alejado de su madre durante gran parte de sus
primeros años.
La paternidad de Pablo ha sido discutida debido a las relaciones
extramatrimoniales de Catalina, pero no existe una prueba concluyente
que permita negar que Pedro fuera su padre. La propia Catalina
contribuyó a la incertidumbre mediante unas memorias redactadas con
intención política, en las que presentó a su esposo como incapaz de
mantener una vida matrimonial normal (Massie, 2011).
Ambos tuvieron amantes. Sin embargo, la posteridad juzgó de manera
muy diferente sus conductas. Las relaciones de Pedro fueron tratadas
como vicios de un monarca inepto; las de Catalina se convirtieron en la
explicación simplificada de toda su trayectoria política.
Para ella, las alianzas personales también eran instrumentos de
supervivencia. En una corte donde el acceso al poder dependía de
familias, regimientos y favores, la intimidad nunca permanecía
completamente separada de la política.
El golpe que la convirtió en emperatriz

Pedro III ascendió al trono en enero de 1762, después de la muerte de
Isabel. Su reinado duró apenas seis meses. Algunas de sus medidas fueron
reformistas, pero perdió rápidamente el respaldo de sectores
fundamentales de la nobleza, la Iglesia y el ejército. Su decisión de
retirar a Rusia de la Guerra de los Siete Años y establecer una alianza
con Prusia resultó especialmente impopular entre oficiales que habían
combatido durante años contra Federico II (Dixon, 2009).
Catalina temía ser repudiada, encarcelada o expulsada. Apoyada por
los hermanos Orlov, oficiales de los regimientos de la Guardia y otros
aliados de la corte, encabezó un golpe de Estado en el verano de 1762.
Se presentó ante las tropas, obtuvo su juramento de fidelidad y fue
proclamada soberana.
Pedro abdicó y quedó detenido en el palacio de Ropsha. Murió pocos
días después en circunstancias violentas y nunca completamente
esclarecidas. La versión oficial atribuyó la muerte a una enfermedad,
pero es probable que fuera asesinado por sus guardianes. No se conserva
una prueba concluyente de que Catalina ordenara directamente su muerte,
aunque se benefició de ella y protegió a los implicados (Alexander,
1989).
Su poder nació, por tanto, de una contradicción imposible de borrar:
Catalina salvó su posición mediante un golpe y comenzó su reinado bajo
la sombra del cadáver de su esposo.
Una autócrata que leía a los filósofos

Catalina quería ser reconocida como una soberana ilustrada. Leyó a
Montesquieu, Voltaire, Diderot y Beccaria, mantuvo correspondencia con
intelectuales europeos y presentó a Rusia como una potencia capaz de
participar en las grandes discusiones culturales del siglo XVIII.
En 1767 redactó la Instrucción o Nakaz para
orientar una comisión encargada de estudiar la reforma de las leyes. El
documento rechazaba la tortura, defendía que las penas debían prevenir
delitos y afirmaba que la igualdad ante la ley era deseable. Muchas de
sus ideas procedían de Montesquieu y Beccaria, adaptadas a la realidad
de una monarquía absoluta (Madariaga, 1981).
La Comisión Legislativa reunió representantes de distintos estamentos
y regiones del imperio, aunque excluyó a los siervos como grupo político
independiente. No produjo el nuevo código que Catalina esperaba y
terminó disolviéndose sin transformar la estructura jurídica rusa.
El episodio expone la tensión central de su reinado. Catalina
admiraba el lenguaje de la razón y las reformas, pero no estaba
dispuesta a debilitar el poder autocrático que garantizaba su
supervivencia.
Podía conversar con los filósofos sobre libertad mientras gobernaba a
millones de personas que carecían de ella.
Un hecho poco conocido: convirtió su propio cuerpo en una campaña contra la viruela

En el siglo XVIII, la viruela mataba, cegaba y desfiguraba a millones
de personas. La variolización —introducir deliberadamente material
procedente de un caso leve para provocar inmunidad— podía proteger
contra la enfermedad, pero también presentaba riesgos importantes. En
Rusia, la práctica despertaba miedo y desconfianza.
En 1768, Catalina invitó al médico inglés Thomas Dimsdale a San
Petersburgo y decidió someterse ella misma al procedimiento. La
operación se realizó inicialmente con discreción por temor a que
fracasara y provocara una crisis política. Catalina se recuperó y
posteriormente hizo inocular a su hijo Pablo (Dimsdale, 1769; Chorba,
2022).
Después convirtió el éxito en un acontecimiento público. Recompensó
generosamente a Dimsdale, difundió el resultado y utilizó su ejemplo
para reducir el temor de la aristocracia. La corte comenzó a imitarla y
se establecieron instituciones para extender la inoculación.
No fue una vacuna en el sentido moderno: la vacuna contra la viruela
de Edward Jenner aparecería décadas después. La variolización era más
peligrosa y podía transmitir la enfermedad. Pero, dentro de los
conocimientos de su época, la decisión de Catalina fue un acto calculado
de liderazgo sanitario.
La emperatriz arriesgó su cuerpo porque un decreto no habría bastado
para vencer el miedo.
El límite de su Ilustración: la servidumbre

La imagen de Catalina como reformadora no puede separarse del
empeoramiento de las condiciones de numerosos campesinos. La economía y
el poder político del imperio descansaban en la servidumbre. Los nobles
controlaban el trabajo y buena parte de la vida de millones de personas
ligadas a las propiedades rurales.
Catalina dependía de esa nobleza, cuyo respaldo había sido
indispensable durante el golpe de 1762. A lo largo de su reinado
distribuyó tierras y siervos entre favoritos y aliados, reforzó
privilegios aristocráticos y extendió relaciones serviles a territorios
donde antes estaban menos consolidadas (Wirtschafter, 2008).
En 1785 promulgó la Carta a la Nobleza, que confirmó derechos
corporativos y exenciones para la élite. No existió una carta
equivalente capaz de proteger a los campesinos sometidos a ella.
Catalina comprendía intelectualmente algunos de los problemas de la
servidumbre y llegó a considerar reformas limitadas, pero retrocedió
frente al riesgo político. Liberar a los siervos habría significado
enfrentarse al grupo social que sostenía su trono.
La corona pesaba, pero el peso terminaba descargándose sobre quienes
estaban debajo.
Pugachov y el regreso del esposo muerto

Entre 1773 y 1775, el imperio enfrentó una rebelión gigantesca
encabezada por Yemelián Pugachov, un cosaco que afirmó ser Pedro III,
milagrosamente sobreviviente. Campesinos, cosacos, trabajadores y
pueblos sometidos al dominio imperial se unieron a un movimiento que
prometía terminar con abusos y obligaciones (Madariaga, 1981).
La facilidad con la que Pugachov pudo presentarse como el esposo
muerto de Catalina revelaba la fragilidad de su legitimidad. Para muchos
habitantes alejados de la corte, el golpe de 1762 y la muerte de Pedro
seguían rodeados de sospechas.
Las fuerzas gubernamentales aplastaron la rebelión. Pugachov fue
capturado y ejecutado en Moscú en 1775. Después del levantamiento,
Catalina se volvió más cautelosa frente a los proyectos de reforma
social y reorganizó la administración provincial para fortalecer el
control del Estado.
La rebelión demostró que las ideas ilustradas de San Petersburgo
apenas alcanzaban a las aldeas donde se sostenía la riqueza del
imperio.
La expansión de una potencia continental

Catalina no heredó simplemente una gran potencia: la amplió. Durante
su reinado, Rusia combatió dos guerras importantes contra el Imperio
otomano, consiguió acceso estratégico al mar Negro y extendió su
influencia sobre regiones situadas al norte de ese mar.
En 1783 incorporó Crimea al Imperio ruso, después de un proceso de
presión política y militar sobre el Kanato de Crimea. La anexión
fortaleció la presencia rusa en el sur, pero también sometió a nuevas
poblaciones y alteró profundamente el equilibrio regional (Dixon,
2009).
Rusia participó además en las tres particiones de la Mancomunidad
Polaco-Lituana, realizadas en 1772, 1793 y 1795 junto con Prusia y
Austria. Después de la última, Polonia desapareció como Estado
independiente durante más de un siglo.
Estas conquistas cimentaron la reputación de Catalina como “la
Grande”, pero tuvieron un costo humano y político considerable. Su
proyecto ilustrado convivía con la expansión imperial, la ocupación y la
supresión de soberanías vecinas.
Para sus admiradores, había convertido a Rusia en una potencia
europea dominante. Para quienes quedaron bajo su control, la grandeza
tuvo otro significado.
El museo privado que terminó perteneciendo al mundo
Catalina utilizó el arte como placer personal, instrumento educativo
y declaración de poder. En 1764 adquirió una importante colección de
pinturas reunida por el comerciante berlinés Johann Ernst Gotzkowsky.
Aquella compra se considera el punto de partida de la colección del
Hermitage.
Durante las décadas siguientes adquirió conjuntos enteros
pertenecientes a coleccionistas europeos, entre ellos las colecciones de
Heinrich von Brühl, Pierre Crozat y Robert Walpole. Agentes y
diplomáticos compraban para ella obras de Rembrandt, Rubens, Van Dyck y
otros maestros (State Hermitage Museum, s. f.).
El nombre “Hermitage” aludía originalmente a los espacios privados
junto al Palacio de Invierno donde Catalina recibía a un círculo
selecto. No era todavía el museo público que existe hoy. Sin embargo,
sus adquisiciones formaron el núcleo de una de las instituciones
culturales más importantes del mundo.
También impulsó la educación femenina mediante el Instituto Smolny
para jóvenes nobles, fundado en 1764. Aunque estaba destinado
inicialmente a una minoría privilegiada, representó un intento temprano
de organizar la educación formal de las mujeres bajo responsabilidad
estatal (Madariaga, 1981).
Catalina comprendía que un imperio no se legitimaba únicamente
mediante ejércitos. También necesitaba libros, escuelas, pinturas y una
narración de sí mismo.
La revolución que transformó a la reformadora
La Revolución francesa de 1789 modificó profundamente su actitud.
Catalina había admirado a pensadores que criticaban el absolutismo, pero
contempló con alarma el derrocamiento de la monarquía francesa y la
ejecución de Luis XVI.
En sus últimos años endureció la censura y persiguió a autores rusos
cuyas obras consideraba peligrosas. Aleksandr Radíshchev fue arrestado
por su crítica de la servidumbre y la autocracia en Viaje de San
Petersburgo a Moscú. Nikolái Nóvikov, editor y masón, también fue
encarcelado (Dixon, 2009).
La soberana ilustrada descubrió que las ideas podían dejar de ser
conversaciones elegantes y convertirse en revoluciones.
Su reacción no fue solamente hipocresía. Expresaba el miedo de una
gobernante que había llegado al poder mediante un golpe y sabía que
ningún trono era invulnerable. Catalina había utilizado el lenguaje
reformista para fortalecer el Estado; cuando ese lenguaje amenazó al
Estado, eligió la corona.
La muerte verdadera y la mentira del caballo
El 16 de noviembre de 1796, Catalina sufrió un derrame cerebral y fue
encontrada inconsciente en sus habitaciones. Nunca recuperó la
conciencia y murió al día siguiente, 17 de noviembre, a los sesenta y
siete años. Su hijo Pablo la sucedió en el trono (Alexander, 1989).
No murió aplastada por un caballo durante una práctica sexual.
Tampoco falleció al romperse un asiento de baño. Ambas historias carecen
de fundamento histórico.
La leyenda del caballo apareció y se difundió como una forma extrema
de difamación sexual. Catalina había tenido varios amantes, algunos de
ellos considerablemente más jóvenes, pero las cortes europeas aceptaban
conductas similares en soberanos varones sin convertirlas en la
explicación central de sus reinados.
En una mujer que había depuesto a su esposo, dirigido ejércitos y
hablado como igual con los intelectuales más célebres de Europa, la
sexualidad se convirtió en un arma póstuma. La falsedad sobrevivió
porque resultaba más escandalosa y fácil de recordar que una comisión
legislativa, una campaña de inoculación o la compleja administración de
un imperio.
Una corona construida sobre contradicciones
Catalina la Grande no fue la heroína progresista que imaginaban
algunos de sus admiradores ni el monstruo sexual creado por sus
enemigos. Fue una autócrata excepcionalmente culta, ambiciosa y
pragmática.
Defendió la educación, patrocinó las artes y promovió ciertas
reformas legales, pero fortaleció a la nobleza y no liberó a los
siervos. Combatió el miedo a la viruela, pero reprimió las rebeliones
contra su gobierno. Admiró la libertad intelectual hasta que esa
libertad amenazó la estabilidad de su trono. Modernizó el imperio
mientras extendía sus fronteras sobre otros pueblos.
Su vida demuestra que la inteligencia no elimina la crueldad del
poder y que las ideas ilustradas pueden convivir con sistemas
profundamente injustos.
También demuestra cómo la historia castiga de manera diferente a las
mujeres que gobiernan. A Catalina se le pueden reprochar guerras,
anexiones, represión y servidumbre. No es necesario inventar un
caballo.
La verdadera carga de su corona no estuvo en sus amantes ni en las
mentiras sobre su muerte. Estuvo en la distancia entre el mundo racional
que describía en sus cartas y el imperio desigual que decidió
conservar.
Referencias bibliográficas
Alexander, J. T. (1989). Catherine the Great: Life and
legend. Oxford University Press.
Chorba, T. (2022). A head of state leading by example: Catherine the
Great and smallpox inoculation. Emerging Infectious Diseases,
28(10), 2145–2148.
Dimsdale, T. (1769). The present method of inoculating for the
small-pox. W. Owen.
Dixon, S. (2009). Catherine the Great. HarperCollins.
Madariaga, I. de. (1981). Russia in the age of Catherine the
Great. Yale University Press.
Massie, R. K. (2011). Catherine the Great: Portrait of a
woman. Random House.
State Hermitage Museum. (s. f.). History of the Hermitage.
State Hermitage Museum.
Wirtschafter, E. K. (2008). Russia’s age of serfdom,
1649–1861. Blackwell.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.

