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Juana la Beltraneja: la princesa a la que arrebataron un reino, pero que nunca dejó de firmar como reina
Una heredera convertida en argumento político siguió reclamando su nombre y su corona desde Portugal.

Antes de que pudiera comprender qué significaba una corona, ya habían decidido que su nacimiento era un fraude. Los enemigos de su padre la convirtieron en hija de un adulterio; los partidarios de su tía la presentaron como un obstáculo para la estabilidad de Castilla, y los aliados portugueses la utilizaron para justificar una guerra. Casi todos hablaron en su nombre. Muy pocos le permitieron hablar por sí misma.
Juana de Castilla tenía doce años cuando murió su padre, Enrique IV, y dos mujeres fueron proclamadas soberanas del mismo reino. En Segovia, Isabel se declaró reina de Castilla. Juana, reconocida como hija y heredera por Enrique, reclamó la corona con el apoyo de una parte de la nobleza y del rey Alfonso V de Portugal.
La historia terminó recordándola mediante el apodo de “la Beltraneja”, como si la supuesta identidad de su padre biológico hubiera sido demostrada. No lo fue. No existe ningún documento concluyente que permita establecer que Beltrán de la Cueva fuese su padre. El sobrenombre conserva, en realidad, la victoria de una campaña política: antes de derrotar a Juana en el campo de batalla, sus adversarios necesitaban convencer a Castilla de que nunca había tenido derecho a combatir.
Perdió la guerra, la corona, su matrimonio y la posibilidad de regresar libremente al reino donde había nacido. Sin embargo, vivió cincuenta años después del conflicto, protegida por la corte portuguesa y tratada como la Excelente Senhora. Aunque oficialmente tuvo que renunciar a sus derechos, continuó afirmando que era la legítima heredera de Castilla. En sus documentos dejó una firma que condensaba toda su resistencia: “Yo, la reina”.
Juana de Castilla: una corona disputada
Una vida contada a través de lugares y momentos decisivos
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Un estudio de la Universidad de La Laguna examina cuatro cartas autógrafas y las firmas conservadas de Juana de Castilla en veinticuatro documentos. La imagen de esta ficha es una recreación, no el documento original.
Recreación visual generada con IA; no es un documento histórico.
La hija que llegó después de siete años

Juana nació en Madrid el 28 de febrero de 1462. Era hija legal del rey Enrique IV de Castilla y de su segunda esposa, Juana de Portugal. El matrimonio llevaba aproximadamente siete años sin descendencia, por lo que el nacimiento fue recibido como un acontecimiento dinástico de enorme importancia.
Las Cortes reunidas en Madrid la reconocieron como princesa de Asturias y heredera del trono. Enrique IV la presentó públicamente como su hija, y durante sus primeros años su legitimidad fue aceptada oficialmente por las instituciones del reino (Azcona, 1998).
El problema no era solamente familiar. Castilla atravesaba una lucha entre la monarquía y diversas facciones nobiliarias que intentaban controlar al rey. Enrique había elevado a hombres de confianza como Beltrán de la Cueva, cuyo rápido ascenso provocó la hostilidad de nobles encabezados por Juan Pacheco, marqués de Villena.
Los adversarios del monarca comenzaron a afirmar que Enrique era impotente y que la reina había concebido a Juana con Beltrán. La acusación servía para atacar simultáneamente al rey, a su esposa, al favorito real y a la heredera. Si Juana podía ser declarada ilegítima, la sucesión quedaría abierta y la nobleza tendría nuevas posibilidades de imponer condiciones a la Corona.
Las crónicas posteriores, muchas de ellas redactadas o difundidas bajo el gobierno de Isabel, repitieron aquellos rumores hasta convertirlos en una aparente certeza histórica. Sin embargo, las fuentes conservadas no permiten demostrar la impotencia de Enrique ni la paternidad de Beltrán de la Cueva. Juana nació dentro de un matrimonio real y fue reconocida por el rey como hija legítima (Real Academia de la Historia, s. f.).
Una niña convertida en argumento político

En 1464, un grupo de nobles rebeldes exigió que Enrique apartara a Juana de la sucesión y reconociera como heredero a su medio hermano Alfonso. La disputa desembocó en 1465 en la llamada Farsa de Ávila, una ceremonia en la que los sublevados representaron simbólicamente la deposición del rey y proclamaron a Alfonso.
Juana tenía tres años.
Cuando Alfonso murió en 1468, los opositores de Enrique trasladaron su apoyo a Isabel, hermana del joven fallecido. En el acuerdo de los Toros de Guisando, Enrique reconoció a Isabel como heredera. Aquello no equivalía a una demostración de la ilegitimidad de Juana: fue una concesión política de un rey debilitado que intentaba recuperar el control del reino (Carrasco Manchado, 2006).
El acuerdo establecía que Isabel no podía casarse sin la aprobación de Enrique. Sin embargo, en 1469 contrajo matrimonio en secreto con Fernando de Aragón. El rey consideró que había incumplido lo pactado y, en la ceremonia de Val de Lozoya de 1470, volvió a reconocer públicamente a Juana como heredera.
Así, antes de cumplir nueve años, Juana había sido jurada princesa, apartada de la sucesión y restituida nuevamente. Su legitimidad cambiaba no por nuevas pruebas sobre su nacimiento, sino según las alianzas y necesidades de quienes disputaban el poder.
Dos reinas para una sola Castilla

Enrique IV murió el 11 de diciembre de 1474. Dos días después, Isabel se proclamó reina en Segovia sin esperar una resolución general del reino. Juana se encontraba bajo la custodia de nobles que defendían sus derechos, especialmente Diego López Pacheco, marqués de Villena.
La sucesión no enfrentó simplemente a una reina española contra una invasora extranjera, como presentaría después la propaganda isabelina. Castilla estaba dividida. Algunas ciudades y familias nobles apoyaban a Isabel; otras sostenían que Juana, como hija reconocida del monarca fallecido, era la heredera legítima.
Con solo trece años, Juana firmó documentos en los que defendía su nacimiento y pidió que se investigaran las acusaciones formuladas contra ella. También fue comprometida con su tío materno, Alfonso V de Portugal, quien entró en Castilla en mayo de 1475 para sostener su causa.
El matrimonio entre Juana y Alfonso se celebró en Plasencia. Debido a su parentesco necesitaban una dispensa pontificia cuya situación nunca quedó plenamente consolidada. Juana y Alfonso fueron proclamados reyes de Castilla y Portugal, y comenzó formalmente la guerra de Sucesión castellana.
La enorme diferencia de edad —Alfonso tenía más de cuarenta años y Juana apenas trece— recuerda que aquel matrimonio no surgió de una decisión sentimental. Era una alianza dinástica destinada a proporcionar tropas, legitimidad y continuidad a su reclamación.
Una guerra decidida tanto por la propaganda como por las armas

El enfrentamiento más conocido ocurrió el 1 de marzo de 1476 cerca de Toro. La batalla tuvo un resultado militar complejo: una parte del ejército portugués se retiró, mientras otra, dirigida por el príncipe Juan de Portugal, mantuvo su posición. Ambos bandos pudieron presentarse como vencedores.
Pero Isabel y Fernando obtuvieron la victoria política. Difundieron rápidamente la noticia de un triunfo completo y consiguieron atraer a nobles y ciudades que todavía dudaban. Alfonso V no logró convertir su presencia militar en un apoyo castellano suficiente.
La guerra continuó durante tres años. Portugal conservó ventajas navales y defendió sus intereses atlánticos, mientras Isabel y Fernando consolidaban el dominio territorial de Castilla. Juana fue trasladada a Portugal en 1476. Desde allí su nombre continuó siendo utilizado en negociaciones con Francia y otros posibles aliados, pero sus oportunidades de ocupar el trono disminuyeron (Humble Ferreira, 2021).
Su derrota no demuestra que su reclamación careciera de fundamento. Demuestra que Isabel y Fernando reunieron más recursos, establecieron alianzas más eficaces y construyeron una narración política capaz de transformar un conflicto dinástico incierto en la restauración aparentemente inevitable de la monarquía legítima.
La paz que decidió su vida sin preguntarle

La guerra terminó mediante el Tratado de Alcáçovas, firmado el 4 de septiembre de 1479. Portugal reconoció a Isabel y Fernando como soberanos de Castilla, mientras estos aceptaron la supremacía portuguesa sobre gran parte de la navegación y expansión atlántica, con excepción de las islas Canarias.
El destino de Juana quedó regulado en los acuerdos conocidos como las Tercerías de Moura. Debía abandonar sus títulos castellanos y elegir entre dos posibilidades. Podía casarse en el futuro con el príncipe Juan, hijo de Isabel y Fernando, si este aceptaba cuando alcanzara la edad correspondiente, o ingresar en un convento portugués.
La oferta matrimonial era profundamente desigual. Juana, que tenía diecisiete años, debía esperar durante años la decisión de un niño nacido en 1478, hijo precisamente de la mujer que había ocupado el trono que ella reclamaba. Si el príncipe rechazaba el matrimonio, su futuro volvería a quedar sin resolver.
Juana eligió la vida religiosa. Pasó primero por el convento de Santa Clara de Santarém y profesó en el convento de Santa Clara de Coimbra el 15 de noviembre de 1480. Representantes de los Reyes Católicos estuvieron presentes para comprobar que pronunciaba los votos (Azcona, 1998).
La ceremonia solucionaba diplomáticamente el problema: una religiosa no podía contraer un nuevo matrimonio dinástico ni engendrar un heredero capaz de reabrir la guerra castellana.
El hecho poco conocido: el convento no consiguió borrar a la reina

La imagen tradicional presenta a Juana desapareciendo detrás de los muros de un convento después de 1480. La realidad fue más compleja. Aunque profesó como clarisa y quedó vinculada nominalmente a Santa Clara de Coimbra, no permaneció durante cincuenta años en una clausura absoluta.
Los reyes portugueses le concedieron una casa propia, servidores, rentas y espacios de residencia. En distintos periodos vivió fuera del monasterio y participó en la vida cortesana. Recibió el tratamiento de Excelente Senhora, reservado para una mujer de rango excepcional (Humble Ferreira, 2021).
Su condición religiosa tampoco eliminó su valor político. Mientras permaneciera viva y sin un matrimonio reconocido, podía convertirse nuevamente en el centro de una alianza contra Castilla. Su posible boda fue considerada en diferentes momentos dentro de la diplomacia europea, y los Reyes Católicos vigilaron cuidadosamente cualquier proyecto que pudiera devolverla al escenario sucesorio.
Lo más revelador es que Juana no aceptó interiormente la identidad que los vencedores intentaron imponerle. Mantuvo hasta 1522 su afirmación de que era la legítima heredera castellana. En la documentación continuó utilizando fórmulas reales, incluida la firma “Yo, la reina”.
No vivió como soberana de Castilla, pero tampoco permitió que el tratado decidiera completamente quién era. La mujer presentada como una sombra de Isabel conservó durante décadas su propia corte, su memoria dinástica y una dignidad que Portugal reconoció incluso cuando ya no estaba dispuesto a combatir por su corona.
Una amenaza matrimonial durante décadas

La existencia de Juana continuó causando inquietud después de la guerra. Su juventud significaba que todavía podía casarse y tener descendencia. Un esposo con poder militar podría utilizar sus derechos para reabrir el conflicto, especialmente si la sucesión de Isabel y Fernando atravesaba alguna crisis.
Por eso, los proyectos matrimoniales relacionados con Juana fueron mucho más que rumores sentimentales. Constituyeron instrumentos diplomáticos. Francia y Portugal podían mencionar su nombre para presionar a Castilla, mientras los Reyes Católicos buscaban garantizar que permaneciera apartada de cualquier alianza dinástica (Humble Ferreira, 2021).
Incluso después de haber profesado, su posición no quedó completamente anulada. La rigidez de su clausura variaba según las relaciones entre Portugal y Castilla. Cuando la tensión aumentaba, su figura recuperaba importancia; cuando las coronas buscaban la paz, su margen de actuación se reducía.
Juana era, al mismo tiempo, una mujer vigilada y una reserva de legitimidad. Su tragedia consistió en que su existencia tenía un valor político enorme precisamente mientras sus posibilidades personales permanecían limitadas.
¿Era realmente hija de Beltrán de la Cueva?

La respuesta históricamente responsable es sencilla: no lo sabemos.
No se conserva una prueba que demuestre la relación sexual entre la reina Juana de Portugal y Beltrán de la Cueva. Tampoco existe evidencia genética que permita resolver la cuestión. Las acusaciones surgieron dentro de una rebelión nobiliaria interesada en debilitar a Enrique IV y fueron amplificadas por quienes necesitaban justificar la sucesión de Isabel.
Las críticas dirigidas contra la madre de Juana también recurrieron a tópicos misóginos. Su ropa, su comportamiento cortesano y su supuesta vida sexual fueron utilizados para representarla como una mujer inmoral. Investigaciones recientes han demostrado que algunas historias repetidas durante siglos —como la afirmación de que inventó determinadas prendas para ocultar embarazos adúlteros— procedían de propaganda política y no de hechos comprobados (Johnston, 2020).
Eso no permite afirmar con certeza que Enrique fuese el padre biológico. Significa que la ilegitimidad de Juana no puede tratarse como una verdad demostrada. Desde el punto de vista jurídico de su nacimiento, era hija del matrimonio real, fue reconocida por Enrique y jurada heredera por las Cortes.
Llamarla únicamente “la Beltraneja” reproduce, sin explicación, el insulto político de sus enemigos. Su nombre era Juana de Castilla.
La reina que sobrevivió a casi todos
Isabel murió en 1504. Fernando de Aragón murió en 1516. Muchos de los nobles que habían decidido el destino de Juana desaparecieron mucho antes que ella. La princesa derrotada sobrevivió a casi todos los protagonistas de la guerra que le arrebató la corona.
Pasó sus últimos años en Lisboa, respetada por la monarquía portuguesa. Murió el 12 de abril de 1530, a los sesenta y ocho años. El terremoto de Lisboa de 1755 y la destrucción posterior hicieron que se perdiera la localización segura de sus restos.
No fundó una dinastía ni gobernó un territorio. Su derrota ayudó indirectamente a construir la monarquía de Isabel y Fernando, que transformaría la historia de la península y del Atlántico. Por eso, la memoria oficial tuvo pocos motivos para escuchar su versión.
Juana no fue simplemente la rival desafortunada de Isabel la Católica. Fue una niña cuya identidad fue convertida en arma, una adolescente utilizada para legitimar una invasión y una mujer obligada a escoger entre un matrimonio condicionado y un convento.
Pero también fue alguien que conservó su nombre cuando sus adversarios intentaron sustituirlo por un apodo. Perdió el reino, aunque nunca concedió a los vencedores la última palabra sobre quién había sido.
Hasta el final de su larga vida, mientras otros la llamaban bastarda, monja o princesa derrotada, ella siguió firmando de la única manera que consideraba verdadera:
“Yo, la reina”.
Referencias
- Ávila Seoane, N. (2022). La desenvuelta escritura de Juana la Beltraneja. Cuadernos del CEMYR, 30. https://doi.org/10.25145/j.cemyr.2022.30.02
- Azcona, T. de. (1998). Juana de Castilla, mal llamada la Beltraneja, 1462–1530. Fundación Universitaria Española.
- Carrasco Manchado, A. I. (2006). Isabel I de Castilla y la sombra de la ilegitimidad: Propaganda y representación en el conflicto sucesorio (1474–1482). Sílex.
- Humble Ferreira, S. (2021). Juana La Beltraneja, dynastic fears, and threats of marriage (1475–1506). Renaissance and Reformation, 43(4), 79–100. https://doi.org/10.33137/rr.v43i4.36383
- Johnston, M. D. (2020). Sex, lies, and verdugados: Juana of Portugal and the invention of hoopskirts. En M. L. Wright, R. Netherton y G. R. Owen-Crocker (Eds.), Medieval Clothing and Textiles (Vol. 16, pp. 101–122). Boydell & Brewer. https://doi.org/10.1017/9781787446915.006
- Real Academia de la Historia. (s. f.). Juana de Castilla. Historia Hispánica. https://historia-hispanica.rah.es/biografias/10555-juana-de-castilla
- Sitges, J. B. (1912). Enrique IV y la Excelente Señora, llamada vulgarmente doña Juana la Beltraneja, 1425–1530. Sucesores de Rivadeneyra.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
