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⚡ Jugar ahoraBoris Karloff: el hombre amable que enseñó al cine a mirar al monstruo
Del anonimato a Frankenstein: el actor que dio humanidad al monstruo, defendió a sus compañeros y encontró otra voz en el Grinch.

El rostro que aterrorizó al mundo no pertenecía a un hombre cruel. Detrás de la frente cuadrada, los párpados pesados, las cicatrices y las botas que parecían arrastrar un cadáver, había un actor de voz educada, modales gentiles y una paciencia extraordinaria con los niños.
Boris Karloff no inventó el monstruo de Frankenstein, creado por Mary Shelley más de un siglo antes. Tampoco diseñó por sí solo la apariencia que lo hizo célebre. Sin embargo, proporcionó a la criatura algo que ninguna prótesis podía fabricar: vulnerabilidad.
Otros intérpretes habían representado monstruos. Karloff consiguió que el público temiera a uno y, al mismo tiempo, sintiera compasión por él. Con esa contradicción ayudó a crear el rostro moderno del cine de terror.
Boris Karloff
Una vida contada entre el monstruo y el hombre
Frankenstein: del cine de terror al patrimonio cinematográfico
La película de James Whale, estrenada en 1931, ingresó en el National Film Registry de Estados Unidos en 1991. El registro de la Biblioteca del Congreso reconoce películas por su importancia cultural, histórica o estética. Allí puede consultarse la inscripción de la obra que convirtió la interpretación de Karloff en una imagen perdurable. La imagen de esta tarjeta es una recreación artística, no un fotograma ni una fotografía del rodaje.
Antes de Boris Karloff

Nació como William Henry Pratt el 23 de noviembre de 1887 en Camberwell, al sur de Londres. Era el menor de una familia numerosa vinculada al servicio del Imperio británico. Su padre había trabajado para el gobierno en la India y varios de sus hermanos siguieron carreras administrativas o diplomáticas.
William parecía destinado a recorrer el mismo camino. Estudió en centros respetables y pasó por King’s College London, pero abandonó su formación sin obtener un título. Tartamudeaba, tenía las piernas arqueadas y aún no poseía la voz grave y controlada que más tarde se convertiría en una de sus principales herramientas profesionales (Lindsay, 1975).
En 1909 emigró a Canadá. Para sobrevivir realizó trabajos físicos: cavó zanjas, trabajó en granjas, transportó materiales y participó en cuadrillas ferroviarias. Durante su carrera también sufrió problemas de espalda, agravados por las exigencias físicas de algunos rodajes.
Poco después se incorporó a compañías teatrales itinerantes y adoptó el nombre Boris Karloff. Él mismo ofreció explicaciones diferentes sobre su origen, por lo que no existe una versión completamente demostrada. La idea de que cambió de nombre para evitar avergonzar a su distinguida familia forma parte de la tradición biográfica, pero debe tratarse con cautela (Nollen, 1991).
El nuevo nombre sonaba extranjero, oscuro y fácil de recordar. William Pratt comenzaba a construir al hombre que Hollywood necesitaría.
Años sin rostro

Karloff llegó a California y comenzó a trabajar en el cine hacia finales de la década de 1910. Durante más de diez años interpretó papeles pequeños, muchos de ellos sin aparecer en los créditos. Fue criado, marinero, soldado, bandido, detective, sacerdote y personaje “exótico”, según los estereotipos raciales habituales del Hollywood de la época.
Su apariencia angulosa le proporcionaba trabajo, pero también lo confinaba a villanos secundarios. El cine mudo no podía aprovechar plenamente su voz, y los productores todavía no veían en él una estrella.
Cuando apareció en The Criminal Code en 1931, dirigido por Howard Hawks, Karloff ya tenía más de cuarenta años y acumulaba decenas de películas. Su interpretación del preso Galloway demostró que podía comunicar amenaza y sufrimiento sin reducir al personaje a una caricatura. El éxito no llegó de repente a un desconocido: encontró a un trabajador que llevaba años esperando ser visto (Mank, 2009).
Entonces Universal Pictures comenzó a preparar una adaptación de Frankenstein.
El monstruo que no tenía nombre

La película fue dirigida por James Whale. Universal había considerado distintas posibilidades para la criatura antes de contratar a Karloff, y la historia según la cual Bela Lugosi simplemente rechazó el papel porque no tenía diálogo simplifica un proceso más complejo. Existieron cambios de director, concepto y reparto antes de que la producción adoptara su forma definitiva.
Whale comprendió que el rostro del actor podía transformarse sin desaparecer. El responsable principal del maquillaje fue Jack Pierce, jefe del departamento de maquillaje de Universal. La apariencia surgió de la colaboración entre Pierce, Whale, Karloff y el equipo de producción, con aportaciones que no siempre resultan fáciles de separar en los relatos posteriores (Vieira, 2003).
La frente plana, las cicatrices, el cráneo alargado, los párpados caídos y los electrodos del cuello no procedían de la novela de Mary Shelley. Fueron decisiones cinematográficas. Karloff soportaba cada día una prolongada sesión de maquillaje, pesada ropa oscura y botas con plataformas que alteraban su forma de caminar.
El actor aportó detalles decisivos. Se quitó un puente dental para hundir una mejilla y utilizó sus limitaciones físicas para crear un movimiento rígido, inseguro y doloroso. No caminaba como una máquina perfecta, sino como un cuerpo recién ensamblado que todavía estaba aprendiendo a existir (Skal, 1993).
En los créditos iniciales, el nombre del intérprete de la criatura apareció sustituido por un signo de interrogación. Los créditos finales identificaban a Boris Karloff. Universal presentaba al monstruo como si hubiera surgido sin actor, sin identidad y casi sin intervención humana.
El gesto que cambió la película

Karloff apenas tenía palabras. Su actuación dependía de las manos, los ojos, la inclinación de la cabeza y la respiración. En una de las escenas fundamentales, la criatura se encuentra con una niña llamada María junto a un lago. Ella no le teme y le enseña a lanzar flores al agua para verlas flotar.
Cuando se terminan las flores, el monstruo intenta repetir el juego con la niña. La arroja al lago sin comprender que ella no puede flotar. Karloff expresó reservas sobre la acción y habría preferido que la criatura la depositara suavemente en el agua, porque consideraba que lanzarla introducía una violencia consciente incompatible con su inocencia. Whale mantuvo el gesto, aunque parte de la secuencia fue censurada en numerosas copias estadounidenses (Lindsay, 1975).
La escena resume la interpretación de Karloff. La criatura no nace malvada; nace sin lenguaje, educación ni comprensión de la muerte. Los seres humanos la abandonan, la encadenan, la golpean y finalmente la persiguen.
El público vio un rostro aterrador, pero Karloff le obligó a mirar lo que había detrás.
Una estrella después de los cuarenta

Frankenstein se estrenó en 1931 y convirtió al actor de reparto en una figura internacional. Karloff estaba a punto de cumplir cuarenta y cuatro años cuando la película llegó a las pantallas en noviembre. Al año siguiente protagonizó La momia, donde interpretó a Imhotep, un sacerdote egipcio devuelto a la vida. A diferencia del monstruo de Frankenstein, Imhotep hablaba con una calma hipnótica y amenazaba sin necesidad de levantar la voz.
Durante los años siguientes apareció en películas fundamentales del terror de Universal, entre ellas La vieja casa oscura, El gato negro y El cuervo. En La novia de Frankenstein de 1935, nuevamente dirigida por Whale, la criatura adquirió algunas palabras y una conciencia aún más dolorosa de su soledad.
Karloff volvió por última vez al personaje en una producción de Universal con El hijo de Frankenstein en 1939. Después decidió apartarse. Comprendía que el papel lo había convertido en estrella, pero también que podía devorar el resto de su carrera.
El monstruo continuó utilizando su rostro en carteles, juguetes, disfraces y anuncios. La imagen llegó a ser tan dominante que muchas personas comenzaron a llamar “Frankenstein” a la criatura, aunque en la novela ese apellido pertenece al científico que la crea.
El actor que protegió a otros actores
Uno de los hechos menos conocidos de su vida ocurrió fuera de la pantalla. En los primeros años del cine sonoro, los estudios podían imponer jornadas excesivas, contratos restrictivos y condiciones peligrosas. Los intérpretes tenían poca capacidad para negociar colectivamente.
En 1933, Boris Karloff participó en la creación del Screen Actors Guild, el sindicato que buscaba proteger a los actores frente a los abusos del sistema de estudios. Formó parte de sus primeros dirigentes y arriesgó su posición profesional al respaldar la organización en sus primeros años.
La decisión tenía un significado personal. Karloff conocía el trabajo físico, la inseguridad laboral y los rodajes agotadores. Durante Frankenstein, el peso del vestuario y las largas jornadas agravaron sus problemas físicos.
El hombre famoso por interpretar seres sin voz ayudó a dar voz colectiva a los actores.
El monstruo entra en el teatro
Karloff nunca abandonó completamente el escenario. En 1941 estrenó en Broadway la comedia Arsenic and Old Lace, donde interpretó a Jonathan Brewster, un criminal cuyo rostro había sido alterado quirúrgicamente y que se enfurecía cada vez que alguien decía que se parecía a Boris Karloff.
La broma funcionaba porque era realmente Karloff quien representaba el papel. El actor no pudo participar en la adaptación cinematográfica de 1944 porque los productores teatrales no quisieron liberarlo: su presencia era esencial para mantener el éxito de la obra. Raymond Massey ocupó su lugar en la película, pero el texto conservó los chistes sobre Karloff.
Aquel personaje demostraba que el actor era capaz de burlarse de su propia imagen. No intentaba huir del monstruo; aprendió a convivir con él y a convertirlo en humor.
También obtuvo reconocimiento teatral por The Lark, junto a Julie Harris, y por su interpretación del capitán Garfio en una producción musical de Peter Pan. Su carrera fue mucho más extensa que el terror cinematográfico, aunque ningún otro papel logró escapar completamente de la sombra de la frente cuadrada.
El Grinch y una confusión que todavía continúa
En 1966, Karloff narró el especial animado How the Grinch Stole Christmas! y dio voz al Grinch. Su tono podía sonar siniestro, irónico o extrañamente cálido, lo que permitió que el personaje cambiara de misántropo a figura redimida sin perder credibilidad.
Una confusión frecuente atribuye también a Karloff la interpretación de la canción “You’re a Mean One, Mr. Grinch”. El cantante fue Thurl Ravenscroft, aunque su nombre no apareció en los créditos originales. Karloff recitó y actuó; Ravenscroft cantó.
La grabación vinculada al programa obtuvo un Grammy en 1969 como mejor grabación infantil, proporcionando a Karloff uno de los reconocimientos más singulares de su carrera. El antiguo monstruo del cine había encontrado una nueva generación de espectadores mediante una historia navideña (Nollen, 1991).
El rostro aterrador y el hombre que lo llevaba

Quienes trabajaron con Karloff describieron repetidamente a un profesional cortés, puntual y generoso. No cultivaba fuera del escenario una personalidad siniestra. Participaba en actividades benéficas, visitaba hospitales infantiles y comprendía que los niños podían separar con sorprendente facilidad al actor del personaje.
Esa diferencia hizo más poderosa su interpretación del horror. Karloff no trataba a los monstruos como simples instrumentos para provocar gritos. Buscaba su tristeza, su aislamiento y aquello que los seres humanos habían hecho para convertirlos en amenazas.
En películas posteriores como The Body Snatcher, producida por Val Lewton en 1945, demostró que podía crear terror mediante la inteligencia, la conversación y una sonrisa controlada. En Targets, estrenada en 1968 y dirigida por Peter Bogdanovich, interpretó a una envejecida estrella del terror llamada Byron Orlok. El personaje reconocía que los monstruos góticos parecían anticuados frente a la violencia moderna.
Karloff actuó en ella mientras padecía graves problemas respiratorios. Entre escenas necesitaba oxígeno, pero conservó la precisión de su voz y la dignidad del personaje.
Los últimos años

La salud del actor se deterioró debido al enfisema, la bronquitis y problemas físicos acumulados. Continuó trabajando en cine, televisión y grabaciones incluso cuando debía utilizar una silla de ruedas o recibir oxígeno fuera de cámara.
Murió el 2 de febrero de 1969 en Midhurst, Inglaterra, a los ochenta y un años, después de contraer neumonía. Dejó una filmografía de más de doscientas apariciones entre cine y televisión, además de trabajos teatrales y radiofónicos.
No necesitó morir joven para convertirse en mito. Su rostro había entrado mucho antes en la memoria colectiva.
El rostro que nos obligó a sentir

Boris Karloff pertenece a los rostros que inventaron el cine porque comprendió que el primer plano podía transformar una máscara en una conciencia. Bajo capas de maquillaje, comunicó miedo, desconcierto, curiosidad y abandono.
Jack Pierce ayudó a crear la superficie. James Whale construyó el mundo visual. Mary Shelley había imaginado la criatura. Pero fue Karloff quien le enseñó a mirar.
Su monstruo no pidió nacer y nunca comprendió completamente por qué todos lo odiaban. Esa pregunta silenciosa convirtió una película de terror en algo más profundo: una historia sobre la crueldad con quien parece diferente.
El cine le dio a Boris Karloff el rostro de una pesadilla. Él respondió entregándole a la pesadilla un alma.
Referencias bibliográficas
- Lindsay, C. (1975). Dear Boris: The life of William Henry Pratt, a.k.a. Boris Karloff. Knopf.
- Mank, G. W. (2009). Bela Lugosi and Boris Karloff: The expanded story of a haunting collaboration. McFarland.
- Nollen, S. A. (1991). Boris Karloff: A critical account of his screen, stage, radio, television, and recording work. McFarland.
- Skal, D. J. (1993). The monster show: A cultural history of horror. W. W. Norton.
- Vieira, M. A. (2003). Hollywood horror: From Gothic to cosmic. Harry N. Abrams.
- Library of Congress. (s. f.). Complete National Film Registry listing. Consultar fuente
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
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