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Alfonsina Storni: la mujer que escribió cuando el mundo esperaba que guardara silencio
Alfonsina Storni convirtió el trabajo, la maternidad, la desigualdad y el deseo femenino en una voz literaria que se negó a guardar silencio.

Hecho histórico destacado: Antes de convertirse en una de las grandes poetas hispanoamericanas, Alfonsina Storni trabajó en una fábrica, recorrió Argentina con una compañía teatral, ejerció como maestra rural y crió sola a su hijo. También escribió artículos sobre la desigualdad laboral y los derechos femeninos bajo el seudónimo de Tao Lao.
La mujer que terminaría convertida en una estatua frente al mar pasó buena parte de su vida intentando conseguir suficiente dinero para llegar al final del mes.
Alfonsina Storni fue obrera, actriz, maestra, empleada comercial, periodista y madre soltera antes de ser reconocida como poeta. Escribió sobre el deseo femenino, el cansancio, la maternidad, el trabajo y la hipocresía de una sociedad que admiraba a las mujeres sensibles siempre que permanecieran obedientes.
Su muerte fue transformada posteriormente en canción y leyenda. Pero reducirla a la imagen de una mujer internándose lentamente en el océano significa olvidar la batalla que libró durante décadas en tierra firme.
Alfonsina Storni: la mujer que escribió cuando el mundo esperaba que guardara silencio
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Una vida contada a través de lugares y momentos decisivos
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Un objeto auténtico conservado por una institución cultural nos acerca al mundo que existió detrás de esta vida.
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Una niña nacida entre dos países
Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, una pequeña localidad del cantón suizo del Tesino. Sus padres eran inmigrantes suizos que habían vivido anteriormente en Argentina y regresaron a Europa durante un periodo breve.
En 1896, la familia volvió a Argentina y se estableció inicialmente en San Juan. Algunos años después se trasladó a Rosario, una ciudad portuaria en rápido crecimiento.
La situación económica familiar se deterioró. Su padre abrió un café, pero los negocios no prosperaron y su salud empeoró. Alfonsina comenzó a trabajar siendo todavía muy joven. Ayudó en el establecimiento familiar y posteriormente consiguió empleo en una fábrica de gorras.
La pobreza no era una idea literaria. Significaba jornadas extensas, salarios bajos y la certeza de que cualquier enfermedad podía hundir por completo a la familia.
Su padre murió en 1906. Alfonsina tenía trece años y ya conocía el peso de las responsabilidades adultas.

Una adolescente sobre los escenarios
El teatro le ofreció una vía de escape. Durante su adolescencia se unió a una compañía itinerante y recorrió diferentes provincias argentinas representando obras de autores como Henrik Ibsen, Benito Pérez Galdós y Florencio Sánchez.
La experiencia fue breve, pero decisiva. Storni aprendió a observar cómo una voz, un gesto o un silencio podían modificar el sentido de una escena. También conoció la vida inestable de los artistas ambulantes: viajes incómodos, escasos ingresos y públicos imprevisibles.
El escenario le permitió interpretar a otras mujeres, pero no le ofreció la seguridad económica que necesitaba. Abandonó la compañía y regresó a sus estudios.
En 1909 ingresó en una escuela normal de Coronda, en la provincia de Santa Fe, para prepararse como maestra rural. Se graduó en 1910 y comenzó a enseñar en Rosario.
La docencia era una de las pocas profesiones socialmente aceptables para una mujer con educación. Sin embargo, Storni ya comprendía que la respetabilidad femenina tenía condiciones estrictas.
Pronto desafiaría una de las más importantes.

Una madre sin marido
En 1911, Alfonsina se trasladó a Buenos Aires. Estaba embarazada y no se había casado. Nunca reveló públicamente la identidad del padre.
Su hijo Alejandro nació el 21 de abril de 1912.
Ser madre soltera en la Argentina de comienzos del siglo XX podía significar exclusión familiar, humillación pública y dificultades profesionales. La sociedad toleraba las relaciones masculinas fuera del matrimonio, pero descargaba sobre las mujeres casi toda la condena moral.
Storni decidió criar a su hijo y sostenerse mediante su propio trabajo. Consiguió empleos como cajera, corresponsal comercial y empleada de una compañía importadora. En algunas oficinas era la única mujer entre numerosos hombres y recibía un salario inferior por tareas semejantes.
Aquella experiencia aparecería después en sus artículos sobre las trabajadoras. Storni no hablaba de la independencia femenina como una abstracción. Conocía su precio: levantarse temprano, trabajar durante horas, cuidar sola a un niño y escribir cuando los demás dormían.

El libro que tuvo que pagar ella misma
En 1916 publicó su primer poemario, La inquietud del rosal. Lo financió con sus propios recursos y contrajo deudas para imprimirlo.
El libro conservaba rasgos del modernismo sentimental de la época, pero ya contenía una voz que se resistía a ocupar el lugar reservado para las mujeres. El deseo no aparecía solamente contemplado desde el exterior. Era expresado por una mujer que podía amar, exigir, cansarse y juzgar.
Storni llevaba ejemplares consigo e intentaba venderlos personalmente. La publicación no solucionó sus problemas económicos, pero le permitió entrar en los círculos literarios de Buenos Aires.
En los años siguientes aparecieron El dulce daño, Irremediablemente y Languidez. Este último libro obtuvo importantes reconocimientos municipales y nacionales en 1920.
Su nombre comenzó a circular fuera de Argentina. Con Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou llegaría a ser considerada una de las voces femeninas fundamentales de la poesía hispanoamericana de su generación.
Sin embargo, la etiqueta de “poetisa” también podía convertirse en una prisión. Muchos críticos esperaban que una mujer escribiera versos delicados, confesionales y amorosos. Storni utilizó inicialmente ese lenguaje, pero comenzó a tensarlo desde dentro.

La loba frente al rebaño
Uno de sus poemas más conocidos de la primera etapa fue “La loba”, incluido en La inquietud del rosal. Allí se presentó como una mujer que se había apartado del rebaño y sostenía sola a su cachorro.
La figura era autobiográfica, pero también política. No pedía disculpas por ser madre sin marido. Convertía aquello que la sociedad consideraba una vergüenza en una declaración de independencia.
En otros poemas cuestionó la doble moral sexual. “Tú me quieres blanca” se dirige a un hombre que exige pureza femenina mientras él ha disfrutado libremente de los placeres que condena. “Hombre pequeñito” imagina la relación amorosa como una jaula de la que la mujer desea escapar.
Estos textos suelen ser leídos como poemas feministas, aunque Storni no desarrolló una doctrina única ni perteneció de manera permanente a una organización política. Su pensamiento surgía de las contradicciones que observaba: los hombres proclamaban la modernidad mientras exigían esposas sumisas; las ciudades necesitaban trabajadoras, pero les pagaban menos; la literatura celebraba la pasión, pero castigaba a las mujeres que la expresaban.

La periodista llamada Tao Lao
La poesía no fue su único instrumento. Storni escribió crónicas y ensayos para revistas y periódicos como La Nota y La Nación. En algunas de sus columnas utilizó el seudónimo Tao Lao.
Esos artículos permiten conocer a una autora más irónica y combativa que la figura melancólica fijada por parte de la tradición. Observó la moda, el matrimonio, el empleo femenino, la educación y las costumbres urbanas.
Criticó la manera en que las mujeres eran formadas para depender económicamente de un marido. También señaló la contradicción de una sociedad que incorporaba mano de obra femenina cuando resultaba conveniente, pero continuaba considerando el hogar como su único destino legítimo.
No siempre escribió desde una posición perfectamente coherente. Sus textos contienen dudas y tensiones propias de una mujer que intentaba pensar la emancipación dentro de una sociedad en transición.
Precisamente por eso son valiosos. No hablan desde una victoria conseguida, sino desde el interior del conflicto.

Una mujer en los cafés de los hombres
El ambiente literario de Buenos Aires estaba dominado por hombres. Los cafés, las redacciones y los grupos de escritores podían presentarse como espacios modernos, pero una mujer que participara en ellos sin la protección de un marido quedaba sometida a rumores y juicios.
Storni frecuentó esos ambientes y mantuvo amistades con autores como Horacio Quiroga. Participó en encuentros literarios, dio conferencias y trabajó como docente en diferentes instituciones.
Su humor podía ser rápido y mordaz. Quienes la conocieron describieron tanto su energía como sus periodos de abatimiento. No era la figura permanentemente triste que luego construiría la leyenda, sino una mujer sociable, contradictoria y consciente de tener que defender continuamente su lugar.
El reconocimiento no eliminó la precariedad. Continuó combinando literatura, periodismo y enseñanza para sostenerse y mantener a su hijo.
Ser publicada no significaba poder vivir de la poesía.

El teatro que incomodó al público
Storni también escribió obras teatrales. En 1927 se estrenó El amo del mundo, centrada en las relaciones de poder entre hombres y mujeres.
La recepción fue hostil y la obra fue retirada después de pocas representaciones. Algunos críticos atacaron tanto el texto como a su autora, cuestionando su forma de representar la conducta masculina y la autonomía femenina.
El fracaso la hirió profundamente. No era solamente un revés profesional. Confirmaba que el espacio concedido a una escritora continuaba limitado: podía hablar de sufrimiento amoroso, pero resultaba más peligroso examinar públicamente quién tenía el poder dentro de una relación.
Storni continuó escribiendo teatro, especialmente obras dirigidas al público infantil, pero El amo del mundo mostró el costo de desafiar directamente las expectativas de su época.

Romper su propia forma de escribir
Durante la década de 1930, la poesía de Storni cambió. Se alejó del tono confesional y de las estructuras más convencionales que habían caracterizado sus primeros libros.
En Mundo de siete pozos, publicado en 1934, el cuerpo humano y la ciudad aparecen fragmentados, extraños y casi mecánicos. En Mascarilla y trébol, de 1938, experimentó con lo que denominó “antisonetos”: composiciones que dialogaban con la forma tradicional mientras rompían parte de su lógica.
Esta evolución contradice la idea de que Storni escribió siempre la misma poesía sentimental. Fue una autora consciente de los riesgos de repetirse. Revisó su lenguaje y buscó nuevas maneras de representar una realidad que también se había vuelto más inestable.
Su obra tardía podía ser difícil, áspera y desconcertante. Ya no deseaba responder a la imagen que críticos y lectores habían construido para ella.
Incluso después de alcanzar el reconocimiento, continuaba luchando por no quedar encerrada dentro de una voz que ya no le pertenecía.
La enfermedad
En 1935, Storni descubrió un tumor en un pecho. Fue operada y se sometió a una mastectomía.
La experiencia modificó profundamente su relación con el cuerpo. Los tratamientos contra el cáncer eran entonces limitados y la cirugía podía ser física y emocionalmente devastadora. Storni temía que la enfermedad regresara y se volvió más reservada acerca de su salud.
Algunas biografías han intentado explicar todo su periodo final exclusivamente a través del cáncer. Esa interpretación resulta insuficiente. También pesaban el agotamiento económico, la ansiedad, la soledad y la acumulación de pérdidas personales.
En enero de 1938, su amigo Horacio Quiroga murió por suicidio después de conocer que padecía una enfermedad incurable. Poco después también se suicidó Leopoldo Lugones. Storni escribió sobre aquellas muertes y sobre la inquietante cercanía que parecían establecer.
Ese mismo año participó en Montevideo en un encuentro que reunió a importantes escritoras, entre ellas Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Allí habló públicamente sobre su vida y su vocación literaria.
Todavía publicaba, viajaba y trabajaba. No había renunciado al mundo. Pero su equilibrio se hacía cada vez más frágil.
La última habitación
En octubre de 1938 viajó sola a Mar del Plata y se alojó en una pensión. Desde allí escribió cartas y envió al periódico La Nación su último poema, “Voy a dormir”.
El texto adopta la forma de una despedida. La voz pide a una nodriza que prepare una cama de tierra y musgo, y solicita que, si alguien llama, se le diga que no insista.
Durante la madrugada del 25 de octubre, Storni salió del lugar donde se hospedaba. Horas después, su cuerpo fue encontrado en el mar.
Tenía cuarenta y seis años.
Los detalles exactos de su muerte no pueden reconstruirse completamente. Los informes periodísticos de la época y las investigaciones posteriores indican que murió por suicidio, probablemente después de lanzarse al agua desde una zona cercana a la escollera.
La imagen de una mujer que camina lentamente mar adentro pertenece en gran medida a la elaboración poética posterior, especialmente a la canción Alfonsina y el mar, escrita por Ariel Ramírez y Félix Luna décadas después.
La canción convirtió su muerte en una escena hermosa y serena. Su realidad había sido mucho más dolorosa.
La mujer detrás de la canción
“Voy a dormir” fue publicado por La Nación después de su muerte. La proximidad entre el poema y el suicidio hizo que muchas lecturas posteriores observaran toda su obra como si hubiera sido una larga despedida.
Pero Alfonsina Storni escribió mucho más que su final.
Escribió sobre las mujeres que trabajaban por salarios inferiores. Sobre las que deseaban sin pedir permiso. Sobre las madres juzgadas por criar solas a sus hijos. Sobre la domesticidad, la vejez, la ciudad y los cuerpos sometidos a la mirada ajena.
También construyó una carrera cuando las instituciones literarias estaban diseñadas principalmente para hombres. Pagó su primer libro, llevó ejemplares para venderlos, impartió clases y produjo artículos para mantener a su familia.
No fue una mujer pasiva arrastrada por el mar. Durante décadas avanzó contra fuerzas que intentaban devolverla a un lugar más pequeño.
Su poesía no pide que la recordemos solamente por cómo murió. Exige que reconozcamos cómo vivió: trabajando, criando, enseñando y escribiendo en una época que todavía discutía si una mujer tenía derecho a hablar con voz propia.
El mar terminó formando parte de su leyenda.
La lucha en tierra firme fue su verdadera historia.
Referencias bibliográficas
- Biblioteca Nacional Mariano Moreno. (s. f.). Alfonsina Storni: materiales y colecciones. Biblioteca Nacional de la República Argentina. https://www.bn.gov.ar/
- Delgado, J. (2001). Alfonsina Storni: Una biografía. Planeta.
- Méndez, M. A. (2004). Alfonsina Storni: Women at work. Peter Lang.
- Phillips, R. (1975). Alfonsina Storni: From poetess to poet. Tamesis Books.
- Salomone, A. N. (2006). Alfonsina Storni: Mujeres, modernidad y literatura. Corregidor.
- Storni, A. (1999). Obras: Poesía (D. Muschietti, Ed.). Losada.
- Storni, A. (2002). Nosotras y la piel: Selección de ensayos (M. A. Méndez, P. Vallejo, & M. E. Mizraje, Eds.). Alfaguara.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
