En esta historiaAbrir índice
Pon a prueba tu memoria, suma puntos y sube en el ranking.
⚡ Jugar ahoraIbn Battuta: el viajero que salió hacia La Meca y tardó casi treinta años en regresar
Partió para cumplir una peregrinación y acabó recorriendo unos 117.000 kilómetros, entre cortes, naufragios y memorias dictadas.

Partió con la intención de cumplir una peregrinación y terminó recorriendo una distancia que probablemente superó los 117.000 kilómetros. Atravesó desiertos, navegó por mares donde las tormentas podían borrar una embarcación sin dejar rastro, trabajó para gobernantes impredecibles y visitó territorios que hoy forman parte de decenas de países.
Pero existe un detalle que cambia la manera de leer toda su historia: Ibn Battuta no escribió un diario continuo mientras viajaba. El relato que lo convirtió en uno de los grandes exploradores de la Edad Media fue dictado después de su regreso y organizado por otro hombre. Por eso, su obra es simultáneamente un documento histórico extraordinario, una reconstrucción de memoria y una narración literaria cuya precisión no puede aceptarse siempre sin reservas (Dunn, 2005; Waines, 2010).
Ibn Battuta en video
Descubre esta historia en nuestro canal de YouTube.
Una vida contada a través de lugares y momentos decisivos
Entra en el archivo
La Biblioteca del Congreso conserva una edición árabe digitalizada de 1904 de la Rihla, el relato dictado que convirtió casi tres décadas de viaje en memoria escrita.
- Colección
- World Digital Library
- Institución
- Library of Congress
Edición árabe digitalizada de la Rihla de Ibn Battuta, conservada en la Biblioteca del Congreso.
Un viaje que debía terminar en La Meca
Abu Abdallah Muhammad ibn Abdallah al-Lawati al-Tanji, conocido como Ibn Battuta, nació en Tánger, Marruecos, el 24 de febrero de 1304. Pertenecía a una familia de juristas islámicos y recibió formación en derecho malikí, la escuela jurídica predominante en el norte de África (Dunn, 2005).
En junio de 1325, cuando tenía 21 años, abandonó Tánger para realizar el hach, la peregrinación a La Meca que todo musulmán debe intentar cumplir si posee los medios necesarios. Salió sin sus padres y, según su propio relato, sin un compañero de viaje fijo. No buscaba descubrir territorios desconocidos. Su objetivo era religioso.
Avanzó por el norte de África, uniéndose a caravanas para reducir el riesgo de robos y obtener protección. Pasó por ciudades como Tremecén, Túnez y Trípoli antes de llegar a Egipto. En Alejandría conoció a hombres religiosos que, de acuerdo con la Rihla, alentaron su deseo de conocer lugares distantes (Ibn Battuta, 1958–1994).
Desde El Cairo intentó alcanzar el mar Rojo, pero una rebelión le cerró el camino. Tuvo que regresar y buscar otra ruta a través de Palestina y Siria. Visitó Jerusalén, Damasco y Medina antes de llegar finalmente a La Meca en 1326.
Había cumplido la misión que justificaba su partida. Podía regresar a Marruecos. En lugar de hacerlo, continuó viajando.

Las redes que hicieron posible el viaje
La magnitud de su recorrido puede producir la impresión de que Ibn Battuta avanzaba completamente solo por un mundo desconocido. La realidad fue distinta. Gran parte de sus desplazamientos ocurrió dentro del Dar al-Islam, una extensa red de sociedades musulmanas conectadas por la religión, el comercio, la lengua árabe y las rutas de peregrinación.
Su educación jurídica se convirtió en una especie de pasaporte profesional. En numerosos lugares fue recibido por sultanes, gobernadores, jueces, comerciantes y comunidades religiosas. Recibía alojamiento, dinero, ropa, caballos y cartas de presentación. En ocasiones conseguía empleo como juez o asesor (Dunn, 2005).
Este sistema no eliminaba los riesgos. Fue asaltado, enfermó en repetidas ocasiones, sufrió naufragios y perdió pertenencias. Pero no viajaba como un extranjero sin recursos. Formaba parte de una élite culta capaz de desplazarse entre cortes islámicas muy alejadas entre sí.
Después de su primera peregrinación recorrió regiones de Irak y Persia. Visitó Bagdad menos de un siglo después de que la invasión mongola de 1258 destruyera el poder del califato abasí. Regresó varias veces a La Meca y posteriormente viajó por Yemen y la costa oriental de África, donde describió ciudades comerciales como Mogadiscio y Kilwa (Ibn Battuta, 1958–1994; Waines, 2010).
Sus observaciones permiten reconstruir un mundo medieval mucho más conectado de lo que suele imaginarse. Por aquellos puertos circulaban oro, marfil, textiles, alimentos, ideas religiosas y personas esclavizadas.

Del mar Negro a Constantinopla
En una etapa posterior, Ibn Battuta recorrió Anatolia y cruzó hacia los territorios de la Horda de Oro, gobernados por descendientes de los conquistadores mongoles. Llegó hasta las estepas situadas al norte del mar Negro y describió la corte itinerante de Öz Beg Kan.
Según la Rihla, acompañó a una de las esposas del kan, una princesa bizantina, durante un viaje a Constantinopla. Allí contempló la capital del Imperio bizantino, visitó algunas de sus iglesias y observó una sociedad cristiana desde la perspectiva de un jurista musulmán (Ibn Battuta, 1958–1994).
El episodio resulta fascinante, aunque algunos detalles de su itinerario y cronología han despertado dudas. Este problema se repite en diferentes secciones de la obra: el núcleo del viaje puede ser verosímil mientras determinadas conversaciones, fechas o descripciones parecen haber sido reorganizadas posteriormente por razones narrativas (Dunn, 2005; Waines, 2010).

Ocho años bajo un sultán peligroso
Después de atravesar Asia Central y Afganistán, Ibn Battuta llegó a la India alrededor de 1333. Su reputación como jurista extranjero le permitió entrar al servicio de Muhammad bin Tughluq, sultán de Delhi.
El gobernante era conocido por su inteligencia, generosidad y extrema violencia. Podía recompensar a un visitante con grandes riquezas y ordenar su castigo poco después. Ibn Battuta recibió el cargo de juez, propiedades, regalos y dinero, pero también acumuló deudas y vivió con el temor constante de perder el favor real (Dunn, 2005).
Permaneció en la India durante aproximadamente ocho años. Su posición le permitió conocer la corte desde dentro, pero también lo convirtió en parte de un sistema político que utilizaba ejecuciones, confiscaciones y castigos para mantener el poder.
Finalmente, el sultán lo designó miembro de una embajada destinada a la corte Yuan de China. Parecía una oportunidad para escapar de Delhi con honor. Sin embargo, la misión se convirtió en una sucesión de desastres. La comitiva fue atacada antes de llegar a la costa y, posteriormente, uno de los barcos que transportaba los regalos diplomáticos naufragó cerca de Calicut. Otra embarcación partió sin él (Ibn Battuta, 1958–1994).
Ibn Battuta había perdido los presentes del sultán y no podía regresar a Delhi sin arriesgarse a sufrir un castigo. Decidió continuar viajando.

El juez de las Maldivas
Tras pasar por el sur de la India, llegó a las islas Maldivas. Pensaba permanecer poco tiempo, pero sus conocimientos jurídicos eran difíciles de encontrar en aquel sultanato recientemente islamizado. Fue nombrado juez principal y permaneció allí durante varios meses (Waines, 2010).
Intentó imponer interpretaciones estrictas del derecho islámico, especialmente sobre el vestido femenino y las prácticas sociales locales. Sus esfuerzos provocaron conflictos con la población y con los gobernantes. También contrajo varios matrimonios, estableciendo vínculos con familias influyentes.
Este periodo muestra un aspecto menos romántico del viajero. Ibn Battuta no era un observador neutral ni un defensor moderno de la diversidad cultural. Juzgaba otras sociedades según sus propias convicciones religiosas y podía reaccionar con desaprobación cuando sus costumbres no coincidían con ellas.
Su relato también menciona con naturalidad la compra, posesión y recepción de personas esclavizadas. Esa realidad era parte de las sociedades que recorrió y de los privilegios que hicieron posible su estilo de viaje (Ibn Battuta, 1958–1994; Waines, 2010).

¿Llegó realmente a China?
Después de visitar Sri Lanka, Bengala y Sumatra, Ibn Battuta afirmó haber llegado a la China gobernada por la dinastía Yuan. Describió puertos, ciudades, papel moneda, porcelana y la eficacia de la administración imperial.
La mayoría de los historiadores acepta que probablemente visitó al menos la costa meridional china. Sin embargo, sus desplazamientos dentro del país son la sección más discutida de la Rihla. Algunas descripciones son imprecisas, la cronología presenta dificultades y ciertos pasajes parecen depender de información proporcionada por otros viajeros (Dunn, 2005; Waines, 2010).
La discusión no demuestra necesariamente que inventara todo el episodio. Los autores medievales combinaban experiencias personales, historias escuchadas y fragmentos procedentes de obras anteriores. Ibn Juzayy, el editor de la Rihla, también incorporó materiales literarios de otros escritores, particularmente cuando necesitaba completar descripciones de determinadas ciudades (Ibn Battuta, 1958–1994).
Por eso, la pregunta no debe reducirse a decidir si Ibn Battuta decía siempre la verdad o mentía. Su libro pertenece a una tradición en la que viajar y narrar el viaje eran actividades distintas.

El regreso que no puso fin al camino
Ibn Battuta regresó a Marruecos alrededor de 1349. Su padre había muerto muchos años antes y su madre falleció poco antes de que él llegara. Después de recorrer una gran parte del mundo conocido, volvió sin encontrar a las dos personas de quienes se había despedido en 1325 (Dunn, 2005).
Aun así, no permaneció quieto. Viajó a al-Ándalus cuando los territorios musulmanes de la península ibérica se encontraban bajo presión militar cristiana. Posteriormente cruzó el Sahara y visitó el Imperio de Malí, una de las grandes potencias comerciales de África occidental.
En Malí observó la corte del mansa, las rutas del oro y las costumbres locales. Elogió algunos aspectos de la seguridad pública, pero criticó otros, especialmente aquellos relacionados con la libertad social de las mujeres. Una vez más, sus páginas revelan tanto las sociedades que visitó como los prejuicios del hombre que las contemplaba (Ibn Battuta, 1958–1994).
Regresó definitivamente a Marruecos en 1354, casi veintinueve años después de su primera partida.

El hecho poco conocido: su libro fue una obra dictada
El sultán meriní Abu Inan Faris ordenó que sus experiencias fueran conservadas. Ibn Battuta relató sus recuerdos al escritor granadino Muhammad ibn Juzayy, quien los organizó, adornó y convirtió en una obra titulada Un regalo para quienes contemplan las maravillas de las ciudades y las curiosidades de los viajes, conocida sencillamente como la Rihla o El viaje (Dunn, 2005).
El trabajo fue completado hacia 1355 o 1356. No era la transcripción de cuadernos conservados durante tres décadas, sino una reconstrucción realizada al final del recorrido. Ibn Juzayy aportó poesía, estilo literario y descripciones procedentes de otros textos.
Esto explica algunas repeticiones, itinerarios imposibles de ordenar y pasajes discutidos. También hace que la obra sea más interesante. La Rihla no solo cuenta dónde estuvo Ibn Battuta: muestra cómo un viajero medieval deseaba que su vida fuera recordada.
Poco se conoce con certeza sobre sus últimos años. Probablemente ejerció como juez en Marruecos y murió entre 1368 y 1377, aunque la fecha exacta sigue siendo incierta (Dunn, 2005; Waines, 2010).
Ibn Battuta no viajó para demostrar que la Tierra podía recorrerse ni para convertirse en explorador. Viajó porque cada llegada abría la posibilidad de otra partida. Fue demasiado lejos no solo por la distancia, sino porque nunca encontró en el regreso una razón suficiente para detenerse.
Referencias
Dunn, R. E. (2005). The adventures of Ibn Battuta: A Muslim traveler of the fourteenth century (Rev. ed.). University of California Press.
Ibn Battuta. (1958–1994). The travels of Ibn Battuta, A.D. 1325–1354 (H. A. R. Gibb & C. F. Beckingham, Trans.; Vols. 1–4). Hakluyt Society.
Waines, D. (2010). The odyssey of Ibn Battuta: Uncommon tales of a medieval adventurer. I.B. Tauris.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.

