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Reina Victoria: la joven que escapó de una jaula para convertirse en símbolo de un imperio
De la infancia vigilada en Kensington a la corona: una vida marcada por la voluntad, el duelo y las contradicciones del imperio.

Antes de convertirse en la mujer que daría nombre a toda una época, la reina Victoria fue una niña vigilada casi a cada minuto. Dormía en la habitación de su madre, no podía bajar una escalera sin que alguien la acompañara y apenas tenía permiso para relacionarse con otros niños. Quienes controlaban su infancia esperaban convertirla en una soberana dócil. Se equivocaron.
Alejandrina Victoria nació en el palacio de Kensington, Londres, el 24 de mayo de 1819. Era hija del príncipe Eduardo, duque de Kent e hijo del rey Jorge III, y de la princesa Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld. Su padre murió cuando ella todavía no había cumplido un año, dejándola bajo la autoridad de su madre y de John Conroy, el ambicioso administrador de la casa.
Conroy diseñó un sistema de crianza extremadamente restrictivo conocido posteriormente como el “sistema Kensington”. Su propósito era mantener a la princesa dependiente de su madre y, en último término, del propio Conroy. Victoria creció aislada, sometida a horarios rígidos y rodeada de adultos que observaban cada uno de sus movimientos (Williams, 2010).
Pero la niña aprendió a resistir en silencio.
La imagen de una infancia exclusivamente sombría también requiere matices. Los conservadores de Historic Royal Palaces documentan salidas al teatro, al ballet y a la costa, además del afecto de su institutriz y de su madre. La vigilancia restrictiva fue real, pero no eliminó todas las experiencias felices de aquellos años (Historic Royal Palaces, s. f.).
Reina Victoria: el poder y sus contradicciones
Una vida entre la corona, el amor y el imperio
Los cuadernos de hindustani de Victoria
Los Royal Archives conservan nueve volúmenes de ejercicios y vocabulario de 1892–1900. Su catálogo documenta las lecciones de urdu que Victoria recibió de Mohammed Abdul Karim y la escritura de fragmentos de su diario en ese idioma. El enlace conduce a la ficha archivística de los documentos conservados; la imagen mostrada es una recreación, no una reproducción del manuscrito.
Recreación visual generada con IA; no es un documento histórico.
La madrugada en que cambió su vida

A medida que fueron muriendo los hermanos mayores de su padre sin dejar descendencia legítima superviviente, Victoria se acercó inesperadamente al trono. Cuando comprendió su posición en la línea sucesoria, prometió comportarse dignamente. Sin embargo, aquella aparente obediencia no significaba que estuviera dispuesta a continuar bajo el dominio de Conroy.
El rey Guillermo IV murió durante la madrugada del 20 de junio de 1837. Victoria tenía dieciocho años. Cuando los enviados reales llegaron a Kensington para comunicarle que era reina, pidió recibirlos sola. Aquel gesto sencillo representó una ruptura decisiva con la tutela que había marcado su infancia.
Una de sus primeras decisiones personales fue instalarse en una habitación separada de la de su madre. También apartó a Conroy de su círculo inmediato. La joven que nunca había podido caminar sola por una escalera reclamaba por fin el control de su propia vida (Hibbert, 2001).
Su coronación se celebró en la abadía de Westminster el 28 de junio de 1838. Tenía poca experiencia política, pero poseía una voluntad considerable. El primer ministro lord Melbourne se convirtió en su mentor y en una figura casi paternal. Bajo su orientación comenzó a comprender las posibilidades y los límites de una monarquía constitucional.
La soberana ya no gobernaba como los monarcas absolutos del pasado. No podía decidir unilateralmente las leyes ni ignorar al Parlamento, pero todavía tenía derecho a ser consultada, aconsejar y advertir a sus ministros. Su poder formal era limitado; su capacidad de influencia podía ser considerable (Weintraub, 1987). La evolución de ese modelo contribuyó a definir la monarquía constitucional moderna.
Una reina que cometió errores

Victoria no dominó inmediatamente el oficio de reinar. En 1839 protagonizó la llamada “crisis de las damas de cámara”. Cuando Melbourne dimitió y el conservador Robert Peel intentó formar gobierno, pidió que algunas de las damas de la reina, esposas o familiares de dirigentes liberales, fueran sustituidas. Victoria se negó.
Peel consideró que no podría gobernar sin la confianza de la Corona y renunció al encargo. Melbourne regresó al poder. Aunque la reina interpretó el episodio como una defensa de sus amigas, su conducta reveló una identificación partidista incompatible con la neutralidad que comenzaba a exigirse a la Corona (Hibbert, 2001).
Fue una lección temprana: Victoria podía tener opiniones políticas intensas, pero debía aprender a ejercer influencia sin parecer que pertenecía a un partido.
La reina que tuvo que pedir matrimonio

En 1840 Victoria se casó con su primo, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo y Gotha. Como era la soberana, las convenciones impedían que Alberto le propusiera matrimonio formalmente. Fue ella quien tuvo que pedírselo.
El detalle parece romántico, pero también revela la posición poco común que ocupaba. Dentro de una sociedad que esperaba que la esposa obedeciera al marido, Victoria era simultáneamente esposa, madre y jefa de Estado.
Al principio se resistió a permitir que Alberto participara activamente en los asuntos públicos. Con el tiempo, sin embargo, él se convirtió en su colaborador más cercano. Revisaba documentos, organizaba su correspondencia y contribuía a preparar sus relaciones con los ministros. Su formación en política, economía, ciencias y artes lo convirtió en una figura influyente dentro de la monarquía (Royal Collection Trust, s. f.).
La relación no fue tan serena como sugerían los retratos familiares. Victoria tenía un temperamento intenso y podía reaccionar con furia; Alberto era metódico, reservado y crítico. Sus discusiones fueron frecuentes, especialmente durante los embarazos de la reina. Aun así, construyeron una alianza personal y política extraordinariamente sólida.
Tuvieron nueve hijos. A través de sus matrimonios, la familia quedó vinculada con numerosas casas reales europeas, lo que llevó a que Victoria fuese llamada “la abuela de Europa”. Aquella red dinástica no impediría que algunos de sus descendientes terminaran enfrentados durante la Primera Guerra Mundial.
El parto que cambió una costumbre

Uno de los hechos menos recordados de su vida ocurrió en 1853, durante el nacimiento de su octavo hijo, el príncipe Leopoldo. Victoria utilizó cloroformo para aliviar los dolores del parto bajo la supervisión del médico John Snow.
El empleo de anestesia obstétrica era entonces polémico. Algunos médicos temían sus riesgos, mientras ciertos religiosos sostenían que el dolor del parto formaba parte del destino natural de la mujer. Victoria quedó satisfecha y volvió a utilizar cloroformo cuando nació su hija Beatriz en 1857.
Su experiencia no inventó la anestesia ni resolvió el debate científico, pero ayudó a normalizar públicamente su utilización. Lo que una reina aceptaba podía dejar de parecer impropio para otras mujeres de la sociedad británica (Longford, 1964).
También transmitió a algunos de sus descendientes la hemofilia, una enfermedad hereditaria que afectaría a varias familias reales europeas. Su hijo Leopoldo la padeció, mientras dos de sus hijas fueron portadoras. La enfermedad llegaría, mediante sus descendientes, hasta las casas reales de España y Rusia.
La muerte que detuvo a la reina

Alberto murió el 14 de diciembre de 1861, con un diagnóstico contemporáneo de fiebre tifoidea. Tenía cuarenta y dos años.
Victoria quedó devastada. Se vistió de negro y mantuvo el luto durante el resto de su vida. Ordenó que las habitaciones de Alberto permanecieran preparadas como si todavía estuviera vivo: cada mañana se llevaba agua caliente para su afeitado y se colocaba ropa limpia.
Durante años redujo drásticamente sus apariciones públicas. La prolongada ausencia provocó críticas y favoreció temporalmente el sentimiento republicano. Muchos británicos se preguntaban por qué debían mantener una monarquía cuya representante casi nunca se dejaba ver.
Sin embargo, Victoria no abandonó completamente el trabajo. Continuó leyendo documentos, escribiendo a ministros y manifestando sus opiniones, aunque lo hacía lejos de las ceremonias públicas. Gradualmente regresó a la vida oficial, impulsada también por dirigentes como Benjamin Disraeli, con quien mantuvo una relación política especialmente cordial (Longford, 1964).
La mujer detrás de la viuda vestida de negro

La imagen popular de Victoria como una anciana severa oculta una personalidad mucho más contradictoria. Disfrutaba del baile, de la ópera, del dibujo y de la vida familiar. Escribió millones de palabras en diarios y cartas. Podía mostrarse posesiva con sus hijos, impaciente con los ministros y profundamente afectuosa con quienes conquistaban su confianza.
Después de la muerte de Alberto estableció una estrecha relación con John Brown, un sirviente escocés de Balmoral. Su cercanía provocó rumores, burlas y hostilidad dentro de la corte. No existen pruebas concluyentes de que se casaran secretamente ni de que mantuvieran una relación sexual, pero Brown ocupó indudablemente un lugar emocional importante en su vida (Historic Royal Palaces, s. f.).
Años después, Victoria volvió a desafiar las jerarquías de la corte al acercarse a Abdul Karim, un joven musulmán llegado desde la India en 1887. Karim se convirtió en su munshi, o maestro, y le enseñó hindustani. La reina practicó el idioma en cuadernos y lo protegió frente al racismo y el resentimiento de parte de su familia y del personal palaciego (Basu, 2010).
Después de la muerte de Victoria, su hijo Eduardo VII ordenó quemar gran parte de la correspondencia de Karim con la reina y lo envió de regreso a la India. No obstante, sobrevivieron los cuadernos de hindustani y otros documentos que permitieron reconstruir aquella relación.
La reina y el imperio

Victoria reinó durante el periodo de mayor expansión del Imperio británico. En 1876 recibió el título de emperatriz de la India, impulsado por Disraeli. Al final de su vida, la Corona se había convertido en uno de los símbolos centrales de un imperio que controlaba territorios y pueblos en numerosos continentes.
Pero sería inexacto afirmar que Victoria diseñaba personalmente todas las políticas imperiales. Gran Bretaña era una monarquía constitucional: el Parlamento y el Gobierno dirigían la administración, las guerras y las decisiones coloniales. Ella ejercía influencia, expresaba preferencias y encarnaba públicamente el sistema, pero no gobernaba sola.
Esa limitación constitucional tampoco la vuelve ajena a la historia imperial. Victoria aceptó y celebró la expansión del imperio, recibió informes de campañas militares y permitió que su imagen legitimara un orden basado en profundas desigualdades. Su reinado coincidió con conquistas, rebeliones reprimidas, explotación económica y hambrunas cuyas consecuencias todavía forman parte de la memoria de Irlanda, India, África y otras regiones.
La época victoriana produjo enormes avances industriales, científicos y tecnológicos, pero también pobreza urbana, explotación laboral y violencia colonial. La reina no puede ser convertida ni en autora exclusiva de todo aquello ni en una figura decorativa completamente inocente.
No fue una precursora del feminismo

Incluir a Victoria entre las “mujeres que no pidieron permiso” requiere una aclaración importante. Ella defendió con firmeza su propia autoridad, pero no apoyó la emancipación política de las mujeres. Consideraba que el movimiento sufragista alteraba el orden social y expresaba ideas muy conservadoras sobre el papel femenino (Homans, 1998).
Su vida contenía una contradicción evidente: era la mujer más poderosa del país mientras defendía un modelo social en el que la mayoría de las mujeres debía permanecer subordinada dentro del hogar.
Victoria no fue feminista en el sentido moderno. Tampoco conquistó el trono mediante una rebelión: lo heredó. Lo extraordinario fue la manera en que protegió su posición frente a quienes habían intentado controlarla desde niña y cómo convirtió una institución debilitada en una poderosa maquinaria de representación pública.
La mujer que se convirtió en una época
Victoria celebró su Jubileo de Oro en 1887 y el de Diamante en 1897. Las ceremonias mostraron hasta qué punto su persona se había fusionado con la imagen del país y del imperio. Cuando murió en Osborne House, en la isla de Wight, el 22 de enero de 1901, tenía ochenta y un años y había reinado durante más de sesenta y tres.
El mundo de 1901 era radicalmente diferente del que había encontrado al subir al trono en 1837. El ferrocarril, el telégrafo, la fotografía y la industria habían transformado la vida cotidiana. El Imperio británico dominaba más de una quinta parte de la superficie terrestre, aunque aquel dominio tenía un costo humano cuyas consecuencias continúan siendo examinadas.
Victoria comenzó como una muchacha aislada a quien otros pretendían utilizar. Terminó convertida en el rostro de una era. No liberó a las mujeres de su tiempo ni desafió todas las injusticias de su sociedad. En ocasiones incluso las reforzó. Pero se negó a ser la marioneta que habían preparado.
Su historia no es la de una heroína perfecta. Es la de una mujer que escapó del control privado para ejercer una inmensa autoridad pública y que, al hacerlo, quedó unida para siempre tanto a los logros como a las sombras del mundo victoriano.
Referencias
- Basu, S. (2010). Victoria & Abdul: The true story of the Queen’s closest confidant. The History Press. Consultar fuente
- Hibbert, C. (2001). Queen Victoria: A personal history. Da Capo Press. Consultar fuente
- Homans, M. (1998). Royal representations: Queen Victoria and British culture, 1837–1876. University of Chicago Press. Consultar fuente
- Longford, E. (1964). Victoria R. I. Weidenfeld & Nicolson. Consultar fuente
- Historic Royal Palaces. (s. f.). Queen Victoria. Consultar fuente
- Royal Collection Trust. (s. f.). Prince Albert: His life and legacy. Consultar fuente
- Royal Archives. (s. f.). Queen Victoria’s ‘Hindustani Diaries’ (VIC/MAIN/QVJ/HIND; 1892–1900). Consultar fuente
- Royal College of Anaesthetists. (s. f.). The history of anaesthesia. Consultar fuente
- The Royal Household. (s. f.). Victoria (r. 1837–1901). Consultar fuente
- UK Parliament. (1839, 13 May). Ministerial explanations. Hansard. Consultar fuente
- Edworthy, C., & Roberts, K. (2019, 24 May). Queen Victoria’s 200th birthday. Oxford University Press. Consultar fuente
- Weintraub, S. (1987). Victoria: An intimate biography. Dutton. Consultar fuente
- Williams, K. (2010). Becoming Queen Victoria: The tragic death of Princess Charlotte and the unexpected rise of Britain’s greatest monarch. Ballantine Books. Consultar fuente
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
