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Terry de la Mesa Allen: el general expulsado del mando que regresó para demostrar que aún sabía vencer
Apartado de la Big Red One, Allen regresó al frente con los Timberwolves. Su trayectoria une liderazgo, conflictos de autoridad y una tragedia familiar.

En agosto de 1943, Terry de la Mesa Allen acababa de conducir a la 1.ª División de Infantería estadounidense a través de algunas de las batallas más duras de África del Norte y Sicilia. Sus hombres habían resistido, atacado y vencido. Sin embargo, mientras la campaña siciliana todavía continuaba, Allen recibió una orden que podía destruir la carrera de cualquier general: debía entregar el mando y regresar a Estados Unidos.
No había perdido una batalla decisiva. Tampoco había sido acusado de cobardía. Su verdadero problema era más difícil de medir. Había creado una división ferozmente eficaz en combate, pero también indisciplinada, orgullosa y tan identificada con su comandante que sus superiores comenzaron a considerarla peligrosa para la estructura del ejército.
Terry Allen sabía preparar hombres para la guerra. Lo que nunca aprendió del todo fue a tranquilizar a quienes observaban desde arriba.
Terry de la Mesa Allen
Una vida contada entre el mando y sus sombras
Los papeles de Terry de la Mesa Allen
La Universidad de Texas en El Paso conserva correspondencia, fotografías, álbumes y documentos de Allen, incluidos memorandos de entrenamiento de sus dos divisiones. Este archivo permite acercarse al comandante mediante los rastros que dejó. La imagen es una recreación, no un documento del fondo.
Recreación visual generada con IA; no es un documento histórico.
Un nombre español dentro del ejército estadounidense

Terry de la Mesa Allen nació el 1 de abril de 1888 en Fort Douglas, Utah. Su padre, Samuel Edward Allen, era oficial profesional del Ejército de Estados Unidos. Su madre, Consuelo de la Mesa Allen, descendía de una familia de origen español. El nombre “de la Mesa”, que conservó durante toda su vida, procedía de esa rama materna (Burdett, 1976).
Creció entre instalaciones militares, caballos y hombres uniformados. Todo parecía conducirlo naturalmente hacia West Point, pero su paso por la academia estuvo lejos de ser ejemplar. Acumuló deficiencias académicas y numerosas faltas disciplinarias hasta ser expulsado en 1911. Algunas versiones afirman que fracasó dos veces; lo verificable es que su trayectoria en West Point terminó sin graduación.
En lugar de abandonar la carrera militar, ingresó en la Universidad Católica de América y obtuvo finalmente una comisión como oficial. Su historia comenzaba con una contradicción que lo acompañaría siempre: el hombre considerado inadecuado para la disciplina académica terminaría formando algunas de las unidades de combate más eficaces del Ejército estadounidense (Astor, 2003).
La guerra que convirtió al mal estudiante en comandante

Allen sirvió en la frontera con México y más tarde fue enviado a Francia durante la Primera Guerra Mundial. Allí demostró una capacidad que los exámenes no habían detectado: podía comprender rápidamente el terreno, conservar la calma bajo el fuego y obtener la confianza de quienes debían seguirlo.
Durante las operaciones de 1918 estuvo al frente de tropas de infantería en combate. No dirigía desde una oficina distante. Inspeccionaba posiciones, se aproximaba al frente y compartía parte del peligro de sus soldados. Esa conducta le proporcionó prestigio, aunque también reforzó su desprecio por los oficiales que parecían preocuparse más por los reglamentos que por la realidad de una batalla (Astor, 2003).
La paz no domesticó por completo su temperamento. Allen siguió siendo un jinete extraordinario y participó con el equipo estadounidense de polo en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920. Estados Unidos obtuvo la medalla de bronce, un episodio poco recordado en la vida del futuro general. Antes de convertirse en uno de los comandantes más controvertidos de la Segunda Guerra Mundial, Allen había sido medallista olímpico.
Durante el período de entreguerras ocupó diferentes destinos y construyó relaciones con oficiales que más tarde controlarían el Ejército estadounidense. Entre ellos se encontraban George C. Marshall, George S. Patton, Dwight D. Eisenhower y Omar Bradley. Algunos apreciaban su instinto para el combate; otros desconfiaban de su carácter, su afición a la bebida y su despreocupación por las formalidades.
La creación de una división que se parecía a su general

En 1942, Allen recibió el mando de la 1.ª División de Infantería, conocida como la Big Red One. Su segundo comandante era Theodore Roosevelt Jr., hijo del expresidente Theodore Roosevelt y veterano de la Primera Guerra Mundial.
Allen y Roosevelt formaron una pareja singular. Ambos valoraban la agresividad, la iniciativa individual y la proximidad a los soldados. Consideraban que una unidad debía prepararse para sobrevivir y vencer, no para impresionar durante un desfile.
Allen toleraba uniformes arrugados, barbas crecidas y ciertas conductas que otros generales juzgaban escandalosas. Esa tolerancia, sin embargo, no significaba ausencia completa de disciplina. Exigía que las armas funcionaran, que las unidades estuvieran preparadas para desplazarse y que los oficiales conocieran a sus hombres. Podía ignorar una camisa mal abotonada, pero no perdonaba la incompetencia que pusiera vidas en peligro (Astor, 2003).
La división terminó reflejando su personalidad: agresiva, ruidosa, orgullosa de sí misma y poco interesada en agradar a otras unidades.
Del desembarco en África a El Guettar

La 1.ª División desembarcó cerca de Orán el 8 de noviembre de 1942 como parte de la Operación Torch, la invasión aliada del norte de África. Después avanzó hacia Túnez, donde las fuerzas estadounidenses descubrieron que su entrenamiento todavía no las había preparado completamente para enfrentarse a un ejército alemán experimentado.
La derrota estadounidense en el paso de Kasserine, en febrero de 1943, reveló graves problemas de coordinación, mando y empleo de las fuerzas blindadas. La 1.ª División no fue responsable exclusiva del desastre, pero participó en la difícil recuperación posterior.
En El Guettar, durante marzo y abril, los hombres de Allen resistieron ataques y combatieron en un terreno accidentado. Allí consolidaron su reputación como una de las divisiones estadounidenses más confiables de la campaña. Allen no era un estratega solitario que ganaba batallas por intuición mágica; dependía de su artillería, de sus mandos subordinados y del aprendizaje doloroso acumulado después de los primeros errores. Sin embargo, sabía transmitir a sus hombres que esperaba de ellos algo más que obediencia: esperaba iniciativa y resistencia (Howe, 1957).
El corresponsal Ernie Pyle, que convivió con las tropas estadounidenses, ayudó a convertir a Allen y a la Big Red One en figuras conocidas para el público. Su imagen era la de un general desordenado que parecía encontrarse más cómodo cerca de los soldados que en los cuarteles generales.
Sicilia y el comienzo de la caída

George Patton quería a la 1.ª División para el desembarco de Sicilia porque conocía su experiencia. El 10 de julio de 1943, los hombres de Allen llegaron a las playas de Gela y ayudaron a contener los contraataques de fuerzas italianas y alemanas, incluidos blindados que amenazaron las posiciones estadounidenses.
Después avanzaron por el interior montañoso de la isla. La campaña culminó para la división en la batalla de Troina, una lucha agotadora contra defensas alemanas situadas en alturas difíciles. Troina cayó después de varios días de bombardeos, ataques y numerosas bajas (Atkinson, 2007).
Militarmente, la división había vuelto a cumplir su misión. Institucionalmente, Allen estaba perdiendo la guerra contra sus propios superiores.
Omar Bradley, comandante del II Cuerpo, consideraba que Allen y Theodore Roosevelt habían permitido que la división desarrollara una actitud demasiado independiente. Le preocupaban la apariencia de los soldados, los incidentes fuera del campo de batalla y la identificación casi personal de la unidad con sus comandantes. Bradley no dudaba necesariamente del valor de Allen bajo el fuego; dudaba de que fuera el tipo de general que debía conducir una división durante la siguiente etapa de la guerra (Bradley, 1951).
El 7 de agosto de 1943, Allen fue reemplazado por Clarence R. Huebner. Roosevelt también perdió su puesto en la división.
¿Fue destituido por incompetencia?

Durante años, la salida de Allen se describió sencillamente como el castigo a un general brillante pero indisciplinado. La realidad fue más compleja.
Bradley sí deseaba un cambio de mando y expresó fuertes críticas contra el clima interno de la división. Sin embargo, documentos asociados a Dwight D. Eisenhower indican que Allen no fue considerado militarmente incompetente. Eisenhower dejó claro que estaría dispuesto a confiarle nuevamente una división. Además, existían razones para sustituir a comandantes y permitir que una formación agotada adoptara nuevos métodos antes de las futuras campañas (Astor, 2003).
La 1.ª División llevaba meses de combate casi continuo. Había sufrido numerosas bajas y había desarrollado una identidad difícil de separar de Allen. Huebner reforzó su disciplina y posteriormente la condujo durante el desembarco de Normandía.
Por tanto, no es exacto afirmar que Allen fue expulsado simplemente porque había fracasado en Troina. Su salida respondió a una combinación de rivalidades personales, diferencias sobre la disciplina, necesidad de rotación y preocupación por el control institucional de una división demasiado ligada a sus jefes.
La humillación, sin embargo, fue real. Allen regresó a Estados Unidos mientras otros generales se preparaban para dirigir la invasión de Europa.
El regreso que casi nadie esperaba

La carrera de Terry Allen parecía terminada, pero en octubre de 1943 recibió el mando de la 104.ª División de Infantería, los Timberwolves. Era una unidad que todavía no había entrado en combate.
Allen tuvo entonces que demostrar que podía hacer algo más difícil que conducir veteranos: debía transformar soldados inexpertos en una división preparada para enfrentarse al ejército alemán.
Aplicó las lecciones aprendidas en África y Sicilia. Insistió en la coordinación entre infantería y artillería, en la capacidad de los oficiales subalternos para actuar sin esperar instrucciones constantes y, sobre todo, en el combate nocturno. Las tropas practicaban desplazamientos, infiltraciones y ataques en la oscuridad hasta que operar de noche se convirtió en una característica de la división.
El entrenamiento no era una extravagancia. Allen comprendía que la noche podía reducir la eficacia de las posiciones defensivas alemanas y permitir que sus hombres se aproximaran con menos exposición. La 104.ª División adquirió una reputación especial por sus ataques nocturnos en los Países Bajos y Alemania (Astor, 2003).
El comandante acusado de no imponer disciplina había construido una unidad disciplinada exactamente donde él consideraba que importaba: en el campo de batalla.
De los Países Bajos al corazón de Alemania

La 104.ª División llegó a Europa en 1944 y entró en combate bajo mando aliado en los Países Bajos. Después avanzó hacia Alemania, participó en las operaciones alrededor de Aquisgrán y Colonia, cruzó el río Roer y continuó hacia el este.
Allen no intentó reproducir simplemente la personalidad de la 1.ª División. Los Timberwolves poseían su propia identidad, pero compartían una característica esencial con la antigua unidad: confiaban en que su general comprendía el precio que pagaría la infantería por cada decisión.
En abril de 1945, integrantes de la 104.ª División participaron en la ocupación de Nordhausen y en la liberación del complejo de campos de concentración de Mittelbau-Dora. Allí encontraron miles de prisioneros muertos o agonizantes, víctimas de trabajos forzados, hambre, enfermedad y asesinatos vinculados a la producción subterránea de armamento alemán. La división fue posteriormente reconocida oficialmente como una unidad liberadora (United States Holocaust Memorial Museum, s. f.).
La guerra que Allen había concebido mediante mapas, alturas y movimientos nocturnos mostró entonces otro rostro: montañas de cadáveres, supervivientes esqueléticos y una industria organizada alrededor de la explotación humana.
El 26 de abril, patrullas de la división contactaron con fuerzas soviéticas cerca de Pretzsch, en el río Elba. Allen había regresado a Europa no para ocupar un puesto ceremonial, sino para conducir otra división durante el avance final contra el Tercer Reich.
El hecho menos conocido: un padre perseguido por la misma división

La parte más dolorosa de la historia de Terry Allen ocurrió más de dos décadas después.
Su único hijo, Terry de la Mesa Allen Jr., siguió también la carrera militar. En 1967 era teniente coronel y comandaba el 2.º Batallón del 28.º Regimiento de Infantería en Vietnam. Aquella unidad pertenecía a la 1.ª División de Infantería: la misma Big Red One que su padre había dirigido en África y Sicilia.
El 17 de octubre de 1967, Allen Jr. murió durante la batalla de Ong Thanh, cuando su batallón cayó en una emboscada de fuerzas del Viet Cong. Numerosos soldados estadounidenses murieron o resultaron heridos. El hijo del general había perecido al frente de hombres que llevaban en el hombro el mismo emblema rojo que había marcado la vida de su padre.
Terry Allen Sr. nunca se recuperó plenamente de la pérdida. Su salud se deterioró durante los dos años siguientes. Murió en El Paso, Texas, el 12 de septiembre de 1969, a los 81 años, y fue enterrado junto a su hijo en el Cementerio Nacional de Fort Bliss (Astor, 2003).
El fantasma detrás de la autoridad
Terry de la Mesa Allen nunca alcanzó la fama de Patton, Eisenhower o Bradley. No dirigió ejércitos completos ni participó en las fotografías más célebres de la victoria. Su legado quedó dividido entre dos imágenes aparentemente incompatibles.
Para unos, fue un comandante irresponsable que permitía demasiadas libertades y desafiaba la autoridad de sus superiores. Para otros, fue uno de los mejores generales de combate de Estados Unidos: un hombre que entendía a la infantería porque sabía que las decisiones de un cuartel general terminaban siempre sobre los hombros de soldados agotados.
Ambas imágenes contienen parte de la verdad. Allen bebía, discutía y despreciaba ceremonias que consideraba inútiles. También estudiaba el terreno, entrenaba con intensidad y exigía que sus subordinados estuvieran preparados para la realidad del combate. Su aparente desorden escondía prioridades muy claras.
El poder militar le permitió enviar miles de hombres hacia posiciones enemigas. Pero también lo condenó a recordar a quienes no regresaron. Finalmente, la guerra alcanzó incluso a su propia familia.
El general que sobrevivió a dos guerras mundiales terminó perseguido por la muerte de un hijo que llevaba su nombre, su profesión y el emblema de su antigua división. Esa fue la última sombra de Terry de la Mesa Allen: descubrir que ningún rango, ninguna victoria y ninguna experiencia podían protegerlo del precio que él mismo había visto pagar tantas veces a otros padres.
Referencias
- Astor, G. (2003). Terrible Terry Allen: Combat general of World War II—The life of an American soldier. Presidio Press.
- Atkinson, R. (2007). The day of battle: The war in Sicily and Italy, 1943–1944. Henry Holt and Company.
- Bradley, O. N. (1951). A soldier’s story. Henry Holt and Company.
- Burdett, T. F. (1976). Guide to the Terry de la Mesa Allen papers, 1888–1969. University of Texas at El Paso Library.
- Garland, A. N., & Smyth, H. M. (1965). Sicily and the surrender of Italy. U.S. Army Center of Military History.
- Howe, G. F. (1957). Northwest Africa: Seizing the initiative in the West. U.S. Army Center of Military History.
- United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). The 104th Infantry Division during World War II. Holocaust Encyclopedia.
- Escrito y editado por
- Roberto Carlos Gonzalez Reyes
- Publicado
La bibliografía al final de esta historia forma parte de su registro editorial.
