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Ludwig van Beethoven: el hombre que escribió su despedida y eligió continuar
Cuando la sordera lo llevó a escribir una despedida, la certeza de que todavía tenía obras que crear lo hizo continuar.

Hecho histórico destacado: En 1802, atormentado por la pérdida progresiva de la audición, Beethoven escribió una carta de despedida en la que reconocía haber pensado en quitarse la vida. Nunca la envió. El documento, conocido como el Testamento de Heiligenstadt, fue encontrado entre sus pertenencias después de su muerte.
Ludwig van Beethoven comenzó a desaparecer del mundo de los sonidos mucho antes de que el mundo estuviera preparado para dejar de escucharlo.
Había construido su identidad alrededor del oído. Era pianista, improvisador y compositor; un hombre capaz de transformar una pequeña idea musical en una tormenta. Sin embargo, cuando todavía no había cumplido treinta años, comenzó a percibir un zumbido persistente y a tener dificultades para distinguir ciertos sonidos. Al principio ocultó el problema. Para un músico que intentaba abrirse camino en Viena, reconocer que estaba perdiendo la audición podía significar el final de su carrera.
Pero aquel final no llegó. Al menos, no de la manera que Beethoven temía.
Beethoven: escribir después de la despedida
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Un niño presentado como prodigio
Beethoven fue bautizado en Bonn el 17 de diciembre de 1770. Tradicionalmente se considera que nació el día anterior, aunque no existe un documento que permita afirmarlo con absoluta certeza.
Su padre, Johann van Beethoven, era cantante de la corte y deseaba convertirlo en un niño prodigio comparable con Mozart. Cuando Ludwig ofreció su primer concierto público, Johann lo presentó como si tuviera seis años, aunque en realidad ya había cumplido siete. La intención era hacerlo parecer todavía más extraordinario.
Su educación musical fue rigurosa y, según distintos testimonios, con frecuencia severa. Sin embargo, Beethoven encontró posteriormente un maestro decisivo en Christian Gottlob Neefe, quien reconoció su talento, le enseñó las obras de Johann Sebastian Bach y lo ayudó a publicar sus primeras composiciones.
La infancia terminó pronto. Su madre murió en 1787 y el alcoholismo de su padre fue debilitando la economía familiar. Beethoven asumió responsabilidades sobre sus hermanos menores antes de estar preparado para ellas. Aquel joven de temperamento orgulloso aprendió que el talento no protegía contra la precariedad ni contra el dolor.

La conquista de Viena
En 1792, Beethoven se trasladó a Viena, una de las grandes capitales musicales europeas. Allí estudió con Joseph Haydn y recibió enseñanzas de Johann Georg Albrechtsberger y Antonio Salieri.
No tardó en llamar la atención, primero como pianista e improvisador. En los salones aristocráticos podía tomar una melodía propuesta por el público y transformarla en una pieza completa. Su manera de tocar no se distinguía solamente por la fuerza: también podía ser delicada, imprevisible y profundamente expresiva.
Gracias al apoyo de varios mecenas, consiguió algo poco habitual para un compositor de su tiempo: conservar una considerable independencia artística sin ocupar permanentemente un cargo al servicio de una iglesia o una corte. No era completamente libre de las necesidades económicas, pero podía decidir qué escribir con una autonomía que Mozart y Haydn rara vez habían tenido.
Precisamente cuando comenzaba a triunfar, apareció el silencio.

El sonido que se alejaba
Los primeros síntomas serios de su problema auditivo surgieron durante la última década del siglo XVIII. Beethoven tenía dificultades para escuchar las voces a distancia y los sonidos agudos de los instrumentos. También sufría tinnitus: ruidos que parecían originarse dentro de sus propios oídos.
Consultó médicos, siguió tratamientos y pasó temporadas en el campo siguiendo sus recomendaciones. Nada detuvo el avance de la enfermedad. La causa exacta de su sordera continúa siendo discutida y las explicaciones propuestas —entre ellas afecciones del oído interno, enfermedades inflamatorias o exposición a sustancias tóxicas— no han podido demostrarse de manera definitiva.
La pérdida auditiva no fue inmediata. Durante años pudo escuchar parcialmente y continuó tocando en público, aunque cada vez con mayores dificultades. Lo más doloroso era tener que fingir normalidad. Evitaba conversaciones, se alejaba de reuniones y parecía arrogante o distraído ante quienes ignoraban su condición.
En 1802 se retiró durante varios meses a Heiligenstadt, una localidad rural situada entonces a las afueras de Viena. Allí comprendió que su audición probablemente no se recuperaría.

La carta que nunca envió
El 6 de octubre de 1802, Beethoven comenzó una carta dirigida a sus hermanos. En ella trató de explicar por qué se había convertido en un hombre desconfiado, irritable y solitario. Confesó que deseaba acercarse a otras personas, pero que temía que descubrieran su sordera. Para un músico, escribió, aquella limitación resultaba especialmente humillante.
También reconoció que había estado cerca de terminar con su vida. Lo había detenido la certeza de que todavía tenía obras que crear.
Beethoven añadió unas últimas líneas cuatro días después, cerró el documento y lo guardó. No se lo entregó a sus hermanos ni lo hizo público. El manuscrito apareció entre sus papeles tras su muerte y pasó a conocerse como el Testamento de Heiligenstadt.
No era un testamento legal. Era la despedida de un hombre que, finalmente, decidió no marcharse.
Este documento permite comprender su música posterior sin convertir su sufrimiento en una leyenda reconfortante. Beethoven no “venció” a la sordera. La padeció durante el resto de su vida. Le provocó aislamiento, frustración y pérdida de autonomía. Lo extraordinario fue que aprendió a trabajar dentro de esa realidad.

Componer después de la despedida
Poco después de la crisis de Heiligenstadt, Beethoven inició algunas de las obras que transformarían la música occidental. La Sinfonía n.º 3, conocida como Heroica, amplió de manera radical las dimensiones y las ambiciones expresivas de la sinfonía. Después llegarían la Quinta sinfonía, la Pastoral, la sonata Appassionata, el Concierto para piano n.º 5 y su única ópera, Fidelio.
Su música comenzó a exigir más de los instrumentos, los intérpretes y el público. Los contrastes se volvieron más violentos; los silencios, más tensos; los finales, más difíciles de predecir. Beethoven convirtió la sinfonía en un espacio donde podían representarse el conflicto, la resistencia y la transformación.
En diciembre de 1808 organizó en Viena un concierto de aproximadamente cuatro horas en el que se estrenaron, entre otras obras, sus sinfonías Quinta y Sexta. La sala estaba fría, los músicos habían ensayado poco y la interpretación sufrió varios problemas. Sin embargo, aquel programa, que hoy parece una reunión imposible de obras maestras, muestra la intensidad creadora con la que trabajaba.
Con el paso de los años, dejó de actuar como pianista. Para comunicarse comenzó a utilizar cuadernos en los que sus visitantes escribían preguntas y comentarios mientras él respondía generalmente en voz alta. Estos “cuadernos de conversación” constituyen una fuente valiosa, aunque incompleta: su secretario y primer biógrafo, Anton Schindler, destruyó algunos y alteró otros, complicando el trabajo posterior de los historiadores.

El hombre detrás del monumento
La imagen del genio heroico puede ocultar a una persona difícil. Beethoven era generoso y capaz de profundas lealtades, pero también podía ser impulsivo, suspicaz y controlador.
Después de la muerte de su hermano Kaspar Karl en 1815, emprendió una larga batalla judicial por la custodia de su sobrino Karl. Pretendía educarlo y protegerlo, pero le impuso expectativas asfixiantes y trató de apartarlo de su madre. En 1826, el joven intentó suicidarse. No es posible reducir aquel acto a una sola causa, pero la relación revela hasta qué punto el afecto de Beethoven podía mezclarse con la necesidad de dominar.
Tampoco consiguió establecer una relación sentimental duradera. En 1812 escribió una apasionada carta a una mujer a la que llamó su “Amada inmortal”. La identidad de la destinataria sigue sin resolverse de forma concluyente, pese a las numerosas investigaciones y candidatas propuestas.
Beethoven podía escribir sobre la fraternidad universal mientras fracasaba repetidamente en la intimidad cotidiana. Esa contradicción no disminuye su obra, pero impide convertirlo en una estatua sin defectos.

Una ovación que no podía oír
El 7 de mayo de 1824 se estrenó en Viena la Sinfonía n.º 9. Beethoven apareció en el escenario y siguió la interpretación, aunque la dirección efectiva recayó sobre Michael Umlauf, quien había indicado a los músicos que prestaran atención a su propia batuta.
Al concluir la obra, Beethoven continuaba mirando hacia la orquesta, sin advertir la reacción del público. Varios testimonios coinciden en que alguien tuvo que hacerlo volverse para contemplar los aplausos. La tradición suele atribuir ese gesto a la cantante Caroline Unger, aunque los recuerdos conservados no concuerdan por completo sobre todos los detalles.
Lo esencial permanece: el compositor de una de las celebraciones musicales más poderosas de la humanidad no podía escuchar la ovación que provocaba.
La escena resulta conmovedora, pero no debería reducir la Novena a la historia de un milagro. Beethoven podía concebir música compleja porque poseía décadas de formación, una memoria sonora extraordinaria y un dominio profundo de la composición. La sordera no le concedió un poder sobrenatural; le quitó una capacidad esencial y lo obligó a encontrar otras formas de trabajar.

Más allá del silencio
En sus últimos años escribió obras que incluso algunos contemporáneos consideraron desconcertantes: la Missa solemnis, las últimas sonatas para piano, las Variaciones Diabelli y los cuartetos de cuerda finales. En ellas, Beethoven abandonó muchas de las convenciones que él mismo había ayudado a establecer.
Murió en Viena el 26 de marzo de 1827, después de una enfermedad prolongada. Tenía cincuenta y seis años. Las causas médicas precisas continúan siendo objeto de debate, aunque existen indicios sólidos de una grave enfermedad hepática. Miles de personas participaron en su funeral.
Entre sus pertenencias se encontró aquella carta escrita veinticinco años antes en Heiligenstadt. El hombre que había preparado su despedida había continuado componiendo hasta casi el final.
Beethoven no vivió una historia sencilla de superación. Perdió la audición, se aisló, hirió a personas cercanas y atravesó periodos de desesperación. Pero tampoco permitió que su tragedia tuviera la última palabra.
Cuando el mundo exterior comenzó a apagarse, construyó uno interior suficientemente vasto para que todavía podamos entrar en él.


Referencias bibliográficas
- Beethoven-Haus Bonn. (s. f.). The Heiligenstadt Testament. Digital Archives, Beethoven-Haus Bonn. beethoven.de
- Cooper, B. (2008). Beethoven. Oxford University Press.
- Kinderman, W. (2009). Beethoven (2.ª ed.). Oxford University Press.
- Lockwood, L. (2003). Beethoven: The music and the life. W. W. Norton & Company.
- Solomon, M. (1998). Beethoven (2.ª ed. rev.). Schirmer Books.
- Swafford, J. (2014). Beethoven: Anguish and triumph. Houghton Mifflin Harcourt.
- Wallace, R. (2018). Hearing Beethoven: A story of musical loss and discovery. University of Chicago Press.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
