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Rasputín: el hombre al que Rusia convirtió en demonio antes de convertirlo en leyenda
Un peregrino siberiano, una familia imperial aterrorizada y un asesinato convertido en leyenda. El poder de Rasputín se entiende mejor al separar las pruebas de los rumores.

Fue asesinado por aristócratas que aseguraron actuar para salvar la monarquía. Tres meses después, la monarquía se derrumbó.
La ironía resume la historia de Grigori Yefímovich Rasputín. Durante años fue acusado de gobernar Rusia desde las sombras, seducir a la emperatriz, manipular al zar y corromper la corte. Después de su muerte, sus asesinos afirmaron que había sobrevivido al veneno, a varios disparos y a una paliza antes de morir ahogado bajo el hielo.
Gran parte de aquella historia era falsa.
Rasputín sí obtuvo una cercanía extraordinaria con la última familia imperial rusa. También bebía, mantenía relaciones con numerosas mujeres y utilizó su proximidad al trono para intervenir en nombramientos y disputas personales. Pero nunca fue el gobernante secreto de Rusia ni el monstruo sobrenatural descrito por sus enemigos.
Su verdadero poder fue más inquietante: consiguió que una familia aterrorizada creyera que la vida de su único heredero dependía de él.
Rasputín: el hombre detrás de la leyenda
Una vida contada entre la fe, la corte y el mito
Una carta contra la guerra
La colección Romanov de la Biblioteca Beinecke de Yale incluye una carta de Rasputín al emperador que le advierte contra la entrada en la Primera Guerra Mundial. Es un rastro documental de su oposición a la guerra, distinto de las profecías atribuidas después a su nombre. La imagen es una recreación, no la carta original.
Recreación visual generada con IA; no es un documento histórico.
El campesino que nunca fue monje

Grigori Rasputín nació en Pokróvskoye, una pequeña aldea de Siberia occidental, el 21 de enero de 1869 según el calendario gregoriano. Los registros parroquiales permiten establecer esa fecha con mayor seguridad que las cronologías contradictorias difundidas posteriormente (Smith, 2016).
Era hijo de campesinos y recibió poca educación formal. Durante su juventud adquirió reputación de bebedor, pendenciero y ladrón de poca importancia, aunque muchas historias sobre sus primeros años proceden de testimonios recogidos cuando ya se había convertido en una figura odiada.
Se casó con Praskovia Dubrovina en 1887. Tuvieron varios hijos, tres de los cuales llegaron a la edad adulta. Rasputín nunca abandonó definitivamente a su familia: regresaba a Pokróvskoye, enviaba dinero y recibía allí a visitantes y seguidores.
Después de una crisis religiosa emprendió peregrinaciones y pasó algún tiempo cerca del monasterio de Verjoturie. Viajó a lugares santos, conversó con clérigos y desarrolló una forma personal de predicación basada en el arrepentimiento, la oración y el contacto directo con lo divino.
Sin embargo, nunca fue ordenado sacerdote ni profesó como monje. El célebre “monje loco” no era realmente monje. Era un peregrino religioso laico, uno de los numerosos buscadores espirituales que recorrían el Imperio ruso (Fuhrmann, 2013).
También fue acusado de pertenecer a los jlystý, una secta clandestina asociada por sus enemigos con rituales extáticos y prácticas sexuales. Las investigaciones eclesiásticas no consiguieron demostrar su pertenencia. La acusación, repetida durante décadas, contribuyó a fusionar religión, sexualidad y amenaza en torno a su nombre.
La llegada a San Petersburgo

Rasputín llegó a San Petersburgo a comienzos del siglo XX portando recomendaciones de religiosos que habían quedado impresionados por su intensidad espiritual. La capital imperial atravesaba una fascinación por el misticismo, las sesiones espiritistas, los sanadores y las formas alternativas de religiosidad.
Su origen campesino aumentaba su atractivo. Para algunos aristócratas, aquel hombre de barba descuidada y mirada penetrante parecía representar una Rusia auténtica que ellos apenas conocían. Hablaba sin refinamiento, trataba a personas poderosas con una familiaridad desconcertante y daba la impresión de comprender sus temores privados.
En noviembre de 1905 fue presentado al zar Nicolás II y a la emperatriz Alejandra. El encuentro fue breve, pero Rasputín entró gradualmente en un círculo definido por un secreto que la familia imperial protegía desesperadamente.
El zarevich Alexéi, único hijo varón de Nicolás y Alejandra, padecía hemofilia. Una herida aparentemente pequeña podía provocar una hemorragia prolongada y potencialmente mortal. La enfermedad se mantuvo oculta porque ponía en duda el futuro de la dinastía (Massie, 1967).
El niño cuya sangre abrió las puertas del palacio

Rasputín no descubrió la hemofilia ni podía curarla. No obstante, en diferentes crisis pareció aliviar el sufrimiento de Alexéi.
La explicación continúa siendo discutida. Su voz tranquila pudo reducir la ansiedad del niño y de su madre. También pudo persuadir a los médicos para que dejaran de aplicar tratamientos perjudiciales. Se ha sugerido que ordenó suspender medicamentos que contenían aspirina, capaz de empeorar una hemorragia, pero no existe documentación suficiente para afirmar que esa fue la explicación decisiva en todas las ocasiones.
Lo históricamente importante no es demostrar que poseía poderes curativos, sino comprender que Alejandra creyó que los tenía.
El episodio más extraordinario ocurrió en 1912, cuando Alexéi sufrió una grave hemorragia durante una estancia de la familia en Spala, territorio que entonces pertenecía al Imperio ruso. Los médicos temieron que muriera. Alejandra pidió ayuda a Rasputín, quien se encontraba lejos del palacio. Después de recibir un mensaje suyo asegurando que el niño sobreviviría, el estado de Alexéi comenzó a mejorar (Smith, 2016).
La recuperación pudo haber coincidido con el curso natural de la hemorragia. Para Alejandra, sin embargo, fue un milagro.
Desde entonces, expulsar a Rasputín significaba, en su mente, arriesgar la vida de su hijo. Ministros, familiares y sacerdotes podían presentar informes sobre su conducta, pero competían contra algo más poderoso que cualquier documento: el recuerdo de un niño al borde de la muerte que había mejorado después de sus palabras.
El hombre privado y el personaje público

Rasputín predicaba sobre el pecado y el arrepentimiento mientras bebía en exceso y mantenía relaciones con mujeres que acudían a él buscando orientación, favores o cercanía con la corte. Determinados testimonios sugieren comportamientos abusivos y explotación de su autoridad espiritual. Otros relatos fueron ampliados o fabricados por adversarios políticos, antiguos seguidores y periódicos interesados en el escándalo (Smith, 2016).
No es necesario convertirlo en un monstruo sobrenatural para reconocer sus contradicciones. Podía mostrarse compasivo con personas rechazadas por la sociedad y, al mismo tiempo, actuar de forma manipuladora. Podía hablar de humildad mientras disfrutaba del acceso a ministros, aristócratas y miembros de la familia imperial.
La policía secreta vigiló sus movimientos y registró visitas a restaurantes, casas de mujeres y lugares de entretenimiento. Algunos informes eran auténticos; otros mezclaban observaciones, rumores y posibles suplantaciones. Rasputín tampoco era el único hombre barbudo que podía presentarse en público afirmando ser el favorito de la emperatriz.
Las historias sobre una relación sexual con Alejandra carecen de pruebas. Sus cartas expresaban devoción religiosa y una confianza emocional intensa, pero los enemigos de la monarquía las interpretaron deliberadamente como evidencia de adulterio. La supuesta aventura se convirtió en propaganda porque reunía todo lo que podía destruir la autoridad del régimen: sexo, traición, superstición y una emperatriz nacida en Alemania.
¿Gobernaba realmente Rusia?
Rasputín ejerció influencia, pero no gobernó Rusia.
Recomendaba candidatos para cargos civiles y eclesiásticos, pedía favores, intervenía a favor de conocidos y opinaba sobre ministros. Durante la Primera Guerra Mundial, cuando Nicolás II se trasladó al cuartel general militar y Alejandra adquirió una participación más directa en asuntos gubernamentales, sus recomendaciones ganaron mayor importancia.
Sin embargo, muchas de sus propuestas fueron ignoradas. No controlaba una administración propia, no redactaba leyes y no podía obligar al zar a obedecerlo. Nicolás II tomaba decisiones desastrosas por convicción personal, no porque se hubiera convertido en una marioneta incapaz de actuar sin Rasputín (Lieven, 1993).
La distinción casi dejó de importar. En política, la percepción puede destruir un gobierno aunque no coincida con la realidad.
Para millones de rusos, el simple hecho de que un campesino de reputación escandalosa pudiera entrar en los aposentos privados de la familia imperial demostraba que el Estado estaba enfermo. Los rumores sobre Rasputín circularon entre diputados, soldados, nobles y ciudadanos. Su figura se convirtió en una explicación sencilla para una crisis que tenía causas mucho más profundas: derrotas militares, escasez de alimentos, desigualdad social, incompetencia administrativa y la resistencia de Nicolás II a cualquier reforma que limitara su autoridad (Figes, 1996).
Rasputín no destruyó el Imperio ruso. Pero proporcionó a sus enemigos el rostro perfecto para representar su decadencia.
El hecho menos conocido: intentó impedir la entrada de Rusia en la guerra

Rasputín suele aparecer como un intrigante que deseaba ampliar su poder mediante el caos. Sin embargo, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial trató de convencer a Nicolás II de que evitara una guerra europea.
En julio de 1914 no se encontraba cerca del zar. Una mujer llamada Jionia Gúseva, seguidora de un antiguo aliado religioso convertido en enemigo, lo había atacado con un cuchillo en Pokróvskoye. Rasputín sufrió una grave herida abdominal y estuvo cerca de morir.
Mientras se recuperaba, envió mensajes al zar advirtiéndole que la guerra traería sufrimiento y amenazaría a la dinastía. Nicolás II no siguió su consejo y Rusia ordenó la movilización contra Austria-Hungría y Alemania (Smith, 2016).
No existe base para afirmar que Rasputín hubiera podido detener por sí solo la guerra. Las decisiones dependían de alianzas, movilizaciones militares y presiones internacionales que superaban ampliamente su influencia. Pero su oposición revela una faceta poco compatible con la caricatura del demonio sediento de destrucción.
También convirtió su ausencia en una pregunta imposible de resolver: ¿habría vacilado Nicolás durante más tiempo si Rasputín hubiera estado físicamente presente? La historia no ofrece una respuesta.
La guerra, Alejandra y las “fuerzas oscuras”

La Primera Guerra Mundial agravó todos los problemas del régimen. Millones de soldados fueron movilizados; las bajas aumentaron; el abastecimiento de las ciudades se deterioró y el prestigio del gobierno se hundió.
En 1915, Nicolás II decidió asumir personalmente el mando supremo del ejército y pasó largos períodos lejos de la capital. La decisión lo identificó directamente con las derrotas militares y dejó a Alejandra como figura central en Petrogrado.
La emperatriz confiaba profundamente en Rasputín y transmitía algunas de sus recomendaciones al zar. Los ministros se sucedían con rapidez, creando la impresión de que el gobierno obedecía a una camarilla privada. Aunque Rasputín no elegía por sí solo a cada funcionario, su nombre quedó asociado con lo que se conoció como las “fuerzas oscuras” que supuestamente controlaban el Estado (Steinberg & Khrustalev, 1995).
La procedencia alemana de Alejandra alimentó rumores de traición. No existían pruebas de que trabajara para Alemania, pero las acusaciones se mezclaron con su relación con Rasputín. Él fue presentado simultáneamente como agente alemán, pacifista traidor, depravado sexual y gobernante secreto.
Para parte de la aristocracia, matarlo parecía una forma de salvar la reputación del trono.
Una conspiración dentro de la élite

Entre los conspiradores se encontraban el príncipe Félix Yusúpov, casado con una sobrina del zar; el gran duque Dmitri Pávlovich, primo de Nicolás II; el diputado monárquico Vladímir Purishkévich y otros colaboradores.
No eran revolucionarios bolcheviques. Eran integrantes o defensores de la élite imperial. Creían que eliminando a Rasputín podían separar a la monarquía del escándalo y restaurar su autoridad.
Durante la noche del 16 al 17 de diciembre de 1916 según el calendario ruso de entonces —29 al 30 de diciembre en el calendario gregoriano— Yusúpov llevó a Rasputín a su palacio de Petrogrado. Allí fue asesinado y su cuerpo terminó arrojado al río Malaya Nevka.
Los responsables no consiguieron mantener una versión coherente. Yusúpov transformó posteriormente el crimen en una narración espectacular que lo presentaba enfrentándose a una criatura casi imposible de matar.
Según su relato, Rasputín comió pasteles y bebió vino envenenado con cianuro sin mostrar síntomas. Después recibió un disparo, cayó aparentemente muerto, se levantó, atacó a Yusúpov, huyó hacia el patio y soportó nuevos disparos. Finalmente fue golpeado, atado y arrojado al agua todavía con vida (Yusupov, 1953).
La historia convirtió al asesino en héroe y a la víctima en monstruo.
La muerte que nunca ocurrió como fue contada

Las pruebas disponibles contradicen los elementos más famosos del relato.
El informe de la autopsia no registró que Rasputín hubiera muerto ahogado ni confirmó la presencia de veneno. El médico identificó varias heridas de bala, incluida una en la frente disparada a corta distancia. La evidencia no permite reconstruir cada minuto del crimen, pero indica que murió por los disparos antes de ser arrojado al río (Smith, 2016).
Tampoco puede asegurarse que realmente consumiera cianuro. El veneno pudo no haber sido colocado, pudo haberse degradado durante la preparación o la historia completa pudo ser una invención posterior. Las versiones de Yusúpov y Purishkévich cambiaron con el tiempo y se contradijeron entre sí.
La afirmación de que agentes británicos participaron directamente en el asesinato también ha sido popular, pero no existe evidencia concluyente que permita presentarla como un hecho.
Rasputín fue difícil de matar solamente dentro del relato creado por quienes lo mataron. La supuesta resistencia sobrenatural engrandecía su hazaña y justificaba la brutalidad del crimen.
La profecía que pudo haber sido construida después
Una de las historias más repetidas sostiene que Rasputín escribió una carta profética anunciando que, si era asesinado por campesinos, el zar continuaría reinando, pero si lo mataban nobles, toda la familia imperial moriría antes de dos años.
El destino parece haber cumplido la predicción: Rasputín murió a manos de aristócratas en diciembre de 1916 y Nicolás II, Alejandra y sus hijos fueron ejecutados por los bolcheviques en julio de 1918.
Sin embargo, la autenticidad y la fecha exacta del documento son discutidas. La carta apareció rodeada de intereses familiares y pudo haber sido modificada o presentada después de los acontecimientos. No debe utilizarse como prueba de que Rasputín predijo con exactitud el futuro (Fuhrmann, 2013).
No necesitaba poderes sobrenaturales para comprender que la dinastía estaba en peligro. Rusia sufría una guerra devastadora, el gobierno había perdido credibilidad y miembros de la propia aristocracia conspiraban para asesinar a un hombre protegido por la emperatriz.
Más que una profecía, podía ser una conclusión política.
Un asesinato que no salvó nada
La muerte de Rasputín no restauró la confianza en Nicolás II. Al contrario, demostró que el régimen había perdido incluso la capacidad de controlar a sus propios familiares y aristócratas.
Alejandra quedó devastada. Nicolás castigó débilmente a los responsables debido a sus conexiones dinásticas. Yusúpov fue enviado a una de sus propiedades; Dmitri Pávlovich fue destinado a Persia. Ninguno recibió el tratamiento que habría sufrido un ciudadano común acusado de asesinar a una persona cercana a la familia imperial.
En marzo de 1917, apenas unas semanas después del crimen, huelgas, manifestaciones, escasez y motines militares provocaron la abdicación de Nicolás II. La autocracia que los conspiradores aseguraban proteger desapareció.
Rasputín había muerto, pero las condiciones que lo hicieron posible continuaban intactas.
El hombre detrás del demonio

Rasputín no fue un santo incomprendido. Explotó su acceso al poder, intervino en asuntos que no dominaba y se benefició de la dependencia emocional de Alejandra. Su conducta privada dio motivos reales para el escándalo.
Pero tampoco fue el hechicero omnipotente de la leyenda. No gobernaba Rusia, no mantuvo una relación sexual demostrada con la emperatriz y no sobrevivió milagrosamente a una sucesión de métodos de asesinato.
Fue un campesino de inteligencia intuitiva que comprendía el miedo de las personas. Supo consolar a una madre que creía estar perdiendo a su hijo y convirtió esa confianza en una posición que ningún cargo oficial podía describir.
Su influencia política fue limitada, pero su poder simbólico resultó inmenso. Encarnó todo lo que los rusos temían de la corte: secreto, superstición, corrupción y una autoridad alejada de la realidad.
Los aristócratas creyeron que eliminándolo borrarían aquella imagen. En cambio, al inventar la historia de un hombre que no podía morir, garantizaron que sobreviviera a todos ellos.
Rasputín cruzó la línea entre fe y manipulación, entre acceso e influencia, entre hombre y mito. El verdadero horror no residía en que poseyera poderes sobrenaturales, sino en que un imperio entero necesitara imaginar que los poseía para explicar su propia caída.
Referencias
- Figes, O. (1996). A people’s tragedy: The Russian Revolution, 1891–1924. Jonathan Cape.
- Fuhrmann, J. T. (2013). Rasputin: The untold story. John Wiley & Sons.
- Lieven, D. (1993). Nicholas II: Emperor of all the Russias. John Murray.
- Massie, R. K. (1967). Nicholas and Alexandra. Atheneum.
- Smith, D. (2016). Rasputin: Faith, power, and the twilight of the Romanovs. Farrar, Straus and Giroux.
- Steinberg, M. D., & Khrustalev, V. M. (1995). The fall of the Romanovs: Political dreams and personal struggles in a time of revolution. Yale University Press.
- Yusupov, F. (1953). Lost splendor: The amazing memoirs of the man who killed Rasputin. G. P. Putnam’s Sons.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
